Artículos, La Razón

La luz del corazón de Luis Argüello

La Razón, 15 de abril de 2016

Si existe un sacerdote de consenso para la sociedad vallisotetana, ese es Luis Argüello. Un hombre de mirada intensa, que jamás desprecia a nadie y nunca niega el afecto a quien lo necesita. La crónica eclesiástica de las últimas décadas, en la Diócesis de Valladolid, pasa por este palentino discreto y de exquisita sensibilidad, de cuya entrega fecunda en la tarea pastoral pocos dudan. Un caballero en el trato y un pastor de almas. Tiene Argüello el gesto amable de los que van por la vida con la mano siempre tendida. Pero hay dos cosas que le marcan, más que cualquier otra: su defensa permanente del diálogo en la Iglesia y fuera de ella y su capacidad para pasar largas horas sentado delante del sagrario. Don Luis, que es como habrá que llamarlo a partir de ahora, comparte con Don Ricardo la cercanía y el talante intensamente humano del cardenal, al que ha servido con tanto celo como discreta eficacia y que le ha propuesto al Papa para ser nombrado sucesor de los Apóstoles. Hace apenas unos días, escuché a Luis Argüello decir algo que anoté y que me viene como anillo al dedo para entender mejor la forma de pensar y sentir del flamante obispo auxiliar de Valladolid: «es fundamental que todos asumamos la responsabilidad personal que tenemos en sacar adelante las cosas comunes, sin esperar a que nos las den hechas». Pero su debilidad son las familias y los sacerdotes. Vive como uno más en una austera residencia sacerdotal y, si quieren verlo sonreír con ganas, sólo hay que asomarse a cualquiera de los encuentros familiares a los que se suma con gusto en cuanto le abren la puerta. Las palabras que más se repiten en sus homilías son estas: perdón, escucha, justicia, dignidad… Y, por encima de todas, una: amor. Amor de Dios. Algo así como un mantra para el nuevo prelado. Un hombre que se inclina por la moderación y prefiere mirar a los ojos, que alzar la voz ante cualquier desencuentro. Por algo Monseñor Argüello ha elegido, como santo y seña de su obispado, ese que reza: «Veni lumen cordium». Es decir: «Ven luz del corazón».

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