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Prohibido el paso

Se recrudece el debate: ¿Qué pasaría si abriéramos las fronteras de par en par? Pues probablemente sólo cosas buenas. Se resentiría, tal vez, nuestro mundo de privilegiados, pero poco más. Algo que asusta y no poco. Parecería que las fronteras se desdibujan de día en día. Pero no es así. Las diferencias siguen marcando el territorio, blindando el bienestar. Porque, nacer a uno u otro lado de la raya del mundo desarrollado, significa encarar un proyecto de existencia o quedarse para siempre fuera del banquete de la vida. Tampoco caigamos en el buenismo. Estas cosas son muy complejas. Pero aún así, soy de los persuadidos de que nos iría mucho mejor si antepusiéramos la hospitalidad a la hostilidad. Se me dirá que los Estados están en el derecho y el deber, como parte de su soberanía, de controlar sus fronteras. El mismo derecho que tienen aquellos a los que se les imponen barreras infranqueables, en busca de un futuro al que tienen derecho, a derribarlas. No es cierto que el mundo esté a rebosar de gente peligrosa, como algunos se empeñan en decirnos. Mienten, también en esto. Al contrario: la inmensa mayoría de las personas son sensatas, lo único que quieren es ganarse el pan honradamente, salir adelante, ya sean exiliados, refugiados, desplazados o como se les quiera llamar. Da lo mismo. Con sus diferentes situaciones, los inmigrantes son lo que son: hombres, mujeres y niños desamparados, heridos en cuerpo y alma. Este es un drama al que sólo una gran movilización ética y moral, capaz de dar la espalda a los fantasmas de la xenofobia y el miedo, podrá hacer frente. Pero es que, además, no es inteligente poner ese cartel de prohibido el paso. Seguirán viniendo y, además, los necesitamos. La hospitalidad tendría ser una asignatura en las escuelas. Sí, enseñar a nuestras criaturas el sentido y el deber de alojar. De recibir y abrazar al que viene porque no le queda otra. No hablo de utopías. Hablo de justicia. Un bien frágil, ciertamente. Pero la fuerza más fuerte de todas. La que debería orientar nuestras vidas.

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