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La sabiduría de gobernarse

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¿Quién no ha querido parar las manecillas del reloj y retener algún momento de su vida, de esos en los que parece que rozando el cielo? «Párate, permanece para siempre, momento bello». Exclama Fausto en la tragedia de Goehte: «quédate para siempre, momento lleno de encanto». Pero no. La realidad es muy tozuda y se impone a cualquier pretensión de dejar las cosas como están, por muy bien que estén. En la vida, amable lector, todo se mueve. ¡Y a qué velocidad! Nada permanece. Es el «todo fluye» de Heráclito. O aquello que repiten machaconamente los maestros a los jóvenes novicios del Tibet. «Recuérdalo: lo más permanente es lo impermanente».

Y, sin embargo, dar holgura en nuestra vida depende de cómo sepamos movernos en sintonía con ese fluir. Nos resistimos a cambiar; cuando, de hecho, todo está cambiando. Algo que pocas veces ha sucedido, a la velocidad que acontece ahora. Somos hijos de nuestro tiempo. O nos adaptamos a las nuevas situaciones de la vida, o mal iremos. Pero, si por nosotros fuera, pocas cosas cambiarían. Nos aterra lo imprevisible. Nos asusta el cambio. Sin embargo, lo único cierto, en la vida, es que nada permanece y todo cambia, sea para bien o para mal.

Uno de los retos del vivir, sobre todo para los que estamos ya entrados en años, consiste en la capacidad de adaptarnos a los cambios: a la transformación del lenguaje, a movernos de país, de ciudad, de casa; a la modificar nuestros pensares y sentires… Nos gusta hacer las cosas como siempre las hemos hecho. De acuerdo a las costumbres habituales. Pero sólo si logramos adaptarnos a las nuevas situaciones, superando esas barreras que nos parecen infranqueables, el cerebro reaccionará positivamente a las nuevas situaciones.

De todo esto, de la sabiduría de gobernarse —que es el secreto de casi todo—, nos habla Sonnenfeld en su ensayo Serenidad, donde se encuentran algunas de las páginas más lúcidas con las que me he encontrado en mis constantes lecturas. Editado por Rialp, como no podría ser menos, siempre atenta a tomarle el pulso a la vida, el autor se apoya en los últimos conocimientos de la neuro-biología para mostrarnos cómo vivir serenamente.

Nos recuerda Alfred Sonnenfeld, también, cuántas cosas dependen de que utilicemos la palabra acertada. Qué buena reflexión para acabar esta gacetilla. Se refiere a palabras que caldeen los corazones; que rebosen ánimo. Palabras de carne, que no estén cargadas de menosprecio, sospecha o indiferencia. Se nos olvida, se nos olvida siempre: la palabra no es inocente. Nunca lo ha sido.

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