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Hacer cosas nuevas y hacerlas juntos

 

Colaboración para «Una mirada a Castilla y León», Diario El Mundo

Somos lo que hacemos. La vida la levantan mujeres y hombres anónimos. Gente abnegada y muy decente, abierta a las ideas y al porvenir. Paisanos capaces de hacer mejor, con su trabajo silencioso de un día y otro día, el entorno en el que viven. Gente auténtica. Nuestro mejor activo. ¡Cuántas veces lo hemos escuchado en boca de unos y otros! Esta es, tal vez, una de las afirmaciones más repetidas a la hora de hablar del pasado, del presente y del futuro de estos reinos: tenemos el mejor material humano. Si es así, ¿a qué esperamos para poner toda la carne en el asador y respaldar hasta la extenuación a esas personas, a esas familias? Para motivarlas, para contar de verdad con ellas. Porque es verdad: «del castellano y leonés, no cabe otra afirmación que la de su fuerza, su pasión, su generosidad, su espíritu de sacrificio y de solidaridad», como muy bien dijera Victoriano Cremer. Algo que nos viene del hondón unamuniano de la tierra, ciertamente.

¿De dónde, si no es de los adentros, puede brotar esta reciedumbre? Y es que las mujeres y los hombres de este pedazo de España, están habituados a medir la capacidad y la grandeza por la virtud y no por la fortuna. Por eso son sanos, por eso son sabios. Personas esperanzadas —pase lo que pase—, alegres y muy enteras. Pero hay que decirlo y repetirlo hasta la saciedad, para ver si así nos lo creemos de una vez por todas y nos ponemos ilusionados a hacer cosas nuevas y prometedoras; a hacerlas juntos. Sólo desde este convencimiento, de lo que seamos capaces de emprender, de compartir, de acuerdo a lo que los nuevos tiempos piden, dependerá el presente, podremos mirar al mañana y afrontar unidos los retos que haga falta, por encima de esos localismos, de ese mirar provinciano, que aún nos lastra.

Somos un todo y no una suma de partes. Hay una frase de Juan Vicente Herrera que encierra muy bien este pensar y este sentir: «no vivimos del pasado, ni de estar observando continuamente por el espejo del retrovisor, sino que debemos mirar siempre hacia adelante, buscando hacer cosas nuevas y haciéndolas juntos». Abiertos al mundo, educados desde chiquitines para la excelencia y la responsabilidad. Hacer cosas nuevas y hacerlas juntos. Ahí está la clave. Digámoslo una vez más: el progreso de una sociedad no depende tanto de sus instituciones o de sus poderes económicos o políticos, como de la iniciativa de las personas que integran ese colectivo. De la sociedad civil. Que es tanto como decir esfuerzo, valentía, iniciativas compartidas. Lo estamos viendo claramente en estos días: los partidos políticos, las instituciones sociales, los agentes económicos, sólo funcionan bien cuando obtienen su energía de la sociedad civil. De un colectivo dinámico, pluralista y, sobre todo, libre, muy libre.

«Sin el fondo vivificante de una sociedad civil de estructuración diversa, los partidos y las instituciones políticas se marchitan, pierden la inventiva y acaban convirtiéndose en aburridos grupos cerrados de profesionales de la política», asegura Vaclav Havel, el escritor checo al que con tanta saña persiguieron los camaradas. No nos engañemos: saldremos adelante, iremos a mejor, en la medida en la que la sociedad civil ejerza mayor protagonismo. En la medida en la que hombres y mujeres corrientes y molientes puedan cooperar e influir en su entorno para enriquecerlo. Seguramente insisto en una evidencia si digo aquí que, a la postre, lo que importa a la hora de lanzar cualquier mirada a Castilla y León, que es lo que se me pide, es estar siempre abriendo una nueva etapa de ilusión y de esfuerzo compartido en la que situemos, en primer lugar, las cosas que nos unen, que son la inmensa mayoría, los proyectos que podemos desarrollar juntos.

Hablo de un futuro de prosperidad compartida, que pasa por mejorar la educación y la sanidad; los servicios públicos. Por garantizarlos, de manera muy especial, en los pueblos. Por evitar el vaciamiento de los pequeños municipios, corregir los desequilibrios territoriales y que ayuntamientos y diputaciones recuperen sus capacidades de financiación perdidas en estos últimos años. Todo ello, sin olvidar la responsabilidad social empresarial, imprescindible a la hora de crear empleo y riqueza y sacar adelante cualquier iniciativa. Tenemos que innovar más, muchísimo más; dar mayor holgura a la iniciativa social, para conseguir esa transformación, ese crecimiento de nuestro modelo productivo que tanta falta nos hace. No conozco otra forma de consolidar un tiempo nuevo que permita a muchos recuperar el trabajo que han perdido, poner en marcha un negocio, cualquier proyecto de vida.

Llegados a este punto, sería injusto no reconocer que los gobiernos de Castilla y León surgidos de las urnas han demostrado —con sus luces y sus sombras— tener el coraje necesario para encarar los problemas y adversidades a los que se han tenido que enfrentar para, desde el ejercicio de su autonomía, buscar soluciones a través del diálogo y el buen uso de los recursos en momentos de gran dificultad. Castilla y León ha sido y es ejemplar en esto. El estilo Herrera a la hora de dialogar en todo momento, sin esperar a que caigan chuzos, se ha convertido en un ejemplo para el resto de España. Una asignatura sigue incomprensiblemente pendiente, en medio de este balance: reforzar nuestro papel como destino de estudiantes extranjeros para aprender español. Más del setenta por ciento de los estudiantes de idiomas en todo el mundo eligen el español como segunda lengua. Y resulta que esta es la cuna de ese idioma, de la cultura y la historia que lo sustentan. Una mina. El idioma de Cervantes, de Jorge Luis Borges y de José Jiménez Lozano, es el petróleo de esta Comunidad. Pero Dios mío, ¡a qué esperan para darse cuenta!

Y volvemos al principio: detrás de todo están las personas, están los paisanos. Sin ellas, sin ellos, nada sería posible. Cuando pregunté a Tomás Pascual, un par de meses antes de su muerte, de quien se acordaba especialmente, me respondió sin dudarlo: «de mi padre, que era un vendedor ambulante, que iba de pueblo en pueblo con el carro y los machos. Trabajador infatigable y hombre honesto. Y de mi madre, dedicada día tras día a sacar adelante la cantina de la estación y a cuidarnos, cuidándonos, siempre». En Castilla y León nos encontramos siempre, detrás de lo que sea, con mujeres y hombres sencillos que se dejan la piel y sacan adelante a los suyos aunque no puedan más, aunque revienten, aunque se mueran. Lo hacen con naturalidad, sin otra cara que la que muestran. Desbordando siempre comportamientos ejemplares y bondad; serios en el cumplimiento del deber. Sí, esta es una tierra de gentes de veras y no de burlas, con las ideas claras y sólidas, como los cimientos de las catedrales.

Por eso yo quiero dedicar esta página, que tan amable y generosamente se me ofrece, para rendir homenaje a esas mujeres y a esos hombres de mirada limpia y ánimo esforzado que a su trabajo acuden, con su dinero pagan y los que debemos cuanto somos por su empeño y paciencia. Lo repito: son ellas, son ellos, trasteando de aquí para allá, quienes que levantan la vida con optimismo, talento y determinación; los que alientan la esperanza con inagotable energía y tenacidad. Sin ellas, sin ellos, no habría futuro para esta tierra. Por eso todo, absolutamente todo, debe hacerse pensando en las personas, contando con ellas, escuchándolas a la hora de hacer las cosas, para que crean en la cosa pública y no la teman. Para que se impliquen, desde luego. Si queremos entender algo, ahondar en algo, sólo a ellas y a ellos tenemos que acudir. La patria no es la tierra, sino las mujeres y los hombres que la forman. Ellos son los verdaderos protagonistas de esta mirada.

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