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Aprender a no hacer nada

Publicado el 25.09.2016 en la columna quincenal El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal

Ahora que todo es hacer y hacer, y nada se entiende sin resultados, en lo personal y en lo profesional, hablaré yo hoy de la necesidad de aprender a no hacer nada para avanzar y consolidar cualquier progreso. Para ello me he venido este fin de semana a Oviedo, a escuchar a Rafael Santandreu, que se está convirtiendo en el psicólogo más seguido de España, por el sentido práctico de sus reflexiones. Sus tres últimos libros, Las gafas de la felicidad, El arte de no amargarse la vida y Ser feliz en Alaska, son una declaración de guerra al atenazamiento en el que vivimos por las obligaciones, las superexigencias y la artificialidad; a este sinvivir de un machaque que sin fin. Asegura Santandreu que «no nos afecta lo que sucede, sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede». Es nuestro diálogo interior, lo que nos hace fuertes o débiles. El verdadero enemigo de la felicidad es el obligarnos a cosas que no podemos alcanzar. Esta aceleración de la mente que nos sumerge en un universo de superexigencias. «Todos los miedos y neuras son humo. Cuando das con la llave para abrir esas prisiones, de repente, se desvanecen», asegura Santandreu, que culpa del deterioro ambiental a tres tipos de superexigencias: debo hacerlo todo bien; todo el mundo debe tratarme bien todo el tiempo, y debe ir todo siempre viento y popa. Definitivamente, una de las neuras más presentes en nuestros días es el miedo a no hacer nada. Pero lo que más me ha gustado de este fin de semana asturiano ha sido la lección de humildad radical de Santandreu como clave del bienestar. Una humildad profunda y plenamente convencida. ¡Aquí no valen medias tintas! Es la actitud propia de quien no quiere ser más que nadie, sino sólo uno más. El querer destacar y ser alguien es, ciertamente, el comienzo de todos los fracasos. Deberíamos de tomar buena nota de que ser felices no tiene nada que ver con los logros. Y que los bienes y los méritos no son más que resultados colaterales de disfrutar y vivir sin neuras. Y entre las neuras más comunes de nuestros días, el miedo a no hacer nada, a estar desocupado. Cuenta Joaquín Sabina que si algo le hizo daño en su vida fue esa auto-exigencia que le obligaba a escribir canciones sin parar, y cuando no lo hacía entraba en un vacío depresivo y culpable. Hasta que se dio cuenta de que producía más y mejor cuando bajaba el listón; y hasta las grandes ideas surgían más frescas desde una cierta indolencia. Vamos, que se puede estar inactivo y pasarlo en grande. Esa idea de que hemos sido creados para trabajar y especular, y que el ocio representa una traición, es el peor de los camelos. No hacer nada, ni siquiera hablar, es un ejercicio que eleva el alma y ensancha la vida.

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