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La causa de los perseguidos

Promecal, 18 de septiembre de 2015

Ayudar, acompañar, defender. Levantar la vida. Por ahí van las cosas. La causa de los perseguidos -los pobres de esta hora- es la causa de Dios. “Mira pues, qué puedes tú y qué necesitan ellos”, advierte Erasmo de Rotterdam. No hay deber social más urgente que este. No se puede tener tanto miedo a la hora de la hospitalidad y la acogida. Nuestra civilización cristiana empieza con un pueblo desposeído y humillado, que huía de la tiranía y de la esclavitud. Que quería escapar de conflictos armados como los de ahora, que dejan a a las poblaciones en manos de de los comerciantes de armas, los verdaderos ganadores de tanta devastación. Pero lo hemos olvidado. Como tantas cosas. No valen los paños calientes para decir lo que es como es: que Jesucristo quiso que la Iglesia fuese pobre y de los pobres, como lo había sido Él. Y que los cristianos estamos llamados a aliviar a los que sufren cerca o lejos, más allá de este bienestar egoísta, de la minoría feliz que creemos ser. Con el Mediterráneo convertido en un descomunal cementerio para miles de mujeres y hombres, cuyos cuerpos son cubiertos con sábanas doradas sobre la arena -también dorada- de nuestras playas, con la muerte viajando en la cubierta de barcos, camiones y trenes, por cuyos vagones trepan familias angustiadas, huyendo de una muerte segura, me ha parecido que debía yo dedicar mi gacetilla de hoy a este drama humano, a sabiendas de que no hay soluciones sencillas, pero consciente de que no podemos mirar para otro lado. El reto es inmenso. Tan desmedido como el horror al que estamos asistiendo; y que no podemos, que no debemos tolerar. Soy de los persuadidos de que lo peor aún no ha llegado. ¡Ojalá me equivoque! No lo sé, no lo sé. Me sucede lo que a tantos, que creemos que otro mundo es posible. Mientras no atajemos las causas de la iniquidad, que tanto tienen que ver con la tiranía criminal de los mercados, el fanatismo y la especulación financiera, no resolveremos las lacerantes injusticias que nos atormentan.

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