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Aprender a aprender

Un profesor de bachillerato es mucho más importante que un profesor de universidad. Lo defiende Salvador Pániker en su Diario del anciano averiado, con el argumento de que «la adolescencia es un gran rito de iniciación encaminado a transformar a los niños en adultos», a cuento de un encuentro casual con un grupo de estudiantes que le deja entre pasmado y aterrado. ¿De qué hablan? ¿Qué les enseñan en el colegio? O, mejor dicho, ¿qué no les enseñan?, se pregunta Pániker. A esta edad —reflexiona— «cuando el cerebro es como una esponja porosa, la primera tarea pedagógica debería ser el fomento de la curiosidad intelectual. La curiosidad en general. Maravillarse frente a la vida. En resumen, la esencia de toda pedagogía: aprender a aprender». Para el filósofo catalán, «los generalmente mal diseñados adultos arrancan de una adolescencia deplorable». ¿Hay mayor razón para que un profesor de bachillerato sea mucho más importante que un profesor de universidad? Un maestro debería gozar de mayor prestigio, e incluso estar mejor remunerado, que un catedrático de universidad. ¿Acaso no han sido los maestros los que han modificado para bien muchos comportamientos con su entrega abnegada a la tarea de enseñar e instruir, es decir, de educar? Sin ellos, la atonía y la cerrazón de nuestras criaturas sería todavía mayor. Los maestros, porque yo no pienso llamarlos ‘docentes’ —ni siquiera ‘profesores’—, son, con seguridad, decisivos a la hora de construir esa sociedad más capaz, más creativa, más decente y mejor formada con la que se nos llena la boca. Cuando tanto se pone el acento en la moral pública, deberíamos tener muy en cuenta que sólo con excelentes maestros conseguiremos devolver las buenas prácticas, la honestidad y hasta la ilusión compartida, a esta sociedad zarandeada por una precariedad e incertidumbre que dura ya años. Sin ellos será imposible. Las buenas formas, la renovación que necesitamos, vendrá de la escuela; vendrá de los maestros, o no vendrá.

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