Artículos, Promecal

De carne y sangre

Dedico estos días de «estado de sitio» a leer lo que me serena y a escuchar boleros, que me hablan de amor. Evito, por pura salud mental, las homilías de Monseñor Sánchez y demás predicadores y huyo, como de la peste, de ver esa televisión de todos para todos, convertida en aparato de agitación y propaganda.

Por lo demás intento, como seguro que haces tú, amable lector, situar las cosas en su justa medida, esquivar el sufrimiento inútil para mí mismo y para los demás y convencerme de que «todo es para bien». ¿Cuándo acabarán estos días de «rigor y desdicha»? como los llama mi añorado maestro Jiménez Lozano, en ese capítulo de El mudejarillo titulado «El catarro» donde describe, desde esa ventana abierta al misterio que son sus libros, la peste bubónica que mató a Catalina de Yepes, madre de San Juan de la Cruz.

Procuro cultivar, también, la alegría interior, por aquello de que las cosas son ya lo suficientemente aciagas como para añadir tristezas. A ratos medito y hablo a solas, persuadido como don Antonio Machado, que «quien habla solo espera hablar a Dios un día». En uno de esos soliloquios, me preguntaba cómo permanecer sereno y con libertad de juicio, en circunstancias tan adversas y engañosas, y hallaba la respuesta en Niestzche quien, al desarrollar su pensar sobre la vinculación entre ecuanimidad y felicidad, sostiene que: «Quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar casi siempre el cómo».

Un porqué que corresponde descubrir a cada cual. Nadie puede reemplazarnos en la tarea de dar a nuestra vida un sentido. Nadie. Ni siquiera Monseñor Sánchez, con sus interminables homilías, decisivas para el destino de la humanidad y el proyecto vital de los españoles. Cualquier homilía que no sea como la minifalda —corta y que enseñe—, no es de fiar. Como todos estos trapaceros.

Pero vayamos a lo que en verdad importa: si algo estamos comprobando en estos días encartujados, es la finitud de todo. De todo, menos de aquello que no admite farsa: el Amor. Aquí quería llegar. «Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido», exclama Luis Cernuda. Y como yo estoy, al estilo del Papa Francisco, convencido de que el amor es el eje y la rueda de la vida, y que todo cambia cuando te encuentras con el Amor, sólo le pido a Dios un corazón de sangre y carne para amar. Verdad absoluta. Única verdad. 

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