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Promecal, 20 de marzo de 2015

¿Cómo viven nuestros ancianos? No nos importa. ¿Qué necesitan?, tampoco nos importa. Total, apenas aportan nada: no gastan, no producen, están llenos de achaques y, por si fuera poco, carecen del glamour de la juventud, otro mito de nuestra sociedad. Los viejos son, en una sociedad con escasas convicciones y mínima ética, una carga y, hasta un fastidio. Un auténtico engorro. El maltrato a las personas mayores, por ejemplo, es la violencia doméstica menos detectable. Pero muy extendida. Su fragilidad, los prejuicios familiares -su desamparo-, frenan las denuncias. Insultos, humillaciones, amenazas, gritos, son más frecuentes de lo que creemos y de lo que trasciende. No sólo se les ignora y se les niega el tiempo, los afectos, sino que son víctimas de abuso psicológico y económico constantemente. ¡Cuántas veces se utiliza su dinero, sus bienes, sin su consentimiento y obliga a modificar el testamento o a cambiar de nombre la vivienda! Las conductas agresivas o negligentes con los ancianos, el chantaje sentimental, están a la orden del día. Algo conocido, pero que se hace poco por evitar. En realidad, negamos la vejez, como declinamos de otras realidades, en un mundo que da la espalda a las raíces de la verdad: «cuando pienso en nuestra sociedad, pienso en una gran embarcación a la que se han roto las anclas. No hay una relación de valor entre las cosas, no existe la memoria, no hay pasado, ni presente», asegura Susanna Tamaro, en una carta a su querida Mathilda. Es verdad: se ha partido el eje. Si la vejez no existe, nada existe. Es más: la atención a los viejos es lo que marca la diferencia de una cultura. Lo advierte Francisco, con esa palabra suya fértil, siempre estimulante y directa: «una sociedad donde no hay lugar ellos, es una sociedad que lleva consigo el virus de la muerte». Como los tratemos, —hombres y mujeres de quienes hemos recibido tanto—, así harán con nosotros. Una civilización en la que no hay lugar para los ancianos, es una civilización sin alma. Es decir, un mundo desalmado.

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