Artículos

El poder de la palabra

Conferencia de clausura del congreso Imagina Cervantes
Universidad Europea Miguel de Cervantes, 29 de abril de 2016
[Borrador no-literal de la conferencia pronunciada]

Sucedió en el Chile de Augusto Pinochet. Luis María Anson se disponía a inaugurar la nueva sede de la agencia EFE en Santiago, y yo estaba a su lado. Lo recuerdo muy bien. EFE era entonces el proyecto informativo de Estado más importante que tenía España al servicio de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Y así fue hasta que el Partido Popular se emperró en convertirlo en un gabinete de prensa y el PSOE en un aparato de agitación y propaganda.

Llegó el momento de hablar, y dijo Anson: «es preferible un país sin gobierno —como España ahora mismo— pero con periódicos, a un país con gobierno pero sin prensa libre». El general Pinochet había enviado a otro general en representación suya, para que asistiera al acto. El militón, al escuchar a Luis María Anson, se levantó y abandonó inmediatamente el acto, seguido de dos o tres más, que no pudieron soportar tan ansoniana exaltación de la libertad de expresión.

Pero lo que sucedió aquel día en Santiago de Chile, se recoge ya en El Quijote:

La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierran la tierra y el mar: por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida.

Si van ustedes a la Sociedad Cervantina, en Madrid, donde está la impresora que utilizó Cervantes con su propia mano para la primera edición de El Quijote, verán que es esta frase la que recibe al visitante.

El poder de la palabra: a nadie se le escapa, a estas alturas del paseo, que estos oficios nuestros de contar lo que pasa, de decir lo que es como es, son hoy tan angostos y trabajosos como lo han sido siempre. Y lo serán, por más proclamaciones que existan de libertad.

Pero es que ahora las cosas tienen algunas dificultades añadidas, sin que crea yo —para nada— que cualquier tiempo pasado fue mejor. Muy al contrario, vivo persuadido de que lo mejor está por venir. Pero convendrán conmigo que lo que vemos y tocamos cada día no es como para tirar cohetes al aire. Resulta que las cosas, los seres y los acaeceres ya no son lo que son, sino lo que se decide que sean en cada momento. Eso que José Jiménez Lozano, periodista y escritor, el hombre más sabio de estos reinos, el más clarividente de nuestras letras, llama la «verdad diseñada por un supuesto consenso de opiniones por parte de quienes tienen el poder para ello, y que nos lleva a no saber lo que es justo o injusto; verdadero o falso; hermoso o espantoso; humano o inhumano, con una interpretación autoritaria que empieza por el lenguaje». Tomemos buena nota los periodistas. Estamos pues, ante una realidad construida, ante la cual la palabra, si quiere ser verdadera, tiene que plantar cara.

Atreverse a tener ideas y sentimientos propios y a expresarlos, significa hoy, para cualquier profesional de la palabra, desafiar la inmensa maquinaria de terror del pensamiento establecido. Algo que difícilmente toleran estos señores nuestros que nos gobiernan. Bien es verdad que todo ello es posible, por cierto, gracias a nuestra complacencia y soberana paciencia.

Ha sido la ausencia de la palabra veraz y audaz la que ha llevado al periodismo a tantas malformaciones como en la actualidad padecemos. Hoy, bastan unos pocos periodistas debidamente adoctrinados y hábilmente dirigidos, y apenas algunos periódicos escritos, hablados o en imágenes, para intimidar a todo bicho viviente y crear un estado de imbecilidad ambiental en el que ya no se sepa lo que es blanco y lo que es negro: ji-ji-ji, ja-ja-ja…; té y simpatía; y todos más contentos que unas pascuas… Es lo que hay, como gustan decir nuestras jóvenes promesas.

Continúo con malas noticias, y ya lo siento. A ver si consigo darles alguna buena a lo largo de esta charleta: vivimos en la gran mentira. Por un lado nos venden que no hay sistema político de protección y respeto hacia sus ciudadanos como la democracia. Lo cual tiene su parte de verdad. Tras los dos grandes totalitarismos del siglo XX, protagonizados por los camaradas rojos y los camaradas pardos —siempre al acecho—, parecería que aquellos más de cien millones de muertos, que se dice pronto: cien millones… con su reguero de penurias y calamidades, serían suficientes para traer definitivamente a la humanidad las libertades y una cultura de las esencias, en la que se instalaran definitivamente la paz y la concordia. Pero a la vista está que no ha sido así.

Y así, llegamos a algo en lo que los periodistas tenemos una gran responsabilidad: la cultura sobrevenida: una cultura que ha liquidado ya todas nuestras categorías y esquemas mentales y a la que los periodistas debemos plantar cara, porque si algo está haciendo esta cultura sobrevenida es liquidar una civilización, la nuestra. Aquella de la que venimos y de la que esta Vieja Raposa llamada Europa, que todo lo sabe por vieja y por zorra, renuncia ante nuestra indiferencia, y se queda tan ancha. He hablado muchas veces de estas cosas con Jiménez Lozano, y siempre llegamos a la misma conclusión: o somos capaces los periodistas de atrevernos a pensar por nosotros mismos y a desafiar esta inmensa maquinaria del pensamiento establecido, o acabarán con estos oficios nuestros. Ya no seremos periodistas. Seremos comunicadores, voceros —como dicen en mi lindo país colombiano— de los pensares y sentires de otros. Pensaremos, en fin, con cabeza ajena. Seremos cualquier cosa menos aquellos que cuentan lo que ven, y ejercen el contrapoder que les corresponde al servicio de la sociedad. ¿Acaso no está sucediendo ya? Es sólo una pregunta.

Pero la lucha, desde luego, se presenta épica.

Porque ahora, aquí todos desconfiamos de todos: el ciudadano desconfía del Estado, que se ha convertido en un enemigo más que en un amigo; de los partidos políticos; de sus representantes; desconfía de sus empresarios; sufre la voracidad y falta de escrúpulos de sus banqueros, porque no queda otra; desconfía el ciudadano de sus profesionales, y hasta de instituciones seculares, mucho más antiguas que la democracia, como la Iglesia católica.

Todos estos estamentos, y muchos más, están salpicados por la corrupción. Una corrupción no legalizada pero en algunos casos sí «autorizada». El individuo se siente solo, abandonado, inseguro, desamparado, esquilmado por unos impuestos confiscatorios, que vuelven a ser su único cordón umbilical con el Estado. Seguro que esto les suena a algo:

Que el mundo fue y ser
una porquería ya lo sé…
(¡En el quinientos seis;
en el dos mil también!).
Que siempre ha habido
chorros, maquiavelos
y estafaos, contentos
y amargaos,
valores y dublé…
Pero que el siglo veinte
es un despliegue
de maldad insolente
ya no hay quien lo niegue
Vivimos revolcaos
en un merengue y
en un mismo lodo
todos manoseaos…

Cambalache…

Nos encontramos pues, desprotegidos. Solo el llamado «cuarto poder» podría sacarnos del hoyo. La prensa libre, independiente, íntegra, incorruptible. Pero ¿qué sucede cuando este poder que está para reconocer el talento, allí donde se encuentre; aplaudir el acierto y denunciar cualquier tropelía, participa de los mismos males? Pero, ¿qué sucede cuando los medios de comunicación escritos y audiovisuales mienten, engañan, son cómplices de las manipulaciones del poder, o ellos mismos quieren convertirse en un poder paralelo? ¿Qué podemos esperar, si nosotros, los periodistas, tantas veces en vez de investigar, comprobar, cerciorarnos de las fuentes e informar de la verdad, utilizamos la imaginación, la ficción como un género periodístico que no literario? Mentiras, silencios, complicidades con las redes corruptas. Hemos cometido el peor de los pecados: traicionar el poder de la palabra que nos ha sido dada. Las noticias e informaciones transformadas en chantajes, extorsiones, rumores, comunicados interesados, insinuaciones, sombras sobre personas honorables… En fin, no sigo. Desde luego que hay profesionales insobornables, capaces de no morderse la lengua. Algunos de ellos nos acompañan hoy. Pero no todo el monte es orégano.

¿Qué sucede cuando el periodismo libre e independiente, pilar insustituible de la democracia, se derrumba ante los intereses de unos propietarios dispuestos a manipular para alcanzar el poder político y crear ese nuevo totalitarismo espuriamente revestido de democracia? ¿Qué sucede cuando no son las noticias las que hacen el periódico, sino el periódico el que crea las noticias según sus propios intereses? Son sólo algunas preguntas que aquí, en este lugar de saberes y donde, para saber, lo primero que hay que hacer es preguntarse, como ya se encargó de enseñarnos el mismísimo Sócrates.

O como alguien más cercano y de esta tierra, el poeta León Felipe, para mí de los más amados, nos enseña:

Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre…
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos…
y sé todos los cuentos.

Pues que no nos duerman con tantos cuentos. Para eso estamos los que a estos oficios nos dedicamos. Para eso estáis vosotros, estudiantes de periodismo, que habéis elegido una profesión de la que Albert Camus decía «es la más noble que se puede ejercer». Al igual que sentenciaba, también Camus, con algunas otras perlas que vienen que ni al pelo en estos tiempos revueltos: «el fundamento del periodismo es buscar la verdad y contarla»; «hacer periódicos no es ni será, ciertamente, como producir judías en lata». Que tomen nota algunos editores. Nunca olvidemos que la capacidad de hacer el mal que tiene el periodista es devastadora.

¿Acaso no lo estamos viendo en estos días, entre los escombros de la patria nuestra? La caída de la prensa en manos irresponsables es la mordaza que los corruptos imponen a la democracia y significa la destrucción de las raíces de la democracia misma.

A través de los periodistas dóciles se procura distorsionar, con gasto mínimo y eficacia máxima, el propósito fundacional de agencias, diarios, revistas y emisoras de radio y televisión, que no es otro —lo repito— que el de contar lo que es como es y no como interesa que sea, hasta colocarlos al servicio de las fuerzas que pugnan por subvertir nuestro modelo de sociedad libre. Hay que ver con qué empeño se da voz a los necios y se aplaude a los mediocres. «Se estimula la ignorancia. Se ridiculiza la moral cristiana. Se paganizan las fiestas religiosas. Se trabaja, en fin, denodadamente para liquidar la civilización y el humanismo cristianos».

Ustedes son testigos como yo de cómo se manipula de forma sistemática, intoxica, distorsiona, deforma, desinforma, se anestesia a la opinión pública para operar sin reacción, para imponer el terrorismo intelectual de los camaradas.
Permítanme traer aquí unas palabras que le escuché, no hace mucho, a Luis María Anson, el periodista español más importante del siglo XX: «si no queremos que todo se desmorone, habrá que superar una época que se hace irremediablemente vieja. Habrá que barrer las hojas muertas de una generación occidental que consume ya los días postreros de su otoño. Habrá que construir un mundo nuevo que supere el comunismo esclavo y el corrupto capitalismo. Ciertamente son muchos los que no creen en la necesidad de la evolución; muchos, los deslumbrados por la brillantez del espectáculo occidental. Lo que no saben es que están contemplando el esplendor del incendio».

Pero volvamos al señor don Miguel de Cervantes, que es quien mejor lo dice, con palabras de carne, con el bello y certero poder de la palabra:

La verdad adelgaza y no quiebra, y
siempre nada sobre la mentira como
el aceite sobre el agua.

Que esto no nos suceda. El poder de la palabra. Que es tanto como decir el enorme poder del periodista para alumbrar, esclarecer, o generar miedo, auténtico miedo, que es a lo que invita Pérez Reverte, poniendo el acento sobre el enorme poder del periodista para generar miedo, auténtico miedo en el establishment. «En un mundo como este, donde las ingenuidades y las simplezas de mecherito en alto y buen rollo a menudo son barajadas por los canallas, y creídas por los tontos útiles que ofician de ganado lanar y carne de cañón, ese es el único freno real. El miedo. Miedo del poderoso a perder la influencia, el privilegio. Miedo a perder la impunidad. A verse enfrentado públicamente a sus contradicciones, a sus manejos, a sus ambiciones, a sus incumplimientos, a sus mentiras, a sus delitos. Sin ese miedo, todo poder se vuelve tiranía».

»No os quepa la menor duda: el único medio que el mundo actual posee para mantener a los poderosos a raya, para conservarlos en los márgenes de ese saludable miedo, es una prensa libre, lúcida, culta, eficaz, independiente. Sin ese contrapoder, la libertad, la democracia, la decencia, son imposibles. Aterra la docilidad con la que últimamente, salvo concretas y muy arriesgadas excepciones, el periodismo se pliega en España a la presión del poder. Creo que nunca se ha visto, desde que se restauró la democracia, un periodismo tan agredido por el poder político y financiero».

Es imprescindible recuperar para las palabras el espíritu de lo verdadero, por encima de lo conveniente o de lo políticamente correcto. Y no se puede pasar por alto que cada vez menudean más los eufemismos falaces y enmascaradores de la realidad.
Como muy bien ha alertado Javier Marías, el problema mayor es el ánimo censor que se va adueñando del planeta. La pretensión, por ejemplo, de muchos estudiantes estadounidenses de suprimir en sus universidades toda opinión o discurso que desazone u ofenda.

«Quieren que unos lugares que siempre fueron de cuestionamiento y debate, de confrontación de ideas, se conviertan en lo que llaman safety spaces o algo así, “espacios seguros” en los que nadie altere sus convicciones con inquietantes pareceres, y la única forma de conseguir eso es que nadie diga nada que pueda molestar a alguien, es decir, nada de nada. En la Real Academia Española se reciben sin cesar peticiones airadas para que se borre del Diccionario tal o cual acepción o término que al remitente le parecen reprobables».

Y continúa: «hay demasiados individuos a los que no les basta con no hacer esto o aquello: aspiran a que nadie lo haga. Los términos que nos hieren, sean prohibidos; los hábitos que desaprobamos, tórnense ilegales; las ideas que nos perturban, no sean emitidas; las escenas que juzgamos perjudiciales, no existan, no las vea nadie».

No sería justo que en una charla cervantina no hablara yo de mucha gente que afortunadamente es consciente de su responsabilidad social. Que es consciente de que estamos en un momento en el que la desobediencia civil frente a leyes injustas es una estrategia frente a la sumisión, una alternativa al silencio cómplice o, incluso, una cuestión de superviviencia.

Por suerte, hay personas que lo tienen claro: médicos que atienden a los ‘sin papeles’, porque no hacerlo sería inhumano; vecinos que plantan cara para ayudar a una familia a la que quieren expulsar de su propia casa; empleados de banco, que se han negado a mentir a los clientes, a costa de enfrentarse a la voracidad sin límites de los banqueros.

Las leyes no son siempre justas. Por eso hay abogados que protegen a los que desobedecen y periodistas que escriben a favor de los negros que saltan alambradas y viajan a la vieja raposa Europa en pateras ensangrentadas; a favor de los que invaden las naciones que durante cuatro siglos esquilmaron África, en aquella cacería de hombres y mujeres a la que se dedicaron los blancos cultísimos de la Ilustración y la Cristiandad. Desobedientes.

Hasta el papa Francisco, en fin, anima ya a la desobediencia, frente a los que quieren hacer de este mundo «una fábrica de esclavos y una picadora de carne». Nada tiene que ver la sumisión con la paz social. Es la duda, no la verdad absoluta, la que nos hace libres.
Porque, como advierte Olga Rodríguez, «muchos de los avances de la humanidad, en lo referido a los derechos y libertades, han sido conquistados a través de reivindicaciones y desobediencias. Nada depende solo de los que ocupan el poder. Todos disponemos de un pequeño campo de acción y de influencia. Los de abajo pueden determinar la dirección de las políticas y de hecho así ha ocurrido en algunos de los capítulos más importantes de nuestra historia. Habrá todavía quien prefiera bajar la cabeza sin rechistar. Habrá quien opte por borrar su memoria para seguir creyéndose las mentiras que quedan por llegar. Hay quienes eligen obedecer en un mundo que solo les ofrece pobreza, hambre, guerras, violencia y cinismo».

El oficio de periodista nunca fue fácil; «en esto no te metes para hacer amigos». Y menos entre políticos ególatras y democráticamente autoritarios. Decía Jean Daniel, confidente de Mitterrand, que no se puede ser amigo de un hombre de poder si tienes que escribir de él a menudo: amicus Plato, sed plus amica veritas. La verdad, en periodismo y en la vida, parece un concepto demasiado ambicioso; conformémonos con el de veracidad, y en todo caso con los de honestidad e independencia. Sin demasiada alharaca ni la solemnidad heroica que tendemos a dar a este trabajo que sólo consiste, según el maestro Raúl del Pozo, en «limpiar los cristales de la libertad. Poniéndote perdido de mierda, las más de las veces». La independencia de un periodista y de paso la de sus editores depende en último término, como sentenció Montanelli, de una sola cosa. De sus coglioni.

Pero para ello debemos esmerarnos en defender causas que valgan la pena, no banalidades. Causas de peso. Y eso es lo que nos permitirá desafiar a esta nueva inquisición —como en su día sucedió a Miguel Servet o a Galileo— con razones más que con griterío.
Por eso necesitamos también talento. No debemos confundir la libertad de expresión con la libertad de agresión. Como periodistas, hemos de combatir con las palabras, pero sin caer en el amarillismo. Prefiramos el ingenio, o sea, la ironía y el sarcasmo, a la zafiedad y a la vulgaridad. Ensanchemos nuestra conciencia, liberemos nuestras concepciones tan estrechas, volvámonos activos, audaces.

No es cierto que las cosas estén ahora peor que nunca. Lo estarán si no calentamos y vivificamos con la fuerza de la palabra estos oficios nuestros. Si no somos capaces de producir una riada diaria de informaciones diferenciadas y fiables en sus fuentes informativas. De periodistas capaces e insobornables, conscientes de que tienen en sus manos el instrumento más eficaz de dominio: el poder de la palabra —lo repito— para decir lo que es como es, y no como conviene o interesa que sea.

Yo también sueño con un periodismo que destierre todo tipo de mentira. En el que se defiendan encarnizadamente tres principios. Los de la verdad, la libertad y el derecho a ser felices que tenemos todos los hombres.

Anuncios
Estándar