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La Iglesia se defiende sola

En esta hora despiadada, en la que cosas tan atroces nos están pasando, conviene recordar que nada de lo que es Occidente, de lo que es España, de lo que somos como civilización en el mundo, puede entenderse sin el reguero fecundo de la Iglesia Católica. Sin sus valores y defensa de la vida del hombre. Rajar contra la Iglesia es fácil, muy fácil. Y, además, sale gratis. La única munición de los cristianos es la caridad. Palabra fundamental. Un católico escucha, acompaña, anima; no pelea, dialoga. Camina en la esperanza. Yo sé que la Iglesia no necesita que nadie la defienda, se defiende sola. Pero aún así, quiero dedicar esta gacetilla mía de hoy a recordar algunas cifras: la Iglesia Católica, que los camaradas quieren borrar de la faz de la tierra, se ocupa en estos momentos de auxiliar a 55.000 ex-presidiarios y ex-toxicómanos, además de miles de mujeres que han abandonado la prostitución, en más de cuatrocientos centros repartidos por España entera. Algo que, ni aunque resucite un muerto y lo cuente, algunos admitirían nunca. La Iglesia mantiene más de 5.000 centros de enseñanza, con cerca de un millón de alumnos y 940 orfanatos, además de 1.200 centros, entre hospitales, asilos, hogares para personas con discapacidad y enfermos terminales. Cáritas mueve 150 millones de euros, salidos del bolsillo de católicos y no creyentes que les apoyan, para socorrer a cualquiera que lo necesite. Ahí no se «descarta» a nadie, como diría Francisco. Se tiende una mano, como hace Manos Unidas, porque nadie es mejor que el otro. Podría seguir, pero no tengo líneas. Digámoslo claramente: no hay, en el origen de la cultura europea, humanismo alguno que pueda prescindir de su relación con el cristianismo. Al contrario, lo más humano —precisamente porque es lo más divino—, es lo que alienta el pensamiento, la acción de una Iglesia que lo único que quiere es servir al hombre desde el encuentro con Dios. Una institución que —lo repito— no necesita ser defendida porque se defiende sola.

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