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Discurso de agradecimiento premio Cossío

Empezaré dando una noticia de última hora. Es mentira que sobren periodistas. Al contrario, tenemos una necesidad desesperada de buenos gacetilleros. Redactores gráficos y literarios audaces, insobornables. Capaces de decir lo que es como es y no como conviene que sea. Y después de esta exclusiva, vienen los agradecimientos, sin olvidar nunca aquella frase del inmortal Julio Camba: «que nadie se lleve a engaño: todas las pompas son fúnebres».

Y a la hora de agradecer, primero «al de Arriba». Nosotros no sabemos nada, pero Él lo sabe todo. Gracias a ese Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y da de comer gratis et amore a los pájaros que nos despiertan cada día con su cantar no aprendido. Y después al jurado, naturalmente. Por su inmensa generosidad al acordarse de este gacetillero. Y de manera especial, al compañero que hizo la propuesta. Seguramente, el periodista más temido de estos reinos —junto al malvado Pedro Vicente—, gracias a Ignacio Foces.

Lo mejor de este premio es que lo dan los compañeros. Que es un premio de periodistas para periodistas. Con un jurado impecable en el que están representados los primeros nombres de la prensa, la radio y la televisión de Castilla y León. Si a esto se añade que el Cossío lo tenga José Jiménez Lozano, de quien me declaro ferviente discípulo. El escritor vivo más sabio y de mayor hondura del mundo hispano, entenderán que este galardón adquiera un valor muy especial para mí. Les voy a contar algo que pocos saben: cuando en la Agencia EFE me propusieron ir a Roma o venir a Valladolid, yo elegí Valladolid porque aquí estaba José Jiménez Lozano. Creo que ha sido uno de los mayores aciertos porque ello me permite estar cerca de ese reguero de lucidez y de su corazón sencillo y bueno.
Pero es que este premio lo tienen además compañeros por los que siento una admiración sin límites: Agustín Remesal, Eduardo Margareto… Y desde hoy también Nacho Gallego, Marta Bermejo, Diario de Burgos, Ana Rayaces, Francisco Alcántara.

Hace unos días, Roberto Jiménez, que es un periodista incisivo y sagaz donde los haya, me pedía algún consejo para los que empiezan en el periodismo. Decía Oscar Wilde que no des nunca un consejo, porque no te lo perdonarán, pero yo me voy a atrever a sugerir algo: lo primero, humildad. Mucha humildad, que por mucha que se tenga, nunca será suficiente. Humildad, humildad, humildad. Ay de aquel que se crea que por entrevistar al presidente de la Comisión Europea, o al del Reino de España, o al de estos reinos de Castilla y León, es alguien. Y se confunda, y se crea que tiene algún poder. Es un gacetillero. Un periodista, que si hace lo que tiene que hacer hasta puede resultar incómodo. Y luego, ilusión, mucha ilusión. Sacrificio y ambición no de trepar, sino de ser el mejor, de hacer las cosas bien.

Lo mejor de estos premios es que uno los puede ofrecer. Poder ofrecer algo es uno de los mayores placeres que da la vida. Y yo, se lo quiero ofrecer a las dos Esther: a la que yo elegí entre todas y me acompaña día tras día en este peregrinar y me espera, al otro lado de la puerta, apoyada en la curva del Cielo, para ese encuentro al que todas las estrellas del universo asistirán conmovidas. Y a la otra. A mi nieta Esther, que es la reencarnación de la primera. Que lleva la alegría de vivir en los ojos y tiene ese entusiasmo en el alma. Con el ánimo puesto en sus dichosos días venideros. Y a su madre, a mi hija Aitana, que ha heredado todas las virtudes de su madre y unos pocos defectos de su padre.

No quiero dejar de agradecer también a mis compañeros de La Razón: Raúl, Pablo, Javier, Rodrigo; y al equipo de gestión, César, David.

Gracias también a las personas que han creído y siguen creyendo en mí, y que hoy están aquí, como Antonio Méndez Pozo (…).

Credo del gacetillero

Creo en Dios Padre
Todopoderoso al otro
lado del teléfono; en
su soberana paciencia
con este gacetillero.

Creo en Jesucristo,
su único Hijo, que me
habla con palabras de
carne; en su sangre, que
corre por mis venas.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida, al
que invoco desde el sueño
que sueño a solas.

Creo en la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana, a
pesar de la Curia, los áticos
vaticanos y los obispos
lelos y tontainas.

Creo en el perdón de las
erratas, en la resurrección
de los muertos y en la vida
eterna para los gacetilleros, que,
como bien se sabe, son todos
santos y van al Cielo.

Amén

 

[El texto aquí publicado no es literal respecto a la intervención en directo]

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