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El don de los años

Promecal, 16 de octubre de 2015

Decía Oscar Wilde que no era tan joven como para saberlo todo. Hoy hablaré, con permiso del amable lector, del don de los años. Me pregunto a qué esperan nuestros mandamás para afrontar de una vez por todas el envejecimiento y planificarlo como Dios manda. En España hay más de trece mil centenarios —de los cuales unas diez mil son mujeres— y cada día habrá más. Valdría la pena ser anticipativos, al menos por una vez, y organizar las cosas en tiempo y forma. Porque de nada sirve sumar años a la vida, sino añadimos vida a los años. Hasta ahora, teníamos a los viejos-jóvenes, que eran los que iban desde los 65 a los 74, año arriba año abajo; luego estaban los viejos-viejos, entre los 75 y los 84 y, por último, los viejos-viejísimos, a partir de los 85. Pero esto ha cambiado. Cuando pregunté a Fermín Lucas, que acababa de cumplir cien años en su ciudad de El Burgo de Osma qué edad añoraba más, me respondió sin pensarlo: «Huy, los ochenta… ¡quién los pillara!». Sí, ¡quién los pillara! Llevamos más de treinta años escuchando advertencias sobre este cambio generacional y sus consecuencias. Pero nuestros adorables próceres como si oyeran llover. Se conforman con debatir sobre las pensiones. Mejor dicho: con recortarlas a su antojo. No hay mejor forma de tomarle el pulso a una sociedad; a su nivel de justicia y bienestar, que ver cómo trata a sus mayores. Esa sí es la prueba del algodón. La longevidad no puede ser un problema. Al contrario: debe ser una bendición. De hecho, la etapa final de la vida, puede ser una de las más gratas: «Por lo que concierne a la senectud —advierte Séneca—, abrázala y ámala. Te procurará abundante placer, si sabes cómo hacer uso de ella». Pero imposible abrazar o querer nada sin la atención y cuidados necesarios. Acabo esta gacetilla con el testimonio de Juan Rita, que cuando le preguntan sobre sus recuerdos de 104 años responde: «lo primero de lo que me acuerdo es de todas las mujeres guapas, esa es mi ilusión. Las veo, las pienso, pero no las toco». Ahí queda eso.

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