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Gaudeamus

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El poeta Alfredo Pérez Alencart (foto: Wellington Dos Santos)

Una tarde de verano, paseando por Salamanca, me decía el entonces alcalde de la ciudad, Julián Lanzarote, a propósito de Alfredo Pérez Alencart que, levantarle un monumento allí, frente a San Esteban, no sería suficiente para agradecerle lo que estaba haciendo por la cultura salmantina; por el puente literario que, había logrado construir, con la América hispana: «además de gran poeta, es el mejor dinamizador cultural que hemos tenido», me aseguró Lanzarote. «No conozco a nadie que se mueva con tanto entusiasmo, a la hora de promover las letras y acercar a los escritores y poetas de las dos orillas», añadió el alcalde.

Dedico esta, mi gacetilla de hoy, a Pérez Alencart y a su último libro, Gaudeamus, apenas unas semanas después de que lograra su vigésimo primer gran triunfo, con el Encuentro de Poetas Iberoamericanos, por él promovido, con un esfuerzo que —algunos lo sabemos bien— llega hasta la extenuación.

El poeta y ensayista peruano-español, profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Salamanca, y que fuera secretario de la Cátedra de Poética «Fray Luis de León» es, con seguridad, una de las personas a las que más debe Salamanca, como ciudad de cultura y de saberes. Tiene publicados veinte libros, y sus versos han sido traducidos a una veintena de idiomas. Poeta «más cerca de la sangre que de la tinta», como diría Lorca, lo mejor de este escritor de pensamiento equilibrado y profundo, es su honestidad. Su capacidad para la acción solidaria.

Pérez Alencart tiene conciencia clara de lo que es el ensueño hispánico. Somos muchos los seducidos por su humanidad y sencillez: «por mi sangre gira la Última Cena. / Por mi pecho se posa la Paloma / que pacifica a los recién llegados. / Por mi abierta piel entra la luz / para la ceremonia del domingo», escribe en su poema «Comunión con Juan de Yepes», uno de los que conforman su Gaudeamus, convertido en homenaje a los 800 años de esa universidad salmantina a la que tanto aporta.

Pérez Alencart llegó a Salamanca, desde su Perú natal, con apenas veintitrés años, guiado por dos estrellas: Fray Luis y Unamuno. Más de tres décadas después, entona este Gaudeamus, cosido con un mirar distinto, junto a «lo que es y lo que ha sido…», como el mismísimo Fray Luis, desde el Patio de Escuelas y agarrado al Cristo de Unamuno: «allí, donde todo es ausencia / y es presencia».

Alfredo, tú sí que eres maestro en leyes y hospitalidades, con propios y foráneos».

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