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Con el nombre de Jesús en la boca

Promecal, 20 de febrero de 2015

Se llamaba Yusef, José en árabe, el padre de Jesús de Nazareth. El joven egipcio, es el primero que aparece desfilando, maniatado y con el mono naranja, en uno de los vídeos más atroces que hemos visto nunca. Detrás, su verdugo. Un muyaidín, que quiere decir “guerrero santo”. Viste de negro, con la cara cubierta, y muestra la hoja del cuchillo con el que se dispone a degollar a su víctima. Cosa que hace —el vídeo muestra la decapitación entera— y que resulta insoportable de contemplar. Con Yusef, caminan los otros protagonistas de esta decapitación masiva. Pero ¿quiénes son esos 21 desdichados? Pues gente muy humilde: campesinos que labran los campos de trigo y alfalfa de sus aldeas sin asfaltar, trabajadores. Inmigrantes, en busca de holgura para sus vidas, deseosos de poder enviar algo a los suyos, en Egipto. No me los puedo quitar de la cabeza. La mayor parte de ellos, tenían poco más de veinte años. Son cristianos coptos, delito por el que han sido decapitados. Yusef, como quien todo de Dios lo espera, murió con el nombre de Cristo en la boca. En la grabación, se percibe cómo silabea el nombre de el Galileo: «¡Oh Jesús!», exclama, ya de rodillas. Es todo tan indeciblemente atroz, que no hay palabras. Parecería que ni los hijos de las tinieblas son capaces de semejante barbarie. Me pregunto si tanto tormento será verdad. Pues sí. Tanto padecimiento, tanta crueldad, amable lector, es verdad. Y está sucediendo aquí al lado. A la vuelta de la esquina. Los están matando por confesar su fe. Son otros Cristos. Son los crucificados, los despojados de hoy. El corazón palpitante de la Cristiandad. ¿Quién si no? Su delito: vivir en el Amor, en la inagotable libertad de los hijos de Dios. Los 21 mártires asesinados en Libia representan, en medio de esta quiebra moral nuestra y desprecio de lo sobrenatural, un toque de atención muy serio. Nos muestran el rostro humano de un Dios de paz al que Occidente se obstina en dar la espalda, mientras otros van hasta el extremo y dan su vida por el Hijo de Dios vivo.

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