Artículos, Promecal

Los alegres y los avinagrados

Artículo publicado en ‘El bloc del gacetillero’, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el 5 y 6 de agosto de 2017

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La ancianidad, en especial la senectud consciente —escribe Cicerón—, «tiene una autoridad tan grande, que es de más valor que todos los gozos de la juventud». Nada que ver con cómo se ve hoy a las personas mayores y tratamos a los ancianos. Lo que importa en nuestros días —especialmente en la sociedad del hartazgo— es lo nuevo, estrenar todos los días. El resto son antiguallas. Pero todavía hay culturas, lejos de Occidente, en las que se ve a los ancianos como seres capaces de alumbrar y de guiar, por la sencilla razón de que saben más que el resto. En las culturas indígenas, por ejemplo, se continúa acudiendo al chamán para buscar y encontrar sentido. En el judaísmo, al haddik, que es ‘el justo’, es decir, el que se preocupa por los demás, porque es capaz de distinguir el trigo de la paja; lo que verdaderamente importa. En el hinduismo, está esa figura —siempre entrada en años—, venerada por todos, que se le llama el sanyasi. En el budismo, a los ancianos que viven y trabajan por la iluminación del resto, se les conoce como bodhisattvas. Mujeres y hombres que poseen una sagacidad de la que carecen los más jóvenes. La verdad es que tiende a haber dos clases de personas mayores: los alegres y los avinagrados. Estos últimos, están enfadados con el mundo. Exigen que el resto vaya detrás de ellos, que les tenga lástima y permanezca pendiente de sus achaques. Los otros, en cambio, viven serenamente, con una sonrisa de oreja a oreja. Envejecen con dignidad, despiertan ternura y cariño y son sabios, porque viven para los demás, escuchan y ofrecen cuanto tienen. Es la «senectud distinguida», de la que habla Cicerón: ancianos llenos de vida, que conservan la agudeza y el arte de ingenio. Que rezuman entusiasmo, por más que sepan que no hay vuelta atrás. Si les preguntas por el secreto, te dirán que está en aceptar que uno se hace mayor. En no quedarse enterrado en la pérdida y ser consciente de lo que con los años se ha ganado. En aceptar, en fin, esta situación como lo que es: una etapa del vivir, nueva y maravillosa. Uno de los periodos más hondos, más atractivos de la existencia, si se sabe afrontar desde la gratitud y la atención presente. A los ancianos de los que habla Cicerón, los años les han ido haciendo más compasivos. Ven el mundo con una mirada renovada cada día. Conciben la vida como un don que hay que disfrutar hasta el último día. Han comprendido que no se trata de poseer mucho, sino de disponer de lo suficiente. Lo veo en mi adorada madre, día tras día. En mi amiga Rosalía Cruz, que nos ha vuelto a dar una admirable lección de fortaleza. De seres así dice la muy lúcida Joan Chittister que «viven con brío y garbo y se dirigen hacia el ocaso cantando y bailando».

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