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Disidentes

Promecal, 11 de diciembre de 2015

Nuestro problema no es la rebeldía, sino la obediencia. Necesitamos personas desobedientes. Mujeres y hombres capaces de transgredir y hacer pública su disidencia, por más que moleste a algunos a los que dedico hoy esta gacetilla, para recordarles que la desobediencia civil forma parte del Estado de Derecho. Cada vez más españoles se atreven a romper el silencio cómplice con los abusos e injusticias. Cuando por estas fechas, en diciembre de 1955, el conductor de un autobús en Montgomery amenazó a Rosa Parks —una negra de corazón limpio— con llamar a la policía si no cedía su asiento a un pasajero blanco, ella respondió amablemente: «Llámela…». La consecuencia de aquella actitud es bien conocida: supuso el principio del fin de la segregación racial en los Estados Unidos. La mayoría de los avances de la humanidad los han conquistado los desobedientes. Por suerte, hay personas que lo tienen claro: médicos que atienden a los ‘sin papeles’, porque no hacerlo sería inhumano; vecinos que plantan cara para ayudar a una familia a la que quieren expulsar de su propia casa; empleados de banco, como Francisco Fernández Novoa, que se han negado a mentir a los clientes, a costa de enfrentarse a la voracidad sin límites de los banqueros. Las leyes no son siempre justas. Por eso hay abogados que protegen a los que desobedecen y periodistas que dicen lo que es como es y no como algunos mandamás quieren que sea. Como Luis María Anson, que escribe a favor de los negros que saltan alambradas y viajan a la vieja raposa Europa en pateras ensangrentadas; a favor de los que invaden las naciones que durante cuatro siglos esquilmaron África, en aquella cacería de hombres y mujeres a la que se dedicaron los blancos cultísimos de la Ilustración y la Cristiandad. Hasta el papa Francisco, en fin, anima ya a la desobediencia, frente a los que quieren hacer de este mundo «una fábrica de esclavos y una picadora de carne». Nada tiene que ver la sumisión con la paz social. Es la duda, no la verdad absoluta, la que nos hace libres.

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