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Los «puñetazos» de Enrique Cornejo

Publicado en El bloc del gacetillero el domingo 15 de enero de 2017

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Era su día, ciertamente. El día de Enrique Cornejo. El hombre que más ha hecho en España, en el último medio siglo, por levantar el teatro y aupar a los actores. Cornejo recibía de manos del Presidente del Gobierno, el premio a la trayectoria empresarial. Rescato esta reflexión de Mariano Rajoy al entregarle el galardón: «Te aseguro, Enrique, que no he entregado un premio con tanta alegría por mi parte y mérito acreditado de quien lo recibe». Lo mejor de este hombre es que no despierta rechazos. Enrique Cornejo es una de esas personas a las que todo el mundo quiere y muchas deben algo. «Perdono y olvido lo feo y lo malo rápidamente», reconoce. Apenas unos días después de recibir esa distinción a la trayectoria, en Madrid, sucedió, esta vez en Valladolid, su ciudad natal, que actuaba José Sacristán en el Zorrilla, ante un público entregado que abarrotaba completamente la sala. Un teatro que el entusiasmo y la abnegación de Cornejo han contribuido decisivamente a relanzar. Sacristán, cuyo criterio es de los que más pesan en el mundo de la escena —defensor de altos niveles de calidad teatral—, no se andó con rodeos y compartió, al final de su actuación, este pensar y este sentir desde el escenario: «gracias, Enrique, por lo que haces infatigablemente, desde hace tantos años, por el teatro. Por nosotros, los cómicos. ¡Te debemos tanto, que sería impagable!». Un largo aplauso acogió las palabras del universal actor. Les contaré, para terminar, un chascarrillo: antes de alcanzar el éxito en el teatro, Enrique Cornejo tuvo que dar algunos puñetazos. Me explico: se vio obligado a meterse a boxeador, para empezar como empresario teatral con una carpa. Había un problema: para que aquello resultara medio rentable, tenía que hacer nueve meses al año teatro y tres, boxeo. Y a Enrique Cornejo, amante del deporte y vinculado al mundo de la gimnasia, no le quedó otra que subirse al ring. Él siempre ha dicho que el deporte marca unas normas de comportamiento que, además de buen físico, facilitan un saludable estado psíquico. Cornejo adora Valladolid, la ciudad que le vio nacer. Uno de los mejores lugares del mundo para vivir, según él. A los diecisiete años se quedó huérfano de padre y madre. Sin red. Se fue a París, pero regresó, como dice el Tenorio, «buscando para mis hazañas mayor espacio». Lo encontró en Madrid. Alquiló una pensión en la calle Alcalá. Con ducha costaba 5 pesetas. Y, sólo con lavabo, apenas 3. Eligió la más barata. Se sentó en la cama y se echó a llorar. A la mañana siguiente, buscó trabajo en los clasificados del desaparecido Diario Ya. Lo encontró en una compañía de seguros. Desde entonces, no ha parado de hacer teatro y no piensa hacerlo. Aunque para ello, tenga que volver a boxear.

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