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De la persona a la aldea global

Mariano Fazio, vicario general del Opus Dei, durante su intervención en El Aula de Cultura de El Norte de Castilla, en Valladolid, en el año 2018 (Foto: Wellington Dos Santos)

La económica es una de las dimensiones de la existencia, pero no la única, como pretenden hacernos creer en estos días de rigor y de desdicha. Considerar la producción y el consumo como las claves de la existencia, es caer en una visión envilecedora de la vida, compartida tanto por el colectivismo marxista, como por este capitalismo feroz e individualista. Lo recuerda el argentino Mariano Fazio, quien se atreve a sugerir, en tiempos de peste, principios a contracorriente, para levantar una sociedad más humana: «El gran desafío del mundo actual, en materia económica, es sacar a la humanidad de la miseria y de la pobreza», afirma.

Ahora que tanto se habla de cifras macroeconómicas, conviene recordar que la verdadera urgencia no es la cuenta de resultados, sino unas condiciones de vida dignas para las personas. Cuando necesito aire fresco, me gusta acudir a Fazio, autor de al menos 22 obras esclarecedoras; sobre todo porque, además de ser la suya una literatura sugerente y abierta al diálogo, ofrece certezas para construir una sociedad mas cuerda, en un tiempo en el que la intelectualidad margina lo sobrenatural y hasta lo considera una antigualla.

De nada ha servido que llevemos siglos comprobando que «cuando quitamos lo sobrenatural de la vida, no queda nada de natural, sino lo antinatural», en frase redonda de Chesterton. Acabo de leer De la persona a la aldea global, una joyita de apenas 158 páginas, de Mariano Fazio, en las se detiene en la persona y la economía, la política, la pareja, la ecología y hasta la sacralidad del sexo, desde un pensar y un sentir abierto a la trascendencia. El Vicario General del Opus Dei, pura anécdota —pero hay que decirlo, para que no se mosqueen—, aunque lo que interese sea el pensamiento equilibrado y profundo de alguien que, con su obra, amasada en verdades naturales, da sentido al mundo.

Me viene a la memoria Historia de las ideas contemporáneas, otro libro memorable de este argentino universal, que te recomiendo, amable lector, en el que alerta sobre la abrumadora cantidad de información de que disponemos y que nos esconde la verdad de las cosas. Cierto: son tantas las noticias interesadas, que hemos perdido la capacidad de distinguir lo que importa de lo que no importa. De ahí la conveniencia de elegir libros para no confundirse más y desentrañar, lejos de simplificaciones, la verdad oculta de lo que nos pasa.

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El trato atroz a los ancianos

La civilización del descarte, que es la que nos toca vivir, pasa de los mayores. Como ya no sirven para la plantación, no cuentan. Son las reglas del devastador modelo consumista en el que malvivimos. Lo de las residencias, no tiene justificación posible. Pero lo peor es que, nuestros «amados líderes», ocupados en insultarse los unos a los otros, siguen sin poner remedio: trabajo precario, escasez de personal, sueldos miserables y deficiente preparación. Un prometedor nicho de empleo desperdiciado.

Photo by Cristian Newman on Unsplash
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Olvidamos que, una sociedad, es más o menos civilizada según trata a sus ancianos. La tradición árabe, tan sabía en asuntos como este, advierte por boca del poeta Gibran: «Buscad el consejo de los ancianos, pues sus ojos han visto el rostro de los años y sus oídos escuchado las voces de la vida». Es el amor a los más mayores, el que da la medida de una cultura.

Recuerdo algo que me dijo el yogui Francisco Pedro, en su refugio ayamontino: «si el mozo supiese, y el viejo pudiese, no habría cosa que no se hiciese». Así es; pero para este mundo relativista, que reniega de verdades eternas, todo esto son «antiguallas», como decía mi añorado maestro José Jiménez Lozano, que tanta falta me hace.

Nuestra sociedad, tan atenta a otras mamandurrias, no valora la experiencia de los ancianos, ni es sensible a las debilidades de una edad en la que, a nuestra historia personal de duelos, añadimos los zarpazos en la salud física y psíquica. Pero los jóvenes —¡sorprendentes criaturas!— creen que nunca llegarán a viejos.

Las cifras de muertos en residencias, a causa del Covid-19, nos siguen estremeciendo. Algo que no habría sucedido, se diga lo que se diga, sin el convencimiento de que sus vidas se pueden sacrificar en beneficio de otras —«sanidad selectiva», lo llaman—, cuando la ética humanitaria y el talante democrático, se fundamentan en la no distinción entre personas; tampoco a causa de su edad. Un auténtico crimen, como tantos otros.

Pero la vida de los mayores es algo residual y así es tratada. Nada nuevo. Los nazis y los hijos de Stalin, ya se emplearon a fondo en estas prácticas exterminadoras, con millones de niños, mujeres y hombres. Pero que todavía las justifiquen personas que se autoproclaman «pro vida» estremece, ciertamente. Quien rebaje el valor de una existencia frágil, es alguien que despreciará cualquier vida. Como los camaradas rojos y los camaradas pardos.

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El reinado más arduo

Visita de SS.MM. a Mercamadrid, durante la emergencia por COVID-19 (Foto: Casa de S.M. El Rey)

Ha tenido que asumir, como jefe del Estado, los años más calamitosos de la democracia, incluyendo una epidemia sin precedentes. Don Felipe quiere ser un rey constitucional y lo está demostrando, una vez más, en estos días de rigor y de desdicha, con su moderación y empeño.

Este es un rey que sólo desea servir y ser útil; que no hace ruido. Un rey que no tiene miedo a decir lo que es como es: «en cuanto al futuro, tendremos que seguir construyéndolo; y habremos de hacerlo con inteligencia, con generosidad, y nuevamente con esfuerzo y sacrificio». Nunca conoceremos las gestiones, dentro y fuera de España, que está haciendo Don Felipe para arrimar el hombro. Detrás de las mascarillas y respiradores que han salvado vidas, estaba, muchas veces, una gestión discreta de nuestro Rey. Como lo está, ahora mismo, para recomponer nuestra debilitada imagen en el mundo.

Junto a Don Felipe hemos visto, en todo momento, a Doña Letizia, bregando juntos y mostrado a la Princesa de Asturias, y a la Infanta Sofía, cómo ayudar sin bulla y estar cerca de los que lloran. El Rey ha conversado con alcaldes y presidentes autonómicos; con centenares de familias y españoles de los que aúpan la vida, para ponerse a su disposición.

Más allá de las estadísticas, Don Felipe, que sabe muy bien —porque así lo dice— que «los indicadores económicos no explican suficientemente todo aquello que nos importa y nos dignifica», busca calentar corazones, antes que nada; trasladar consuelo y cercanía, por medio de videoconferencias y a golpe de teléfono. El propio Rey le decía a alguien muy cercano estos días: «habría que dar nombres, en lugar de números».

La inmensa mayoría de los españoles, conoce y valora la forma comedida de moverse de sus reyes. Su independencia de juicio y voluntarismo. «Aquí estamos para reconocer a los que hemos perdido por el camino, a una generación que se ha visto diezmada y que tanto nos dieron a lo largo de su vida», ha insistido el Rey en sus apariciones públicas.

Don Felipe está en el detalle; le gusta acercarse a los que trabajan en el anonimato. Algo que aprendió de su madre Doña Sofía. Siempre positivo, aunque pegado a la realidad, ha mantenido, junto a la Reina, reuniones telemáticas diarias con los diferentes sectores de la sociedad y visitado los centros claves en la lucha contra la epidemia, con ese deseo de escuchar y de echar una mano que distinguen a este Rey.

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El maestro

De charleta con el maestro, en su casa de Alcazarén, hace algunos años

Me siento huérfano. Me había hecho a la idea de que el maestro era eterno. Que nunca me faltaría. Alguna vez, cuando le decía que todavía era joven y viviría muchos años, me respondía: «muchos no pueden ser: ¡ni Matusalén!». A lo cual yo le respondía: «usted es más que Matusalén».

Pasó décadas deslizando de puntillas sus historias, sus poemas, sus artículos, en periódicos y librerías. Se podría decir que, haciéndose oír en voz baja. Pero José Jiménez Lozano ha sido la voz más honda, más serena y más tronante, también, que tiene España. Me siento discípulo del Cervantes de Alcazarén. De su escuela, de su talento. De su decencia, también.

Jiménez Lozano me ha acompañado —y lo seguirá haciendo—, desde la mocedad de su palabra y el reguero de su sabiduría. Éramos muchos los que acudíamos a él para buscar y encontrar sentido ante la cotidiana presencia de la necedad, de la mentira fabricada. Y, aún más, cuando venían mal dadas, como ahora. En días tan desventurados como los actuales, urgen frases suyas como esta: «la barbarie no puede liquidar la esperanza ni la inocencia, que no es desconocer el mal, sino no ser cómplice de él», advierte. ¿Se puede decir mejor?

Para el maestro de Alcazarén, el hecho cultural, y su transmisión de una generación a otra, es el dato objetivo de la constitución de lo humano. Y esto es precisamente lo que todos los montajes totalitarios «han tratado y tratan de evitar, a través de planes de educación e industrias culturales», con minúscula, que nada tienen que ver con la Cultura.

Es, en fin, el escritor de lo esencial. De los pocos que pasó años avisando de los peligros de «acogerse a una ideología para sustituir al saber y al pensar», esto es: «a una enseñanza como instrumentación política y abaratamiento y banalización intelectuales y morales». Casi nada.

Termino con una pequeña confesión: yo no vine a Valladolid a fundar la edición regional de EFE y después la de La Razón. Vine a Castilla y León, y elegí vivir en Valladolid, para estar cerca de José Jiménez Lozano.

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Luis Argüello

Luis Argüello es uno de los nombres grandes del Episcopado mundial. Pero esto es lo de menos; lo de más es que, el actual secretario general y portavoz de la Conferencia Episcopal Española y obispo auxiliar de Valladolid, es un prelado orante y pastor, metido en la sociedad. Abnegado y sagaz, este palentino de Meneses de Campos, huye de lo aparatoso y artificial para situarse siempre en la piel del otro.

Monseñor Argüello necesita poco para remangarse y ponerse manos a la obra, ante la necesidad ajena, como se está viendo estos días de rigor y de desdicha, en los que ha movilizado a Cáritas y Manos Unidas, e ilusionado a miles de voluntarios, para socorrer a muchos y sanar heridas a manos llenas. Me gusta esa habilidad que tiene Luis Argüello para ser cauce de luz, cuando se trata de escuchar y compartir con un corazón agradecido, llorar con el que llora o alegrase con el que se alegra.

La verdad es que Monseñor Argüello, como gusta matizar el director de COPE en Castilla y León, practica como pocos el mandato evangélico de ser «sencillo como paloma y prudente como serpiente». Le va mucho en ello, ciertamente. Pero lo que de verdad le interesa a este hombre de Tierra de Campos —y para lo vive— es para llevar la permanente novedad del Evangelio y su esperanza a cuantos se cruzan en su camino; para compartir la fe y la caridad, día tras día. Le preocupa y le ocupa, más que cualquier otra cosa, cómo ser Iglesia viva en la sociedad actual.

Pero, ¿por qué le dedicó mi gacetilla de hoy a este obispo? Pues porque, desde la sensatez y el equilibrio, Luis Argüello está avanzando, pasito a pasito, para embridar las relaciones de la Iglesia con el gobierno actual de España, a base de practicar esa soberana paciencia «que todo lo alcanza» y ser muy veraz. El ministro de Justicia, Juan Carlos Campo, que no acostumbra a dar puntada sin hilo, comentaba en un corrillo de periodistas entre los que se encontraba este gacetillero, en la Casa de América, en Madrid, antes de que se decretara el estado de alarma: «Es que Argüello es muy templado». ¡Qué buena definición!

Es una suerte que, en medio de una situación como la actual, tan inquietante por muchas razones, tengamos a este castellano leonés en un lugar determinante para la gobernanza eclesial. Porque si alguien representa a esa Iglesia empeñada en el don de la vida y de la fe y en ser semilla de eternidad, es Luis Argüello.

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De carne y sangre

Dedico estos días de «estado de sitio» a leer lo que me serena y a escuchar boleros, que me hablan de amor. Evito, por pura salud mental, las homilías de Monseñor Sánchez y demás predicadores y huyo, como de la peste, de ver esa televisión de todos para todos, convertida en aparato de agitación y propaganda.

Por lo demás intento, como seguro que haces tú, amable lector, situar las cosas en su justa medida, esquivar el sufrimiento inútil para mí mismo y para los demás y convencerme de que «todo es para bien». ¿Cuándo acabarán estos días de «rigor y desdicha»? como los llama mi añorado maestro Jiménez Lozano, en ese capítulo de El mudejarillo titulado «El catarro» donde describe, desde esa ventana abierta al misterio que son sus libros, la peste bubónica que mató a Catalina de Yepes, madre de San Juan de la Cruz.

Procuro cultivar, también, la alegría interior, por aquello de que las cosas son ya lo suficientemente aciagas como para añadir tristezas. A ratos medito y hablo a solas, persuadido como don Antonio Machado, que «quien habla solo espera hablar a Dios un día». En uno de esos soliloquios, me preguntaba cómo permanecer sereno y con libertad de juicio, en circunstancias tan adversas y engañosas, y hallaba la respuesta en Niestzche quien, al desarrollar su pensar sobre la vinculación entre ecuanimidad y felicidad, sostiene que: «Quien tiene un porqué para vivir, podrá soportar casi siempre el cómo».

Un porqué que corresponde descubrir a cada cual. Nadie puede reemplazarnos en la tarea de dar a nuestra vida un sentido. Nadie. Ni siquiera Monseñor Sánchez, con sus interminables homilías, decisivas para el destino de la humanidad y el proyecto vital de los españoles. Cualquier homilía que no sea como la minifalda —corta y que enseñe—, no es de fiar. Como todos estos trapaceros.

Pero vayamos a lo que en verdad importa: si algo estamos comprobando en estos días encartujados, es la finitud de todo. De todo, menos de aquello que no admite farsa: el Amor. Aquí quería llegar. «Tú justificas mi existencia: / si no te conozco, no he vivido; / si muero sin conocerte, no muero, porque no he vivido», exclama Luis Cernuda. Y como yo estoy, al estilo del Papa Francisco, convencido de que el amor es el eje y la rueda de la vida, y que todo cambia cuando te encuentras con el Amor, sólo le pido a Dios un corazón de sangre y carne para amar. Verdad absoluta. Única verdad. 

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Cuando todo se derrumba

Sólo hay una manera provechosa de afrontar la adversidad. Y, esa actitud, es la aceptación. O aparcamos los intentos de evadirnos de esas situaciones en las que la vida nos muestra sus espinas, o lo único que lograremos será añadir sufrimiento al sufrimiento. Lo más predecible es siempre lo impredecible y, lo más permanente, lo impermanente.

Cuando todo se derrumba y lo que pide el cuerpo es salir corriendo, toca hacer justamente lo contrario: serenarse y practicar eso que en Oriente llaman filosofía de la no evasión: «¿Qué refugio vas a encontrar fuera de ti mismo?», amable lector. Sólo hallarás una manera provechosa de afrontar la adversidad: cesar en el intento de negarla y concentrar tus energías en tomarle el pulso a lo que te está pasando. Así ensancharás tu mente y descubrirás, en medio del caos, que la solución habita en ti: confía en Dios, descansa en Él, reposa en Él. ¡Pero no te cruces de brazos! «A Dios rogando y con el mazo dando».

Los tuareg del desierto mauritano, me enseñaron algo que nunca he olvidado: «Confía en Alá, pero ata el camello». Pura sabiduría árabe. El término chino para la palabra crisis, consta de dos ideogramas: uno significa «dificultad», el otro «oportunidad». Así es, ciertamente: las situaciones de crisis encierran valiosas oportunidades para ensanchar el horizonte y darte holgura, si sabes sacar tajada de ellas.

La vida es la mejor maestra. Cuanto todo se complica y entramos en terreno desconocido, es la ocasión ideal para librarnos de lo que nos mantiene atrapados y abrir nuestro corazón y nuestra mente más allá de cualquier límite. Lo esencial está dentro. En mi primer viaje a Nepal —no lo olvidaré nunca—, un monje budista me aconsejó hacerme amigo de mis miedos. Algo que llevo a rajatabla. Es un método que no falla, a la hora de cultivar la entereza y la alegría del corazón.

La vida es como es. Creemos que sabemos y que controlamos, pero no sabemos nada. Decimos que las cosas son buenas o malas, pero tampoco lo sabemos. Por eso cuando parecería que todo se cae a pedazos y estamos a punto de no se sabe qué, es el momento de apaciguarse, dejar espacio para la meditación y el silencio interior y prepararse para lo que llega, con la certeza de quien sabe que lo mejor está por venir. Hasta lo más pavoroso puede convertirse en un don, para aupar la esperanza y levantar la vida, cuando se transforma en una experiencia espiritual.

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Serenar los días

«No sabemos cuándo va a acabar, pero puede ser largo», asegura Adolfo Suárez Illana, Secretario de la Mesa del Congreso de los Diputados y uno de los políticos de mayor altura moral que tiene España, al reflexionar sobre lo que nos está pasando. Forjado en la adversidad, Adolfo Suárez distingue entre «lo recto y lo curvo», algo que no siempre ayuda, porque obliga a no quedarse en la superficie y decir lo que es como es.

Suárez Illana es un tipo con independencia de juicio, conversación sólida y que entiende España, al que vale la pena parar bolas, como dicen en mi lindo país colombiano: «Es hora de olvidarse de uno mismo, dejar atrás los sectarismos y abrazar a todos». Por eso me apoyo en él, a la hora de hilvanar esta gacetilla. Pese a ser persona de riesgo, a causa del cáncer que padece, no falla a la hora de atender sus obligaciones como miembro de la mesa del Congreso. Siempre en su sitio; porque «la prudencia no está reñida con la responsabilidad».

Hace nada, Ana I. Sánchez, compañera de ABC, le preguntaba qué lecciones nos estaba dejando esta crisis. He aquí su respuesta: «La primera, que el hecho mismo de la vida es un riesgo permanente y que el problema no es que se acabe, cosa segura, sino cómo la vives, la compartes, la entregas». Acertada reflexión para serenar estos días y no quedar atrapados en el ajetreo que acompaña a esta preocupante situación.

Nunca se ha coincidido tanto, como en estos días, sobre el sentido de la solidaridad, lo cual está muy bien; pero igual convenía insistir, también, en esas verdades eternas que sugiere Adolfo Suárez, al recordar que lo que importa no es que la vida se acabe, cosa segura, antes o después, sino «cómo la vivimos, la compartimos y la entregamos».

Vale la pena pensar valientemente, aunque sólo sea de año en vez, en lo superior del hombre, en medio de este trajín disperso y disipado que nos traemos. ¿Qué es lo que nos lleva a ser más íntegros, compasivos y decentes? Menos malcriados. Porque de eso se trata, de aplicar cordura y actuar con rectitud ¿O no?

La respuesta tal vez esté en ese desprendimiento entero y pleno del que habla Adolfo Suárez. Una actitud que, además de hacernos tomar conciencia de nuestra poquedad, nos permite demostrar, día tras día, con la palabra y con el testimonio de nuestra conducta, que «llevar los unos las cargas de los otros», completa la justicia y propaga el querer y la alegría. 

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Lo que no dijo Francisco

Comparto aquí esta reflexión, enviado desde Uganda por el P. Diego Bedoya, misionero, amigo del proyecto Rubare.

P. Diego Bedoya
Luis Fernando González

«Y la Palabra se hizo fragilidad,
y puso su morada entre nosotros».

Juan 1, 14

Las finas imágenes de ayer que todavía se hacen presente en nuestra memoria, evocan toda una experiencia reveladora del Dios de Jesús. Sin lugar a dudas, las palabras de Francisco fueron bálsamos para esta hora crítica, nos hizo entender la profundidad del Evangelio cuando se pasa por la vida. Su mensaje fue capaz de hacer bajar lágrimas por las mejillas, acelerar el corazón, emocionarnos y revelarnos que Dios no está lejos.

Pero más allá de las profundas y hermosas palabras pronunciada ayer, queremos hacer una comprensión de los gestos silenciosos que hablaron con fuerza. Cuando nos atrevemos a captar a Dios, cuando dejamos que su presencia portadora de sentido nos interpele, cuando abrimos la vida sin miedo a la novedad que desea regalarnos, el silencio es la mejor opción para verlo. Ayer hubo gestos abrumadores, ayer cada imagen sorprendió nuestra retina, ayer pudimos ver a Dios en el otro discurso, en los símbolos que estaban ahí.

El primer gesto es un hombre entrado en años vestido de blanco caminando bajo la lluvia, atravesando silenciosamente una plaza inmensa apoyado en su cojera, con su mirada profunda y en sus hombros el miedo y el dolor de la humanidad en estos momentos. Antes de terminar su caminar, cuando los pasos se hacen más vacilantes, necesita apoyarse, necesita de otro, necesita una mano que lo ayude a subir. En este gesto nos damos cuenta que solos no somos capaces, solos no llegamos lejos, solos nos hundimos en nuestra autosuficiencia. La fragilidad nos confronta con lo menesterosos que somos, y al mismo tiempo, nos hace entender que la última palabra la tiene Dios.

El segundo gesto es un esfuerzo por respirar. Cuando Francisco inicia la oración dándose la bendición e invitando a todos a orar, le cuesta mantener el aire, su cuerpo se ve forzado a respirar hondo. Este hombre frágil, con un solo pulmón, entiende lo que está pasando en el mundo. Su carne vulnerable se une a todas las personas que están luchando por mantenerse vivas. Dios no está en el balcón mirando pasivamente desde lejos. Dios está luchando en el mundo para mantener la vida. La fragilidad del Papa revela al Dios débil que se hace carne de nuestra carne y desde allí poder ver su presencia auténtica.

El tercer gesto es una tarde que se va desvaneciendo y que se deja abrazar por la noche, como quien se rehúsa a morir, pero al final entiende que es su real destino. Cuando miramos hacia adentro, cuando hemos sido forzados a ir a nuestras casas, entendemos que durante estos días la vida parece desvanecerse, hay una sensación de victoria de la pandemia, nos sentimos avasallados por una tarde que nos cae encima con toda su fuerza y que parece inevitable. Pero más allá de esta sensación, cuando la tarde, como último atisbo de luz parece perderse en la noche, y experimentamos el miedo y la soledad, la presencia de Dios siempre estará latente para sostenernos. No se nos olvide que es en medio de la noche donde Dios baja a las profundidades de la nuestra vida para resucitarla.

El cuarto gesto son seis antorchas vacilantes que no se apagan a pesar de la lluvia. A medida que se va adentrando la noche, la luz permanece fiel. Con el peligro contante de las gotas de lluvia, arden más fuerte. En estos momentos de gran tormenta la opción por Jesús es lo que nos mantiene firmes en medio de las borrascas que amenazan con apagar la vida. La debilidad de aquellas antorchas ante ese inmenso cielo azul que deja caer sus gotas, son el testimonio que en esta hora de la historia la salvación vendrá de lo débil del mundo.

El quinto gesto es el Cristo solitario de San Marcelo. En esta bella figura hay un elemento que ha sido demasiado elocuente. Cuando Francisco se dirige hacia Él, con su paso lento, se ve que el agua ha empapado esta imagen. Tras un profundo silencio, místico y envolvente, la cámara deja ver que el agua corre Cristo abajo. Esto recuerda aquella fina imagen del evangelista Juan, que en el momento definitivo de la vida de Jesús, tras ser traspasado por la lanza de un soldado, de su costado salió sangre y agua. Ayer, silenciosamente, hemos vuelto a entender que Jesús lo ha dado todo, no se ha guardado nada para sí, ya nadie le puede arrebatar nada, ni la muerte misma. Lo último que da el cuerpo humano es el plasma, signo de la entrega total. En esa agua la humanidad entera estaba y en esta realidad presente, hombres y mujeres lo siguen entregando todo para vida a otros.

El sexto gesto es un hombre hablando sin tapabocas y guantes. Ver a Francisco completamente vulnerable, expuesto, humano, nos enseña que Dios necesitaba hablar más fuerte que nunca, necesitaba una voz que no estuviera cubierta para regalarnos su palabra que consuela y anima. Necesitaba unas manos libres para abrazarnos a todos y hacernos sentir su compañía fiel. En esa plaza inmensa, las murallas se abrieron más que nunca para alcanzar al mundo entero en un abrazo.

El séptimo gesto es la Custodia en la puerta de la Basílica. El Resucitado dando la cara al mundo, mirando de frente la realidad, aconteciendo siempre en salida. Las puertas abiertas desde donde el Resucitado bendijo el mundo, son signo de que todos tenemos un lugar en el corazón de Dios. Más allá del miedo que pueda asaltarnos, Jesús vuelve y nos recuerda como a sus amigos que estaban encerrados, que Él abre las puertas a una realidad nueva que nos regala la paz. En la Custodia Jesús ha pronunciado una palabra de esperanza en tiempos de desolación, en la Custodia Jesús se hizo presente para primerear con su presencia el camino que estamos recorriendo, en la Custodia Jesús se vuelve a unir más íntimamente a todos mediante su pequeñez. En esa Hostia el corazón de un amor entregado sigue latiendo para que nunca nos sintamos solos.

Solamente unos ojos capaces de captar la presencia sutil de los gestos silenciosos, podrán ver a Dios aconteciendo en esta historia, sabrán que hay más de lo que se pide, hay más de lo que se ve, hay más de lo que se reclama escrupulosamente. Al finalizar, Francisco entrega el Santísimo, quizá esto sea lo más fuerte, pues vimos que en cada paso que daba la Custodia le pesaba más, estaba haciendo fuerza para sostenerla; sin lugar a dudas, Dios es de los frágiles, de los débiles, de los vulnerables. El lugar de la Revelación hoy son los que se encuentran postrados en las camas de los hospitales del mundo, los que están encerrados en sus casas contagiados, los que sienten que el cansancio los dobla, los que lo siguen dando todo para que la vida salga victoriosa.

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Artículos, La Razón, Promecal

Toque de queda planetario

Hasta un caballo de carreras, si no para, se destripa. ¡Cuántas veces se lo he escuchado decir a Ramiro Calle! El fundador de la teología de la lentitud y maestro en cómo vivir el hoy, aquí y ahora. Nos han frenado en seco, amable lector. Y como, en este sinvivir nuestro, todo es para bien, es el momento de buscar certezas y reparar en lo más positivo que este toque de queda planetario nos deja.

Importa lo que importa. Por ejemplo, la salud, que es el mayor tesoro. Me pregunto si, esta plaga que nos golpea, servirá para que tomemos conciencia de nuestra endeblez y de tantos disparates, como lo dañino que es comer animales a mansalva, o no educar a nuestras criaturas en el sentido del límite.

Para darnos cuenta, también, de hasta qué punto estas macro-ciudades que hemos levantado, a mayor honra y gloria de un capitalismo cruel, son una trampa mortal. Mientras sean los dineros la evidencia suprema, cualquier afán de verdad y de justicia fracasará. ¿Cuándo vamos a entender que este modelo económico que nos esclaviza, no es sólo inhumano, sino inviable y asombrosamente frágil?

Lo que está sucediendo nos recuerda que, muchas veces, cuando las cosas parece que se derrumban, lo que sucede es que están colocándose en su sitio. Hemos cruzado demasiadas líneas rojas: la primera, nuestra incapacidad para distinguir el bien del mal, lo importante de lo banal. Un desarreglo, en nuestras mentes, que provoca todo ese desorden que se aprecia en la sociedad y en el mundo.

Ni somos los reyes de la creación, ni podemos arrasar impunemente con todo bicho viviente. Emponzoñamos las aguas y el aire, despreciamos la ley natural, apartamos de nuestras vidas las verdades eternas, y nos extraña que el que ama el peligro perezca en él. Esta camelancia de que las cosas no sean lo que son, sino lo que interesa que sean, nos impide captar la fugacidad de todo. ¿Seremos más perspicaces y despiertos cuando esto pase? No lo sé.

La vida es fortuita y, el ser humano, impredecible. Pero, a estas alturas del paseo, algo está claro: la codicia y el afán de acumular nos endurecen, nos anulan. Este jaque a nuestros planes, habrá valido la pena si salimos de él más humildes, más sacrificados y olvidados de nosotros mismos. Dispuestos a dar su lugar al otro y a la naturaleza; listos para redescubrir la vida y el momento irrepetible. Para despertar a la holgura de la esperanza y crecer por dentro.

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