Artículos, Promecal

El reinado más arduo

Visita de SS.MM. a Mercamadrid, durante la emergencia por COVID-19 (Foto: Casa de S.M. El Rey)

Ha tenido que asumir, como jefe del Estado, los años más calamitosos de la democracia, incluyendo una epidemia sin precedentes. Don Felipe quiere ser un rey constitucional y lo está demostrando, una vez más, en estos días de rigor y de desdicha, con su moderación y empeño.

Este es un rey que sólo desea servir y ser útil; que no hace ruido. Un rey que no tiene miedo a decir lo que es como es: «en cuanto al futuro, tendremos que seguir construyéndolo; y habremos de hacerlo con inteligencia, con generosidad, y nuevamente con esfuerzo y sacrificio». Nunca conoceremos las gestiones, dentro y fuera de España, que está haciendo Don Felipe para arrimar el hombro. Detrás de las mascarillas y respiradores que han salvado vidas, estaba, muchas veces, una gestión discreta de nuestro Rey. Como lo está, ahora mismo, para recomponer nuestra debilitada imagen en el mundo.

Junto a Don Felipe hemos visto, en todo momento, a Doña Letizia, bregando juntos y mostrado a la Princesa de Asturias, y a la Infanta Sofía, cómo ayudar sin bulla y estar cerca de los que lloran. El Rey ha conversado con alcaldes y presidentes autonómicos; con centenares de familias y españoles de los que aúpan la vida, para ponerse a su disposición.

Más allá de las estadísticas, Don Felipe, que sabe muy bien —porque así lo dice— que «los indicadores económicos no explican suficientemente todo aquello que nos importa y nos dignifica», busca calentar corazones, antes que nada; trasladar consuelo y cercanía, por medio de videoconferencias y a golpe de teléfono. El propio Rey le decía a alguien muy cercano estos días: «habría que dar nombres, en lugar de números».

La inmensa mayoría de los españoles, conoce y valora la forma comedida de moverse de sus reyes. Su independencia de juicio y voluntarismo. «Aquí estamos para reconocer a los que hemos perdido por el camino, a una generación que se ha visto diezmada y que tanto nos dieron a lo largo de su vida», ha insistido el Rey en sus apariciones públicas.

Don Felipe está en el detalle; le gusta acercarse a los que trabajan en el anonimato. Algo que aprendió de su madre Doña Sofía. Siempre positivo, aunque pegado a la realidad, ha mantenido, junto a la Reina, reuniones telemáticas diarias con los diferentes sectores de la sociedad y visitado los centros claves en la lucha contra la epidemia, con ese deseo de escuchar y de echar una mano que distinguen a este Rey.

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Artículos

El maestro

De charleta con el maestro, en su casa de Alcazarén, hace algunos años

Me siento huérfano. Me había hecho a la idea de que el maestro era eterno. Que nunca me faltaría. Alguna vez, cuando le decía que todavía era joven y viviría muchos años, me respondía: «muchos no pueden ser: ¡ni Matusalén!». A lo cual yo le respondía: «usted es más que Matusalén».

Pasó décadas deslizando de puntillas sus historias, sus poemas, sus artículos, en periódicos y librerías. Se podría decir que, haciéndose oír en voz baja. Pero José Jiménez Lozano ha sido la voz más honda, más serena y más tronante, también, que tiene España. Me siento discípulo del Cervantes de Alcazarén. De su escuela, de su talento. De su decencia, también.

Jiménez Lozano me ha acompañado —y lo seguirá haciendo—, desde la mocedad de su palabra y el reguero de su sabiduría. Éramos muchos los que acudíamos a él para buscar y encontrar sentido ante la cotidiana presencia de la necedad, de la mentira fabricada. Y, aún más, cuando venían mal dadas, como ahora. En días tan desventurados como los actuales, urgen frases suyas como esta: «la barbarie no puede liquidar la esperanza ni la inocencia, que no es desconocer el mal, sino no ser cómplice de él», advierte. ¿Se puede decir mejor?

Para el maestro de Alcazarén, el hecho cultural, y su transmisión de una generación a otra, es el dato objetivo de la constitución de lo humano. Y esto es precisamente lo que todos los montajes totalitarios «han tratado y tratan de evitar, a través de planes de educación e industrias culturales», con minúscula, que nada tienen que ver con la Cultura.

Es, en fin, el escritor de lo esencial. De los pocos que pasó años avisando de los peligros de «acogerse a una ideología para sustituir al saber y al pensar», esto es: «a una enseñanza como instrumentación política y abaratamiento y banalización intelectuales y morales». Casi nada.

Termino con una pequeña confesión: yo no vine a Valladolid a fundar la edición regional de EFE y después la de La Razón. Vine a Castilla y León, y elegí vivir en Valladolid, para estar cerca de José Jiménez Lozano.

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Entrevistas, Palabras a Medianoche

Julio Anguita (in memoriam)

Recibo con pena el fallecimiento de Julio Anguita. Un hombre honesto y de convicciones, que no chaqueteó nunca, y que dedicó su vida a las ideas en las que creía, y a hacer el bien desde el ejercicio decente de la política.

Os pongo aquí la entrevista que le hice en su casa de Córdoba, hace algunos años, para Palabras a medianoche.

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Artículos, Promecal

Luis Argüello

Luis Argüello es uno de los nombres grandes del Episcopado mundial. Pero esto es lo de menos; lo de más es que, el actual secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Valladolid, es un prelado orante y pastor, metido en la sociedad. Abnegado y sagaz, este palentino de Meneses de Campos, huye de lo aparatoso y artificial para situarse siempre en la piel del otro.

Monseñor Argüello necesita poco para remangarse y ponerse manos a la obra, ante la necesidad ajena, como se está viendo estos días de rigor y de desdicha, en los que ha movilizado a Cáritas y Manos Unidas, e ilusionado a miles de voluntarios, para socorrer a muchos y sanar heridas a manos llenas. Me gusta esa habilidad que tiene Luis Argüello para ser cauce de luz, cuando se trata de escuchar y compartir con un corazón agradecido, llorar con el que llora o alegrase con el que se alegra.

La verdad es que Monseñor Argüello, como gusta matizar el director de COPE en Castilla y León, practica como pocos el mandato evangélico de ser «sencillo como paloma y prudente como serpiente». Le va mucho en ello, ciertamente. Pero lo que de verdad le interesa a este hombre de Tierra de Campos —y para lo vive— es para llevar la permanente novedad del Evangelio y su esperanza a cuantos se cruzan en su camino; para compartir la fe y la caridad, día tras día. Le preocupa y le ocupa, más que cualquier otra cosa, cómo ser Iglesia viva en la sociedad actual.

Pero, ¿por qué le dedicó mi gacetilla de hoy a este obispo? Pues porque, desde la sensatez y el equilibrio, Luis Argüello está avanzando, pasito a pasito, para embridar las relaciones de la Iglesia con el gobierno actual de España, a base de practicar esa soberana paciencia «que todo lo alcanza» y ser muy veraz. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, comentaba en un corrillo de periodistas entre los que se encontraba este gacetillero, en la Casa de América, en Madrid, antes de que se decretara el estado de alarma: «Es que Argüello es muy templado». ¡Qué buena definición!

Es una suerte que, en medio de una situación como la actual, tan inquietante por muchas razones, tengamos a este castellano leonés en un lugar determinante para la gobernanza eclesial. Porque si alguien representa a esa Iglesia empeñada en el don de la vida y de la fe y en ser semilla de eternidad, es Luis Argüello.

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De carne y sangre

Dedico estos días de «estado de sitio» a leer lo que me serena y a escuchar boleros, que me hablan de amor. Evito, por pura salud mental, las homilías de Monseñor Sánchez y demás predicadores y huyo, como de la peste, de ver esa televisión de todos para todos, convertida en aparato de agitación y propaganda.

Por lo demás intento, como seguro que haces tú, amable lector, situar las cosas en su justa medida, esquivar el sufrimiento inútil para mí mismo y para los demás y convencerme de que «todo es para bien». ¿Cuándo acabarán estos días de «rigor y desdicha»? como los llama mi añorado maestro Jiménez Lozano, en ese capítulo de El mudejarillo titulado «El catarro» donde describe, desde esa ventana abierta al misterio que son sus libros, la peste bubónica que mató a Catalina de Yepes, madre de San Juan de la Cruz.

Procuro cultivar, también, la alegría interior, por aquello de que las cosas son ya lo suficientemente aciagas como para añadir tristezas. A ratos medito y hablo a solas, persuadido como don Antonio Machado, que «quien habla solo espera hablar a Dios un día». En uno de esos soliloquios, me preguntaba cómo permanecer sereno y con libertad de juicio, en circunstancias tan adversas y engañosas, y hallaba la respuesta en Niestzche quien, al desarrollar su pensar sobre la vinculación entre ecuanimidad y felicidad, sostiene que: «Quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar casi siempre el cómo».

Un porqué que corresponde descubrir a cada cual. Nadie puede reemplazarnos en la tarea de dar a nuestra vida un sentido. Nadie. Ni siquiera Monseñor Sánchez, con sus interminables homilías, decisivas para el destino de la humanidad y el proyecto vital de los españoles. Cualquier homilía que no sea como la minifalda —corta y que enseñe—, no es de fiar. Como todos estos trapaceros.

Pero vayamos a lo que en verdad importa: si algo estamos comprobando en estos días encartujados, es la finitud de todo. De todo, menos de aquello que no admite farsa: el Amor. Aquí quería llegar. «Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido», exclama Luis Cernuda. Y como yo estoy, al estilo del Papa Francisco, convencido de que el amor es el eje y la rueda de la vida, y que todo cambia cuando te encuentras con el Amor, sólo le pido a Dios un corazón de sangre y carne para amar. Verdad absoluta. Única verdad. 

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Cuando todo se derrumba

Sólo hay una manera provechosa de afrontar la adversidad. Y, esa actitud, es la aceptación. O aparcamos los intentos de evadirnos de esas situaciones en las que la vida nos muestra sus espinas, o lo único que lograremos será añadir sufrimiento al sufrimiento. Lo más predecible es siempre lo impredecible y, lo más permanente, lo impermanente.

Cuando todo se derrumba y lo que pide el cuerpo es salir corriendo, toca hacer justamente lo contrario: serenarse y practicar eso que en Oriente llaman filosofía de la no evasión: «¿Qué refugio vas a encontrar fuera de ti mismo?», amable lector. Sólo hallarás una manera provechosa de afrontar la adversidad: cesar en el intento de negarla y concentrar tus energías en tomarle el pulso a lo que te está pasando. Así ensancharás tu mente y descubrirás, en medio del caos, que la solución habita en ti: confía en Dios, descansa en Él, reposa en Él. ¡Pero no te cruces de brazos! «A Dios rogando y con el mazo dando».

Los tuareg del desierto mauritano, me enseñaron algo que nunca he olvidado: «Confía en Alá, pero ata el camello». Pura sabiduría árabe. El término chino para la palabra crisis, consta de dos ideogramas: uno significa «dificultad», el otro «oportunidad». Así es, ciertamente: las situaciones de crisis encierran valiosas oportunidades para ensanchar el horizonte y darte holgura, si sabes sacar tajada de ellas.

La vida es la mejor maestra. Cuanto todo se complica y entramos en terreno desconocido, es la ocasión ideal para librarnos de lo que nos mantiene atrapados y abrir nuestro corazón y nuestra mente más allá de cualquier límite. Lo esencial está dentro. En mi primer viaje a Nepal —no lo olvidaré nunca—, un monje budista me aconsejó hacerme amigo de mis miedos. Algo que llevo a rajatabla. Es un método que no falla, a la hora de cultivar la entereza y la alegría del corazón.

La vida es como es. Creemos que sabemos y que controlamos, pero no sabemos nada. Decimos que las cosas son buenas o malas, pero tampoco lo sabemos. Por eso cuando parecería que todo se cae a pedazos y estamos a punto de no se sabe qué, es el momento de apaciguarse, dejar espacio para la meditación y el silencio interior y prepararse para lo que llega, con la certeza de quien sabe que lo mejor está por venir. Hasta lo más pavoroso puede convertirse en un don, para aupar la esperanza y levantar la vida, cuando se transforma en una experiencia espiritual.

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Poemas

Me queda

Me queda este amanecer
donde apoyar la frente,
y esta gota abrileña de tiempo.
Me queda una ventana
con los brazos abiertos
y su fresca enredadera de sueños.
Me queda un amor,
un amor que me espera
al otro lado de la puerta
más grande que mis días,
por mis venas, saltando a borbotones.
Me queda esta ciudad
de nieblas y campanas,
acostada sobre el páramo de Castilla.
Me queda, me queda este corazón
que ha sido y será tierra,
creciendo, creciendo hacia la vida.

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