Artículos, Promecal

Lastre

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 28 y 29 de octubre de 2017

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El poeta soriano Fermín Herrero (foto: Wellington Dos Santos)

Hablo del poeta de la letra menuda. Fermín Herrero se expresa con humildad, sin alzar la voz. Como si pidiera perdón por escribir. Convencido de que en el silencio está todo. Y de que el tiempo manda. «El tiempo manda siempre», advierte el poeta. «La tarde desde aquí, cómo / está de quieta, de tranquila. / Nadie. Es lo mismo el silencio, / las piedras, aquel olmo / en que me amparo. / Nadie». Pero nuestro poeta se ampara también en la luz serena, que es lo mismo, demorándose sobre la loma. Y en el tintineo de un rebaño. Fermín Herrero escribe desde la generosidad del austero. Con la honradez y la decencia de las gentes de la tierra adentro, que saben el secreto del grano y la labor; que el pan solo se gana íntegro en los años malos, con las palabras justas. La Junta de Castilla y León, ha tenido el acierto de arracimar en una completa antología, con el título de Lastre, algunos de los poemas más bellos de los numerosos libros del Premio Castilla y León de las Letras. Fermín Herrero es una voz que suena vigorosa y recia en el mundo hispano. Un poeta de hondura, con un conocimiento intenso de la palabra, que escucha, que comparte; que sabe, también, que la moral está en bancarrota. Un hombre de convicciones que se expresa desde la sencillez de lo cotidiano, con admirable claridad. Leer a este soriano universal es asomarse a lo que de verdad importa. Fermín Herrero es valiente, muy valiente, a la hora de mostrar tanta devastación: «ahora que cualquier mequetrefe pasa / por estadista y por filántropo el cacique, por flamenco / el morugo y por cuco, el neutral / ahora que el poder se ha vuelto saleroso, campechano / y bastante chambón, en aras / del disimulo más vale hacerse pazguato, si no / lerdo al menos adoquín para / igualarse de veras y ya de paso contribuir / al encantador éxito de la impostura». Es lo que él llama el «tiempo de los usureros». Sus versos se leen con profunda emoción, tanto por la verdad que desgranan, como por esa atención al pedregal cotidiano, a lo que habla bajito. Siempre en el rigor de los límites, siempre mirando al cielo, pero con los pies clavados en el suelo, como se ve en esta Balada del perdedor: «a los que arman mucho ruido, a los que sacan pecho, / deja pasar. A los que apuntan muy alto o tienen prisa por dar / primero, a los que empujan o a aquellos que están / tan seguros de sí mismos que no se asombran / de nadie, cédeles el paso. Que te pisen fuerte también / los negociantes, los emprendedores, los que humillan, / los que dirigen. Deja que te atropellen. En estas / condiciones, no aspires a ser un hombre de provecho». Así dialoga con la vida, en el siglo XXI, este hombre cabal, este poeta imprescindible.

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