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Te paso la pregunta, Cristo de las Injurias

Publicado en la revista IV Estación 

Semana Santa 2015

Los tengo ante mí. ¡Qué indefensión! Son los 21 cristianos egipcios secuestrados y decapitados. Escribo con ellos delante. Es la humillación, el despojo total. Caminan de frente. Muy apretados, junto a sus sayones. El primero de ellos, se llama Yusef —José en árabe—, como el padre de Jesús de Nazareth. Va maniatado. Detrás, aparece su verdugo. Un muyaidín, un “guerrero santo”. Desafiante, muestra el cuchillo afilado con el que se dispone a degollar a su víctima. Un muchacho de a penas 26 años, cuyo único delito es confesar a Cristo. Son gente humilde, de esa que no vive de la estafa ni del abuso, que han llegado a Libia empujados por el hambre. Campesinos que labraban los campos de trigo y de alfalfa de sus aldeas y se reunían los domingos para rezar juntos e invocar el nombre de Cristo, de su Santísima Madre. Cuando se ve con detenimiento el vídeo, de una crueldad inimaginable —titulado Un mensaje firmado con sangre a la nación de la cruz—, se aprecia claramente como Yusef silabea el nombre de su Dios y Señor: «¡Jesús ayúdame!». Más tarde, cuando el ajusticiador acerque el cuchillo a su garganta para decapitarlo, el muchacho exclamará: «Oh Jesús!», antes de que su cabeza se tronche. A partir de ahí, el horror está servido. ¿Dónde estabas, Dios de bondad…? ¿Dónde? Expira Yusef con el nombre de Jesucristo en la boca. Mueren todos rezando. Los que hayan visto la escena, colgada en Internet, habrán llorado amargamente —como lo vuelvo a hacer yo ahora—, ante semejante embestida de dolor, de impotencia y desconsuelo. ¿Dios mío, por qué lo permites…? Te paso la pregunta, Santísimo Cristo de las Injurias. La deposito en ti. Respóndeme, en este careo contigo y dime cómo salvar la brecha que atrocidades como esta abren en la relación de tantos creyentes —endebles como yo—, en su relación con Dios. Que alguien me explique, por favor, el misterio del mal. ¡De tanto mal! Que alguien me aclare estos enigmas de sufrimiento y de fracaso de la existencia humana. «¿Por qué se ha vuelto crónica mi llaga y mi herida incurable? Te me has vuelto arroyo engañoso, de agua inconstante», vocea Jeremías. Pues así clamo, también yo, Santísimo Cristo de las Injurias, consuelo de los zamoranos. Así grito contigo, amable lector, que compartes con este gacetillero estos pensares y sentires, frente a estos 21 cristianos degollados. A mi corazón y a mi boca vienen, aún a riesgo de blasfemia, los versos de Jiménez Lozano: «Oh Dios, eres malvado cuando así nos tratas». Sólo el suspiro de la plegaria me dejas. Sólo rezar, a pesar de todo. Sí, a pesar de todo. Pero somos seres que no pueden dejar nunca de preguntar, de llamar a la puerta. Y eso es lo que hago yo hoy aquí, a las puertas de la Semana Santa, desafiando certezas y dogmatismos. Entrelazados mis desconciertos con el hombre víctima. Acabo. Siempre he pensado que, lo más fértil de la Semana Santa, está en lo mucho que ayuda al hombre a sufrir su sufrimiento. No en vano es el mismo Cristo, desesperado, el que exige desde la Cruz explicación y consuelo: «¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?» Es fácil teorizar sobre el dolor. Pero es que, encajar el mal —cuando es tanto—, resulta poco menos que imposible: «¿Por qué no escuchas mis gritos y me salvas? ¿Hasta cuándo, Dios mío, permanecerás impasible? ¿Hasta cuándo Señor, triunfarán los malvados?». De pronto, alguien responde a estas preguntas, no con palabras de plástico, sino de carne. Se llama Francisco y es el sucesor de Pedro. Aquél tozudo pescador que, tanto dudaba, que llegó a pedir al Galileo, a voz en grito, en medio de las aguas agitadas de Tiberiades: «¡Sálvanos Señor que perecemos!». Pues dice este Papa —capaz de casi todo—, que «nosotros esperábamos que Dios, en su omnipotencia, derrotara la injusticia y el mal con una victoria triunfante». Pues no. Cristo nos muestra una victoria que, humanamente, parece un fracaso. «Podemos decir que Dios vence en el fracaso», insiste Francisco. La prueba: estos 21 mártires, sacrificados aquí al lado, a la vuelta de la esquina. Un toque de atención muy serio al hartazgo de Occidente. Ellos son los crucificados de hoy, en medio de esta quiebra moral nuestra. Los otros Cristos, frente al desprecio de lo sobrenatural. El rostro humano de Dios. El corazón palpitante de la Semana Santa.

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