Artículos, Promecal

Sacerdotes camino del Calvario

Publicado en la revista IV Estación, Semana Santa 2016

Este año, al ver pasar el «cinco de copas» por las calles de Zamora, pensaré en los cientos y cientos de curas —testigos de Dios en la vida, en cualquier vida—, que van camino del Calvario con pureza de corazón, con mirada limpia. Como Cristo, que subió a la Cruz con los brazos abiertos de par en par. Porque yo no sé si saben ustedes que muchos sacerdotes son secuestrados, torturados y sacrificados a diario en todo el mundo, por el delito de anunciar el Evangelio, así sus vidas no merezcan ni una línea en la prensa occidental. Ellos sólo acompañan, caldean corazones y trasladan la serenidad que da el trato con Dios, sin pedir nada a cambio. Son medianeros con el de Arriba, Jesucristo hombre. Más de 300 han sido asesinados en los últimos años. Trece de ellos, en los meses más recientes. Tan sólo en Colombia 83 curas, desde 1984, perdieron la vida violentamente.
Algunos de manera atroz, como el padre José Antonio Valle, que recibió 17 puñaladas y apareció tirado en una acequia, a las las afueras de Barranquilla. En México, han sido cuarenta en pocos años. En Michoacán, por poner otro ejemplo, el padre Francisco Javier Gutiérrez, recibió un disparo en la cabeza y su cuerpo fue hallado también en una cuneta. Su última predicación se había detenido en las bienaventuranzas: «tuve hambre, estuve enfermo… lo que hicisteis con ellos, conmigo lo hicisteis. Jesús sigue presente en los pobres más pobres». Este fue su testamento. En Puebla, al padre Priego, le dieron muerte después de pasar por el calvario de la tortura y una penosísima privación de libertad en condiciones del todo inhumanas. Sus captores le prendieron fuego. No le perdonaron que predicara el amor y la misericordia. Su casa estaba abierta, de par en par, para todo el que lo necesitaba. Él mismo abrió la puerta a sus verdugos.
En la parroquia de San Sebastián, en el hermosísimo Valle del Cauca —donde estuve en más de una ocasión con Eduardo Carranza—, Héctor Fabio Cabrera y Bernardo Echeverri, fueron pasados a cuchillo de madrugada, con un odio que nadie se explica. La noche anterior habían celebrado la Eucaristía junto a familias campesinas de Roldanillo. En fin, en Panamá, el sacerdote español Aníbal Gómez fue atado y luego acuchillado. Tenía el rostro desfigurado por los golpes y ocurrió a plena luz del día. Le habían pedido que abandonara la parroquia, pero él decía siempre que su sitio estaba allí y que no se sentía solo, sino amparado por «ese Dios misericordioso que no se deja ganar en generosidad». Quería ser testigo del Evangelio y lo fue hasta el final. Son sólo algunas historias de estas vidas silenciosas, muy fecundas. Hay muchas más.
Podríamos hacer un suplemento como este, contando sus vidas, su peripecia humana y nos faltarían páginas. Vidas sencillas de hombres con un corazón grande —donde caben todos— y unos brazos destinados al amor, como los de cualquier otro. Sólo que ellos eligieron querer y servir a todos, sin reservarse a nadie en particular. Hombres dispuestos a cargar con desgarros y flaquezas ajenas; abnegados y contentos siempre en el vencimiento propio para hacer el bien a manos llenas, con alma, vida y corazón. En Corea del Norte no se sabe bien cuántos misioneros siguen condenados a trabajos forzados a perpetuidad. En la península Arábiga, no se permite a los sacerdotes que se muestren en público como tales. Sin embargo, ahí siguen, celebrando la Santa Misa y administrando los Sacramentos, día tras día, como lo hacían los Apóstoles en las catacumbas, hace más de dos mil años.
La libertad religiosa mundial está en caída libre, los cristianos siguen siendo la minoría religiosa más perseguida en todo el mundo. Un maltrato que sufren millones de católicos. Pero yo quiero detenerme hoy en los sacerdotes, que representan «un don que Dios hace a algunos para el bien de todos», en palabras del Papa, tomados de entre los hombres y constituidos en favor de los hombres. A ellos, a su sangre derramada, dedico estas líneas. A los sacerdotes, decía mi paisano san Josemaría —que siempre se consideró, con su habitual buen humor como un «cura pelao»—, «se nos pide la humildad de aprender a no estar de moda». No le faltaba razón al fundador del Opus Dei, uno de los españoles más influyentes de la Iglesia Universal.
Un sacerdote no es alguien que caiga de lo alto, «siempre será un hombre del pueblo y la cultura de donde procede», como muy bien recuerda Francisco. «Enviado a servir a los hombres, a hacerles alcanzar la misericordia de Dios, a anunciar su Palabra de Vida». En Roma, tras ordenar a 32 sacerdotes de los cinco continentes, Javier Echevarría les animaba a ejercitar con alegría y sincera caridad su ministerio rechazando el querer brillar en los campos en los que no les corresponde: «no sois psicólogos, ni sociólogos, ni antropólogos: sois otro Cristo, Cristo mismo», les dijo.
Pues sí: este año, cuando vea pasar al «cinco de copas» por las calles y plazas de Zamora, pensaré en esos sacerdotes anónimos camino del Calvario, en medio de la gente, rezando con y por la gente que, a nuestro lado, ríen con el que ríe y lloran con el que llora. Comprometidos con la salud de cuerpo y alma de mujeres y hombres. «Si ellos callaran, si ellos callaran, hablarían las piedras», ciertamente.

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