Artículos, Promecal

Sin ir más lejos

Publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal

 

Escribe desde la disidencia de la vida y el pasmo de los árboles. El poeta agradece a la existencia y a la cercanía de Dios, y lo hace con la lentitud y serenidad de quien no pierde el tino, venga lo que viniere; como quien sabe que sólo tiene este instante. Desde lo efímero, lo frágil que nos atenaza. A Fermín Herrero acaban de darle el Premio Jaén de poesía, que recoge este fin de semana, por su obra Sin ir más lejos. Un poemario en el que este soriano universal, convertido en una de las voces más originales y más recias de nuestras letras, canta a la alegría de los girasoles, a la virtud, el arraigo y la entereza de las gentes de la tierra adentro. A lo más mínimo, al frío que empieza ya a pelar en la Tierras Altas que le vieron nacer y a esas mujeres de corazón grande, muy grande, que llevan un azadillo y un caldero con un poquitín de agua para los ramos de crisantemos y de rosas tardías al cementerio año tras año, para estas fechas, por los Santos. Fermín Herrero es uno de esos poetas que obedece a la tierra y se siente tan a gusto en lo más sencillo, bajo el aroma finísimo de la lluvia, «en la quietud del campo, solo, donde siempre». Como Walt Withman, canta definitivamente para el hombre. Mantiene sin más la contemplación, sintiendo que la vida le pertenece por completo. Su ser es de silencio: «si no dijera más, cuánto mejor, / sin duda ganaría…», asegura nuestro poeta, consagrado para siempre entre los primeros nombres de nuestras letras, con obras como Echarse al monte, Un lugar habitable, El tiempo de los usureros, La gratitud o Tempero. Con razón le llueven los premios, desde el Castilla y León de las Letras, al de la Crítica o el Gil de Biedma. Leer a este poeta de la letra menuda es asomarse a los apartes de la vida; enfrentarse a una osadía: acariciar eternidades. Su poesía es un viaje a lo que más hiere y gusta orillar a esta sociedad de descendimientos y derrumbes. Desde lo más sencillo, Fermín Herrero celebra el instante, con un estilo tan original como audaz. Sus versos nos zarandean y colocan ante lo que más importa: el júbilo de una mirada limpia, frente a la impostura y el disparate. El poeta ve, oye, huele, se confía al aire. Distingue entre el trigo y la paja, desde quien se sabe pasajero, sin red, y acepta que la vida es esto. A Fermín Herrero, un poeta de esos que acompañan y dan cobijo, se le lee siempre con profunda emoción, desde el reguero gozoso del vivir y el musgo oscuro de la muerte, con su flor menuda. Su obra se sitúa entre las más valiosas de la España del siglo XXI, tanto por la verdad inextinguible que alienta en ella, como por la desnudez de unos versos que prefieren el pedregal de lo cotidiano y de lo que habla bajito, en medio del estupor de la vida.

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