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Húrgura

Dice Fermín Herrrero que es una palabra que le fascina, por su oscura euforia alternativa, aparte de que le recuerda los días, y particularmente las noches criminales de invierno, en las que se levantaba el cierzo tras haber nevado en su pueblo, e impedía ver o desplazarse. Suena la poesía de Fermín Herrero al ruido del río de cuando se aventaba, antes de que saliese el sol «con el fresquillo», como él recuerda, en Castilla la Vieja.

Como la nieve y la noche clara. Como la blancura del aire, así es la poesía de Fermín Herrero. El mayor poeta de Castilla y León en décadas, con los pies clavados en la tierra cruda que le vio nacer; atento al palpitar de la vida y el aleteo de mujeres y hombres. Premio de las Letras de Castilla y León, además de poseer los más prestigiosos galardones de la poesía actual en castellano, Fermín Herrero es un intelectual serio, profundo, consecuente con sus ideas, en su vida y en sus obras.

Nos llega la sorpresa, en estos tiempos pandémicos, de la aparición de Húrgura, bellísimamente editado por Páramo, como solo ellos saben hacerlo. Completan estas páginas las imágenes de Henar Sastre, autora de múltiples trabajos artísticos, y una de las fotoperiodistas más sagaces de la prensa española. El resultado no puede ser más feliz.

Estamos ante uno de eso libros que nos acompaña, enriquece y hace mejores. Los poemas que contiene han sido escritos por Fermín Herrero, a manera de imitación de los juéjù de la literatura china clásica, de hace once, doce, trece o catorce siglos. La modernidad cuenta poco para aquellos que tienen talento, imaginación y sabiduría.

Una estrofa de cuatro versos le sirve a nuestro poeta para mostrar las grandes verdades del vivir. Alguna vez me contó Luis María Anson, que Bertrand Russell, anciano y lúcido, le dijo una tarde en Dorchester que “el gran poeta era el intelectual capaz de resumir en un verso un libro de metafísica general”. Esto es lo que sucede con Fermín Herrero:

Lo que la playa enseña al mar, cómo diluye
su soberbia sin levantar la voz (…)

Fermín Herrero, Húrgura

Fermín Herrero se encuentra hoy entre los pocos españoles indiscutidos en el mundo de la poesía, no solo por la calidad de su obra literaria, sino por su honradez intelectual como profesor y filósofo; por su pensamiento sagaz y por la libertad con que escribe y enseña. Solo los poetas aseguran la verdad y el progreso, hacen crecer el corazón y hasta sentirnos cuerdos. Y es Fermín Herrero la mejor prueba de lo que digo.

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Cinco clásicos italianos

Mariano Fazio es Vicario General del Opus Dei

Desde Italia, il bel paese, abierto a lo universal y a la fe, nos llega otro libro estupendo de Mariano Fazio, escritor indiscutido en el mundo del saber universal, tanto por la calidad de su extensa obra literaria, como por su honradez intelectual. Lo titula Cinco clásicos italianos, y lo dedica a su madre Beatriz; una señora, por cierto, penitente del Papa Francisco, que sigue al cuidado de su alma.
El libro es de RIALP, una editorial que sorprende en su valiente apuesta por la excelencia, aunque todo se derrumbe. Fazio nos pone a dialogar, en esta ocasión, con Dante y con su búsqueda de ese Amor que mueve el sol y las estrellas; con Alessandro Manzoni, alguien que se adentra en  el corazón humano sin remilgos; con Carlo Collodi, el autor de aquella «niñería» llamada Pinocho, uno de los libros más leídos de la literatura universal; con Edmondo De Amicis, soldado y viajero empedernido, como el propio Fazio, que sino da dos veces al año la vuelta al mundo no está contento.
Y he dejado para el final los entrañables cuentos de Giovanni Guareschi, al que recuerdo que leían con pasión Silvina Ocampo y Bioy Casares, en aquel Buenos Aires de mis años de corresponsal, en una Argentina que recién estrenaba su libertad, tras la carnicería de los milicos.
Pero, ¿por qué ha elegido Mariano Fazio a estos cinco y no a otros? Pues porque le gusta il sugo; es decir, el jugo de la vida. Vamos, que le va la marcha, atento siempre a la sustancia inalterable de la fatigosa pero esperanzada travesía de la humanidad, con sus ambiciosas metas; con la duda del hombre y sus verdades eternas. Y porque le pone, como a los clásicos —él lo es— , destripar las fechorías de los malvados en indagar en la letra menuda del vivir; en la cobardía y el escandaloso silencio de los buenos.
Esta obra, que mucho recomiendo al amable lector, si quiere divertirse y aprender en buena compañía, busca y consigue dar holgura a una especie humana que anda por extraviadas sendas. Claro que, los caminos del mundo, siempre han andado embarrados y apestados de virus y pistoleros al acecho. Los atropellos, delirios y desnortamiento del homo sapiens, no son nada nuevo; como tampoco lo es la forma de intentar cambiar este manicomio. Mejorar nuestra existencia, mitigar cualquier mal —y hasta vivir un amor sin fin—, es posible. Aquí está Mariano Fazio y sus Cinco Clásicos italianos para demostrarlo.

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La mano izquierda de Fernández Mañueco

Estamos ante una situación límite en la vida política española. Al contrario que otros, Alfonso Fernández Mañueco, ha tenido la capacidad para detectar lo que nos está pasando y aplicar respuestas ajustadas para Castilla y León. Nadie que no actúe de mala fe puede negar que su congruencia, pensando en las personas y basada en el diálogo permanente con el gobierno de la nación, ha convertido al presidente de Castilla y León en uno de los políticos más responsables de la España Autonómica.
Ni siquiera las estacas que le colocan en las ruedas, ni las borrascosas sesiones parlamentarias de las últimas semanas, tanto en Valladolid como en Madrid, han apartado al líder del PP en esta Comunidad de su empeño para no alejarse de su estrategia, basada en actuaciones rápidas y sensatas, en estrecha colaboración con el gobierno de la nación, ante cualquier riesgo, antes de que se vayan las cosas de las manos. Esto, además de socorrer, en tiempo y forma, a quienes van quedándose en el camino. En realidad, lo que dicta el buen sentido y la política decente, a la hora de afrontar las crecientes calamidades que nos golpean.
Que se robustezca la concordia y trabaje para la gente nos da holgura, en medio de esta indeseable escandalera, que sólo provoca el hartazgo de la ciudadanía. «El camino debe ser de diálogo y entendimiento, para que las principales fuerzas que estamos en el centro y en la moderación, podamos entendernos», sostiene el Presidente, a propósito de los Presupuestos Generales del Estado.
Fernández Mañueco cree que sería bueno para España que PP y PSOE llegaran a un acuerdo. Es una estupenda noticia que el Presidente de esta Comunidad piense así, lejos de permanentes diatribas y quejas estériles. Importa lo que importa: que no haya rivales a la hora de defender con ahínco lo que más conviene a los intereses de los españoles, vivan donde vivan.
España precisa, en medio este delirio que sobrellevamos con heroica paciencia, políticos así, capaces de dejar a un lado incluso los programas electorales, si es preciso, para que el diálogo venza a la crispación. Alfonso Fernández Mañueco ha sabido verlo, frente a la tenaz torpeza de quienes no lo entienden así, tanto en el PP como en el PSOE, a la hora de sumarse a ese esfuerzo que los ciudadanos están pidiendo a gritos, para frenar en seco el deterioro creciente de nuestra convivencia, salud y bienestar.

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Felipe VI: ningún reproche

(Felipe de Borbón) Inauguración de FITUR 2018 (39840659951) (cropped)

Sin morderse la lengua, tal y como acostumbra. Felipe González, el presidente con más sentido de Estado que ha tenido España, ha dicho lo que la inmensa mayoría de los españoles estaban deseando oír: «si alguien ha actuado impecablemente, con neutralidad y prudencia, a veces excesiva, ese ha sido mi tocayo Felipe VI».

Cierto: nada que recriminar. Un convencimiento que se percibe en la calle, más allá de la comprensible irritación de ciertas habladurías. Felipe VI es un buen líder, creíble y que transmite motivación, en esta hora aciaga en la que nos crecen los enanos; algo que no hace buenos los argumentos simplistas que muestran a la república como un régimen de bondades.

Para empezar, sería bastante más cara que la monarquía. Pero eso ya se ocupan sus adversarios de que no se lo crea nadie, por más cierto que sea. ¡Como tantas cosas! Se puede afirmar, sin caer en espejismos, que no es verdad una desafección generalizada de los españoles hacia la Corona. La hay, claro, en mayor o menor proporción en algunos, porque así conviene a sus camelancias populistas, pero no a la deseable felicidad de los españoles; una ensoñación, en fin, que haría saltar a pedazos nuestra convivencia.

En la vida, pasan cosas buenas y cosas malas. Generalmente unas detrás de otras. Pero, a este joven rey, le están tocando las más feas y todas juntas

Lo que tenemos es una crisis de gobernanza; y me revienta, como a tantos, que se aproveche que el Pisuerga pasa por Valladolid, para arremeter contra este Rey que defiende a su gente, además de arrimar el hombro hasta donde nunca sabremos, y se mide por su cercanía. Decía Gandhi que «el esfuerzo total es una victoria completa». Felipe VI ha demostrado, en estos 6 años, poseer la firmeza y ahínco a los que se refiere Gandhi. Esa entereza que propicia la buena honda y saca lo mejor de cada uno.

En la vida, pasan cosas buenas y cosas malas. Generalmente unas detrás de otras. Pero, a este joven rey, le están tocando las más feas y todas juntas. Me quedo con habilidad para saludar a lo que llega, sin dejar de sonreír, y ver la realidad tal y como se presenta y no peor de lo que es. Algo de lo que nos beneficiamos todos.

Estaría incompleta esta gacetilla sin la Reina; tratada demasiadas veces con ligereza, e injustamente juzgada desde estos oficios nuestros. Con soberana paciencia, Doña Letizia es útil a España con discreción: escucha, discierne y promueve la participación. Algo que está permitiendo a nuestra Reina meterse a muchos españoles en el bolsillo. Sería miserable no reconocerlo. 

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Doña Sofía, parte de la solución

La Reina Sofía, durante una visita a Castilla y León

Como una voluntaria más, la Reina Sofía ha andado, estos días, recogiendo porquería en la playa malagueña del Rincón de la Victoria. Es lo que lleva haciendo toda la vida: acudir allá donde se la necesita, ser útil; siempre parte de la solución. La complicidad de doña Sofía con su pueblo, es de lo más perceptible.
Vestida con ropa cómoda, de esa que a ella tanto le gusta ponerse en cuanto hace bueno, y protegida con mascarilla y guantes, la Reina fue recibida por los bañistas a los gritos de «guapa», «guapa» y «guapa». Las imágenes han merecido apenas unas colitas en algunas televisiones; y, la noticia, ha pasado prácticamente desapercibida en otras.
No es de extrañar. ¡Hay tantas calamidades que contar, ¿verdad?!, que apenas queda espacio para estas realidades, mucho más positivas y ejemplares, pero que forman parte de la letra menuda del vivir, esa a las que la reina más juiciosa y abnegada que ha tenido España, acostumbra a prestar especial atención. Verla recorrer el arenal con dos bolsas y agachándose, a punto de cumplir 82, —por más que ella sostenga que «es otra la que cumple años y no yo»— enternece a millones de españoles, que sienten adoración por doña Sofía.
Me cuenta Óscar Martín, de Ecoembes, la preocupación de la esposa de Don Juan Carlos, por la inmundicia que nos devuelve el mar. Toneladas de basura, sobre todo plásticos; y, ahora, mascarillas, guantes y toallitas en abundancia. Comentaba la Reina, en Málaga, que todos esos residuos tardarán 400 años en desaparecer; y como ella lo pregunta todo, para desesperación de quienes no hacen los deberes antes de ponerse a explicarle lo que sea, se interesaba por el sistema de recolección de la basura en los fondos marinos.
Pues sí, amable lector, tenemos un problema inquietante: más del 80 por ciento de lo que el mar vomita, viene de lo que arrojamos, a tontas y a locas, desde la orilla. Una vez más, el comportamiento de la Reina Sofía, pendiente no tanto de lo grande, como de lo infinitamente pequeño, merece nuestro aplauso. Doña Sofía es una mujer clave en nuestra historia. Aún más: un tesoro para España. Sobre todo —quiero decirlo claramente— desde el punto de vista más social, más humano. 

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Mujeres brújula

Isabel Sánchez (Foto: Paola Gutiérrez)

Vivimos días de extravío y precisamos de brújulas. Pero no de hojalata, sino de carne y hueso, que nos den holgura y sean como una llama al viento. Mujeres y hombres capaces de aupar la esperanza, alumbrar y dar reciedumbre a nuestras vidas, desde el liderazgo callejero. Es lo que hace Isabel Sánchez Serrano, murciana que carga una apretada mochila cultural a sus espaldas; pero que, como nunca se es perfecto, es la mandamás de las mujeres que asesoran al prelado del Opus Dei y no le dejan pasar una. Porque no sé si sabías, amable lector, que son las hijas las que mantienen a raya a los padres. ¡Que me lo digan a mí!
La gente está convencida de que, en el Opus, mandan los hombres; algo que es falso, como la falsa moneda que de mano en mano va y ninguno se la queda. Aún desde fuera —como es mi caso—, cuando los conoces, ves enseguida que son ellas las que tienen la sartén por el mango. Lo que pasa es que, más listas que los conejos, lo disimulan. Hasta a los curas los ponen en su sitio, si hace falta. Vamos que las señoras determinan una barbaridad en este movimiento universal de fieles.
Me basta con observar a las amigas que tengo ahí dentro: mujeres de buen ver y super preparadas en lo profesional, sello de identidad de esta institución. Nada parecido a la imagen que circula, aunque cada vez menos; pues como advierte la de Ávila, «la verdad padece, pero no perece». El caso es que, esta talentosa hija de Escrivá, ha reunido en la editorial Espasa, las voces de 75 mujeres de los cinco continentes, empeñadas en hacer más vividero el día a día.
Asegura la autora de Mujeres brújula en un bosque de retos, un título inacabable —con la mitad hubiéramos tenido bastante—, que escucharlas y convivir con ellas, le ha enseñado que la fragilidad, y hasta el error, ayudan a crecer juntos. La prueba: este puñado de valientes, que acompañan hasta su último aliento a un contagiado de Covid-19, atizan la vida en las periferias, caldean corazones y hacen el bien a manos llenas.
Un libro, en fin, en clave femenina, aunque también dirigido a los hombres. ¿Cómo cambiaría el mundo si nosotros y ellas dejáramos de arrojarnos los trastos a la cabeza? Lo mejor de estas páginas, escritas con rigor narrativo y, sobre todo, valor intelectual, es que huyen del discurso polarizado: nada de yo contra ti, siempre y en todo. Nada de colisiones. ¿Tanta belleza podrá, algún día, ser verdad?

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Los abrazos rotos

Arriba, en lo alto, la nieve se resiste al sol de septiembre, que aún calienta. En la falda del monte, la Residencia, junto a arbustos sueltos y algún eucalyptus, mientras se escucha la escandalera de una bandada de gorriones, que picotean lo que pueden y alzan el vuelo. Ahí mismo, al lado del camino pedregoso, dos hijos se ven obligados a ver a su venerada madre -como tantos otros- entre urgencias y alambradas, por culpa de ese virus misterioso que si vas a ver a tu madre se transmite, pero dentro de los supermercados y los aviones no.

Sucede que las residencias se han blindado, como si fueran refugios atómicos, lo cual se explica y se comprende, pero se lleva mal, muy mal. Son ya demasiados meses de no poder acariciar, besar y abrazar a lo más querido que uno tiene en esta vida, que se nos escurre y se nos va, como el agua entre los dedos, como para no estar harto de tantas camelancias.

Nadie acepta, adora y ama con el querer incondicional de una madre. Es más: ¿Acaso hay alguien que suspire como una  madre por su hijo?  El día que falta la madre, se ha ido la persona que más te ha querido y te querrá siempre. Yo, amable lector, sé pocas cosas y tengo más preguntas que respuestas. Ahora bien: así no podemos seguir. Algo habrá que hacer para que, esos encuentros cercanos entre padres e hijos, sean posibles cuanto antes, porque el tiempo se acaba y la solución a una pandemia no puede seguir siendo el aislamiento y el confinamiento a cualquier precio.

Con virus y bacterias hemos vivido siempre, sin caer en este extremismo antihumano. No somos de hojalata; somos de carne y hueso, con un corazón que palpita y necesita ser calentado y caldeado. La respuesta a una pandemia debe ser racional, sanitaria. El miedo y la prohibición  del contacto humano, ni es saludable para el alma, ni la única alternativa. Hay otras.

Para este viaje no necesitábamos alforjas. Ahora resulta que somos inteligentísimos para construir las armas más mortíferas con las que matarnos entre nosotros, y no somos capaces de controlar, en pleno siglo XXI a un virus que ha puesto al mundo contra las cuerdas. ¿Qué clase de civilización es esta? Lo que importa es la letra menuda del vivir, bastante más que ir a Marte, mientras los días se acortan y estos abrazos rotos, irrecuperables, nos hielan el corazón. ¡Cómo sobrellevar tanta desazón! Que alguien me lo diga, si es tan amable, o dé al menos alguna pista.

No sé si te sucederá a ti, amable lector, pero a mi me pasa lo que a Woody Allen, que este es un mundo “en el que jamás me sentiré cómodo, al que jamás entenderé, jamás aprobaré ni perdonaré”. Yo sé pocas cosas, es verdad, pero de una si estoy seguro: de que somos lo que nuestras madres hicieron de nosotros. ¡Qué se acaben los abrazos rotos, por favor, y nos dejen besar y acariciar a nuestras madres!

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Antonio Otero

El Doctor Antonio Otero, durante una entrevista (Foto: Wellington Dos Santos)

Es uno de esos médicos de familia, a los que en mi infancia llamábamos de cabecera, que constituyen el mejor ejemplo de entrega abnegada y ojo clínico, ante el desgaste del vivir. Una dinastía de médicos humanistas, en la que España es ejemplar en el mundo, a los que pocas veces, —por no decir nunca— se reconoce su impagable aportación a la sociedad, se consulta y cuenta con su buen juicio, pese a encontrarse entre los profesionales más esforzados de la sanidad y ser de los que mejor conocen al enfermo —uno a uno— y a la enfermedad, tanto por su intimidad con las personas, como por su intuición y olfato.
Hoy dedico esta gacetilla a uno de esos médicos callados, pero de largos éxitos: Antonio Otero; y rindo homenaje, en su persona, a unos profesionales eficientes y juiciosos con los que, el que no esté en deuda, que levante la mano. Al doctor Otero, su pasión por ser útil a la sociedad, como concejal de Salud Pública y Seguridad del Ayuntamiento de Valladolid, ha estado a punto de costarle la vida. Tras concluir una fecunda etapa como presidente del Colegio de Médicos, dio un paso al frente y respondió a la llamada del socialista Óscar Puente, seducido por la desbordada autenticidad de Otero, provocando la tembladera de sus desolados pacientes.
El alcalde vallisoletano, más listo que los conejos, acertaba de lleno y se mostraba encantado del fichaje. Podría contar a tiempo completo con un profesional de inteligencia serena, que le tenía bien tomado el pulso a la vida. Todo un acierto, para alentar y vertebrar muchas cosas. Pero la vida —como bien se sabe— no da tregua, ni tiene cura: un inoportuno infarto obligaba al flamante concejal a frenar en seco: «cuando la vida te avisa y, afortunadamente te avisa y no otra cosa, es el momento de cambiar de rumbo». No se puede explicar mejor.
Lo que no aclaraba nuestro edil, acostumbrado a trabajar sin horario y discretamente es que, detrás de ese «afortunado aviso», se encontraba la incansable actividad del concejal, según reveló el propio Alcalde vallisoletano, acostumbrado a decir lo que es como es, sin cortarse un pelo. Así que cambio de rumbo: Otero sigue como edil, aunque sin asignación ni dedicación completa, y vuelve a pasar consulta. Resultado: sus pacientes, gratamente sorprendidos, dan saltos de júbilo, comentan en voz baja que bien está lo que bien acaba y aplauden con las orejas, con indisimulado regocijo.

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De la persona a la aldea global

Mariano Fazio, vicario general del Opus Dei, durante su intervención en El Aula de Cultura de El Norte de Castilla, en Valladolid, en el año 2018 (Foto: Wellington Dos Santos)

La económica es una de las dimensiones de la existencia, pero no la única, como pretenden hacernos creer en estos días de rigor y de desdicha. Considerar la producción y el consumo como las claves de la existencia, es caer en una visión envilecedora de la vida, compartida tanto por el colectivismo marxista, como por este capitalismo feroz e individualista. Lo recuerda el argentino Mariano Fazio, quien se atreve a sugerir, en tiempos de peste, principios a contracorriente, para levantar una sociedad más humana: «El gran desafío del mundo actual, en materia económica, es sacar a la humanidad de la miseria y de la pobreza», afirma.

Ahora que tanto se habla de cifras macroeconómicas, conviene recordar que la verdadera urgencia no es la cuenta de resultados, sino unas condiciones de vida dignas para las personas. Cuando necesito aire fresco, me gusta acudir a Fazio, autor de al menos 22 obras esclarecedoras; sobre todo porque, además de ser la suya una literatura sugerente y abierta al diálogo, ofrece certezas para construir una sociedad mas cuerda, en un tiempo en el que la intelectualidad margina lo sobrenatural y hasta lo considera una antigualla.

De nada ha servido que llevemos siglos comprobando que «cuando quitamos lo sobrenatural de la vida, no queda nada de natural, sino lo antinatural», en frase redonda de Chesterton. Acabo de leer De la persona a la aldea global, una joyita de apenas 158 páginas, de Mariano Fazio, en las se detiene en la persona y la economía, la política, la pareja, la ecología y hasta la sacralidad del sexo, desde un pensar y un sentir abierto a la trascendencia. El Vicario General del Opus Dei, pura anécdota —pero hay que decirlo, para que no se mosqueen—, aunque lo que interese sea el pensamiento equilibrado y profundo de alguien que, con su obra, amasada en verdades naturales, da sentido al mundo.

Me viene a la memoria Historia de las ideas contemporáneas, otro libro memorable de este argentino universal, que te recomiendo, amable lector, en el que alerta sobre la abrumadora cantidad de información de que disponemos y que nos esconde la verdad de las cosas. Cierto: son tantas las noticias interesadas, que hemos perdido la capacidad de distinguir lo que importa de lo que no importa. De ahí la conveniencia de elegir libros para no confundirse más y desentrañar, lejos de simplificaciones, la verdad oculta de lo que nos pasa.

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El trato atroz a los ancianos

La civilización del descarte, que es la que nos toca vivir, pasa de los mayores. Como ya no sirven para la plantación, no cuentan. Son las reglas del devastador modelo consumista en el que malvivimos. Lo de las residencias, no tiene justificación posible. Pero lo peor es que, nuestros «amados líderes», ocupados en insultarse los unos a los otros, siguen sin poner remedio: trabajo precario, escasez de personal, sueldos miserables y deficiente preparación. Un prometedor nicho de empleo desperdiciado.

Photo by Cristian Newman on Unsplash
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Olvidamos que, una sociedad, es más o menos civilizada según trata a sus ancianos. La tradición árabe, tan sabía en asuntos como este, advierte por boca del poeta Gibran: «Buscad el consejo de los ancianos, pues sus ojos han visto el rostro de los años y sus oídos escuchado las voces de la vida». Es el amor a los más mayores, el que da la medida de una cultura.

Recuerdo algo que me dijo el yogui Francisco Pedro, en su refugio ayamontino: «si el mozo supiese, y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese». Así es; pero para este mundo relativista, que reniega de verdades eternas, todo esto son «antiguallas», como decía mi añorado maestro José Jiménez Lozano, que tanta falta me hace.

Nuestra sociedad, tan atenta a otras mamandurrias, no valora la experiencia de los ancianos, ni es sensible a las debilidades de una edad en la que, a nuestra historia personal de duelos, añadimos los zarpazos en la salud física y psíquica. Pero los jóvenes —¡sorprendentes criaturas!— creen que nunca llegarán a viejos.

Las cifras de muertos en residencias, a causa del Covid-19, nos siguen estremeciendo. Algo que no habría sucedido, se diga lo que se diga, sin el convencimiento de que sus vidas se pueden sacrificar en beneficio de otras —«sanidad selectiva», lo llaman—, cuando la ética humanitaria y el talante democrático, se fundamentan en la no distinción entre personas; tampoco a causa de su edad. Un auténtico crimen, como tantos otros.

Pero la vida de los mayores es algo residual y así es tratada. Nada nuevo. Los nazis y los hijos de Stalin, ya se emplearon a fondo en estas prácticas exterminadoras, con millones de niños, mujeres y hombres. Pero que todavía las justifiquen personas que se autoproclaman «pro vida» estremece, ciertamente. Quien rebaje el valor de una existencia frágil, es alguien que despreciará cualquier vida. Como los camaradas rojos y los camaradas pardos.

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