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Saber o no saber

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 6 y 7 de enero de 2018

Me cuenta José Jiménez Lozano que, cuando preguntaban en su pueblo, allá por el siglo XVI, al segoviano Diego de Espinosa, para qué estudiaba tanto, este respondía invariablemente: «para saber». Porque el saber era lo importante. Y no se anteponían otros intereses a la necesidad de saberes para ir por la vida. Pero como proclama Don Hilarión en La verbena de la paloma, «los tiempos cambian que es una barbaridad». Que las personas sepan es algo que no conviene ahora, a una sociedad avergonzada de sus raíces. No interesa, a la «causa de la verdad suprema», que es la democracia —algo así como la consumación de los tiempos—, que haya transmisión de cultura; que mujeres y hombres tengan capacidad de discernimiento. Distinguir entre el bien y el mal, por ejemplo, no se necesita ni está bien visto. Tampoco parecería que se precisen muchas capacidades analíticas para ir por la vida, ahora mismo. Hemos tocado techo. Ya no hay más. Estamos en la verdad suprema: en la democracia. La consumación de los tiempos, como digo. Valen más las opiniones estúpidas y hasta criminales de nuestros mandamás; la participación en la embriaguez pública, que cualquier convicción individual y hasta libertad personal. Jiménez Lozano es el único escribidor que sigue insistiendo, a contracorriente, en que el hecho cultural, y su transmisión de una generación a otra, es el dato objetivo de la constitución de lo humano. Y esto es precisamente lo que todos los montajes totalitarios «han tratado y tratan de evitar, a través de planes de educación e industrias culturales», con minúscula, que nada tienen que ver con la Cultura. Es lo que estamos viviendo: la demagogia generalizada, que antecede a la víspera de la tiranía. Así son las cosas. Lo que se trata es de evitar, como sea, que entendamos lo sobrenatural y lo vivamos como lo más natural. Hay que acabar con estas «camelancias» como sea. Y se están empleando a fondo para conseguirlo, como ya hicieron en el pasado, sólo que ahora tal vez con más cinismo que nunca. Nos anuncian un amanecer que no sólo no llega, sino que viene cargado de tinieblas. Nos arrastran hacia el abismo. Pero reflexionar sobre estas cosas, o mentarlas tan sólo, puede conducir a que te acusen de no ser progresista. Algo terrible, ciertamente. «Hay que ridiculizar y ensuciar todo lo que sea hermoso, inocente o tenga dignidad, y pudiera ser respetado en el antiguo y serio sentido del término», lleva años advirtiendo el maestro Jiménez Lozano, que para algo es la mejor pluma de nuestro tiempo. Evito llamarlo intelectual, porque se sentiría ofendido. El más anticipativo y lúcido de cuantos están vivos en el mundo de las letras, así no se enteren aquellos que debieran.

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La mirada del otro

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 23 y 24 de diciembre de 2017

La imagen de España ayer y hoy. ¿Cómo se ha visto a través de los siglos? ¿Cómo se nos contempla, en la actualidad, fuera de nuestras fronteras? Responder a estas preguntas, desde la serenidad de un pensamiento equilibrado y profundo, es lo que hace la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, por iniciativa de José Varela Ortega: un historiador serio, estudioso, tenaz. A través de encuentros, debates y conferencias, veinte especialistas españoles y extranjeros, a cual mejor, abordan, de manera rigurosa y aleccionadora, la imagen de España y su proyección. Una iniciativa que ha culminado en un libro colectivo, bajo el título de La mirada del otro. Ni entonces ni ahora, nada nuevo bajo el sol: es la misma insensatez la que nos deja fuera de juego. Lo primero que brota de estas páginas, es que la imagen de España en el mundo sufre notables altibajos, en función siempre de la cordura o despropósito de nuestro actuar cultural, económico y político. Y, lo segundo, el esfuerzo de los autores por esquivar tópicos, para huir de esa imagen pintoresca que tanto daño nos ha hecho y aún hoy nos hace. Hay en La mirada del otro, un convencimiento compartido de que los españoles no podemos continuar zarandeados eternamente por los mismos miedos e incertidumbres. Algo que daña nuestra salud democrática, ciertamente. Piensan fuera que la Guerra Civil no ha terminado todavía. Que sigue habiendo dos Españas. De ahí la necesidad inaplazable de abrir los ojos, para que recuperemos nuestra conciencia moral, creamos en un proyecto común y crezcamos juntos. Una sociedad que no se comprende a sí misma, no irá lejos. Dos interrogantes esenciales: ¿qué hacer, frente al avance de los populismos de derechas e izquierdas? ¿Cuál es el camino para afianzar, con la ayuda de todos, una convivencia a largo plazo? Si para algo sirve ahondar en la imagen de España de ayer y de hoy es, sobre todo, para convencerse de que, sin una inmediata regeneración, no habrá nada que hacer; del tremendo error que representa cualquier ensoñación, la que sea. Es imperdonable tener que aceptar aquello de que «si habla mal de España, es español». Se nos olvida que la valoración que tengamos de nosotros mismos, será la que sirva de trampolín para proyectarnos en otras naciones. Si nosotros no somos capaces de conquistar nuestra propia credibilidad y de defenderla, frente al acoso despiadado de algunos, ¿quién lo hará? Hacía falta un libro como este, que mostrara que cuatro décadas de progreso y libertades se tambalean en esta hora de España. Por eso son tan necesarias estas aportaciones para desentrañar y entender nuestro verdadero ser. Este, y no otro, es el asunto.

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Los 79 años de la Reina

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 11 y 12 de noviembre de 2017

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La Reina Sofía, durante la inauguración de las Edades del Hombre en Cuéllar (Segovia) – Foto: Diego de Miguel – ICAL

Acaba de cumplirlos. Pero cuando alguien pregunta a Doña Sofía qué se siente al llegar a esa edad, la Reina responde con una sonrisa: «es como si fuera otra persona la que los cumple, y no yo», mientras pone un gesto de extrañeza, y ríe a gusto. La verdad es que se le ve estupenda. Como si los años no pasaran por ella. No sé si serán las prácticas de pilates que hace todos los días, o esa dieta basada en verduras y algún trocito de pescado, que va de boca en boca. Pero, a la vista está que tiene una salud de hierro. Una vitalidad que ya quisiéramos algunos. España ha tenido dos soberanas ciertamente grandes. Isabel la Católica y Sofía de Grecia. La Reina continúa acudiendo adonde su corazón y su obligación le llevan, como hace unas semanas, cuando se trasladó a Serbia, para participar en la boda de su ahijado, el príncipe Felipe de Yugoslavia; o al Escorial, para presidir el concierto de la fundación que lleva su nombre, dedicada a hacer el bien a manos llenas. Hace apenas quince días, representó a la Casa Real en Tailandia, durante las exequias por el rey Bhumibol. Doña Sofía, que participa en al menos cuatro proyectos humanitarios en ese país, es muy querida allí. Los españoles la veneramos con entusiasmo. No me atrevería yo a decir que está exactamente igual que hace diez años, como se ha insinuado estos días, pero la verdad es que da gusto verla con ese saber estar; tan ágil y pendiente de todo aquello que afecta a la felicidad de sus compatriotas. Esta Reina tiene ese no sé qué que se halla por ventura, que dicen las gentes de la tierra adentro, y que consiste en una admirable capacidad de vínculo emocional con los demás. Representa como nadie la solidaridad, desde una forma muy personal de comprometerse y hacer las cosas. A Doña Sofía le debemos mucho. Ha sabido abrirse su propio espacio de forma admirable. A través de sus actos, esta Reina ha conectado la Monarquía con la eficacia de su trabajo y la entrega al bienestar de muchos. Ella observa, se adapta; huye de artificios y extravagancias y sigue mostrando ese porte, esa elegancia que tanto gusta, dentro y fuera de nuestro país. Doña Sofía es como es, en su aspecto más completo, más fresco, más normal. Con sus luces y sus sombras. No tiene tres ni revés. Está entrenada en los detalles. Huele lo esencial. Mujer sensible y culta, cumple 79 años en plena forma. Dicen quienes están cerca de ella, que la Reina Sofía —una abuela tierna y cariñosa, esposa y madre ejemplar— se cuida por dentro y por fuera, para estar ahí y ser útil. Conoce la gloria y se ha asomado a la desgracia. Sabe ser buena con los buenos y compasiva con los malintencionados. Y, lo que más importa: acude allá donde su presencia pueda aliviar o aligerar cualquier carga.

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Lastre

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 28 y 29 de octubre de 2017

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El poeta soriano Fermín Herrero (foto: Wellington Dos Santos)

Hablo del poeta de la letra menuda. Fermín Herrero se expresa con humildad, sin alzar la voz. Como si pidiera perdón por escribir. Convencido de que en el silencio está todo. Y de que el tiempo manda. «El tiempo manda siempre», advierte el poeta. «La tarde desde aquí, cómo / está de quieta, de tranquila. / Nadie. Es lo mismo el silencio, / las piedras, aquel olmo / en que me amparo. / Nadie». Pero nuestro poeta se ampara también en la luz serena, que es lo mismo, demorándose sobre la loma. Y en el tintineo de un rebaño. Fermín Herrero escribe desde la generosidad del austero. Con la honradez y la decencia de las gentes de la tierra adentro, que saben el secreto del grano y la labor; que el pan solo se gana íntegro en los años malos, con las palabras justas. La Junta de Castilla y León, ha tenido el acierto de arracimar en una completa antología, con el título de Lastre, algunos de los poemas más bellos de los numerosos libros del Premio Castilla y León de las Letras. Fermín Herrero es una voz que suena vigorosa y recia en el mundo hispano. Un poeta de hondura, con un conocimiento intenso de la palabra, que escucha, que comparte; que sabe, también, que la moral está en bancarrota. Un hombre de convicciones que se expresa desde la sencillez de lo cotidiano, con admirable claridad. Leer a este soriano universal es asomarse a lo que de verdad importa. Fermín Herrero es valiente, muy valiente, a la hora de mostrar tanta devastación: «ahora que cualquier mequetrefe pasa / por estadista y por filántropo el cacique, por flamenco / el morugo y por cuco, el neutral / ahora que el poder se ha vuelto saleroso, campechano / y bastante chambón, en aras / del disimulo más vale hacerse pazguato, si no / lerdo al menos adoquín para / igualarse de veras y ya de paso contribuir / al encantador éxito de la impostura». Es lo que él llama el «tiempo de los usureros». Sus versos se leen con profunda emoción, tanto por la verdad que desgranan, como por esa atención al pedregal cotidiano, a lo que habla bajito. Siempre en el rigor de los límites, siempre mirando al cielo, pero con los pies clavados en el suelo, como se ve en esta Balada del perdedor: «a los que arman mucho ruido, a los que sacan pecho, / deja pasar. A los que apuntan muy alto o tienen prisa por dar / primero, a los que empujan o a aquellos que están / tan seguros de sí mismos que no se asombran / de nadie, cédeles el paso. Que te pisen fuerte también / los negociantes, los emprendedores, los que humillan, / los que dirigen. Deja que te atropellen. En estas / condiciones, no aspires a ser un hombre de provecho». Así dialoga con la vida, en el siglo XXI, este hombre cabal, este poeta imprescindible.

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El poder invisible del Rey

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 14 y 15 de octubre de 2017

Piensan algunos —y tal vez no les falte razón—, que el Rey, cuanto más invisible, mejor. El Rey está presente siempre, pero sin intervenir. Trabaja en la sombra, ciertamente. Se le ve, sobre todo, en días complicados como los que estamos viviendo. Cuando más se necesita una bocanada de serenidad, de ilusión y sensatez. Se ha dicho muchas veces, pero no está de más recordarlo, que un rey no es sólo eso. Es, sobre todo, una Institución. Alguien que trasciende la política. Un rey encarna la Corona, que es la unidad y la continuidad de un pueblo. Si algo está percibiendo el pueblo español, estos días, es que la Corona es una institución que va más allá de los partidos y de sus afanes por conquistar el poder y repartirse el botín. Lo mejor de este Rey, sencillo, cercano, especialmente con los más débiles, es su voluntad de escuchar y comprender. Pero Don Felipe advierte y aconseja también, aunque casi nunca nos enteremos de estas cosas. Está ahí para infundir tranquilidad, para alentar y dar holgura. Lo que no es cualquier cosa, desde luego. Y esto es lo que se percibe, felizmente. Su discreta influencia —ignorada casi siempre—, en vidriosas decisiones económicas, políticas o diplomáticas, es el mejor servicio que el Rey puede prestar, y él lo sabe. Especialmente, en situaciones complejas como esta por la que atravesamos. Nuestro Rey lo está haciendo impecablemente. Si algo se percibe en estas horas críticas, es la calidez y el cariño de los españoles hacia él y Doña Letizia. Sobre todo, al comprobar hasta qué punto su buen hacer asegura la unidad nacional y la continuidad histórica de la nación española. En realidad, Felipe VI, ha conseguido, en poco tiempo, un cambio sustancial en la imagen de la Monarquía, con una conducta ejemplar. Nuestro Rey es juicioso, infunde serenidad; fomenta el diálogo como nadie. Simboliza muy bien la concordia entre españoles. Felipe VI tiene ante sí una segunda Transición y no puede cometer un solo error, ni torpeza alguna. Hasta ahora, no lo ha hecho. Una vez más, los niños nos dan la pista en cosas de tanto alcance como estas que nos ocupan. ¿Qué es un Rey para ti?, es la pregunta que se hace cada año para un concurso a escolares de toda España. Resulta de lo más esclarecedor comprobar las respuestas que dan con sus trabajos estos chicos y chicas de entre 8 y 13 años. Como aquella imagen de Ana Jordá, con esa maceta en la que cada flor, hecha con papel, tiene pintados los colores de una Comunidad Autónoma. Y la imagen del Rey es la regadera que lleva el agua a todas ellas. A tener en cuenta, también, la reflexión de Don Felipe, ante los ganadores de este año: «aprendo de todo lo que me decís; es un recordatorio que os agradezco».

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Un sistema que mata

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal el fin de semana del 30 de septiembre y 1 de octubre de 2017

Estamos inmersos en un sistema que mata. Unas estructuras que «descartan a millones de seres como si fueran simples objetos de usar y tirar», en palabras del Papa Francisco. Parecería que hay que cambiar el rumbo, ciertamente. Pero volvemos a lo de siempre: ¿cómo llevar a cabo esa transformación social, deseada por tantos? No tengo la respuesta. Tan solo algunos pensares para compartir con el amable lector. Difícil tarea en una sociedad rendida al individualismo posesivo, al hedonismo y el hartazgo de comprar, poseer y consumir. Un mundo que invita a la indiferencia, en el que todo es morbo y espectáculo; que normaliza la exclusión y banaliza la vida y el dolor de muchos. Todo está por hacer y todo es posible, sin duda. Jesús Sanz, profesor de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los pensadores más activos a la hora de defender, a capa y espada, que no es verdad que no exista alternativa para un mundo mejor —que sí la hay—, sostiene que esa acción transformadora depende, en gran medida, de la actitud personal de cada uno; de los gestos más cotidianos, para levantar —con la ayuda de todos—, iniciativas colectivas. Dejemos claro, para empezar, que la concepción económica dominante parte de una falsa premisa: el crecimiento ilimitado es posible: no es verdad, si para ello se siguen violentando los límites humanos y de la naturaleza. Una tendencia, además, agravada por el consumo desaforado de los recursos. Parecería que las cosas van por otro lado: tal vez si construyéramos una realidad social, laboral y ambiental más humana, una forma de vida sobria y coherente con nuestras convicciones, las cosas podrían enderezarse y avanzar hacia donde aconseja el buen sentido. «La indiferencia y la pérdida de sensibilidad constituyen el consenso pasivo que hace posible el desorden existente», advierte Díaz-Salazar. A estas alturas del paseo, está claro que los números se han distanciado de lo humano. Las personas contamos poco. Importa el billete. E importa, hasta tal punto, que se llega a considerar normal que algunos banqueros, por poner un ejemplo, cobren millones por arruinar a cientos de miles. No hace falta ser de derechas, ni de izquierdas, para comprender que hay unos valores morales que impiden a cualquier persona  bien nacida tragar con estas y otras fechorías. Es difícil encontrar un orden tan desordenado éticamente, como este nuestro. Mientras casi todo esté al servicio de los mandamás de turno y no de personas con rostro, con nombre y apellidos, mal iremos. Mientras sigamos aceptando, con una complicidad cómoda y muda, que unos nos consideremos más dignos que otros, el sistema seguirá matando.

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Médicos de cabecera

Artículo publicado en ‘El bloc del gacetillero’, en todas las cabeceras del Grupo Promecal,
el fin de semana del 2 y 3 de septiembre de 2017

Atienden a enfermos y no a enfermedades. Hacen frente, con abnegado esfuerzo, a un cúmulo de dificultades y penalidades, día tras día. Siempre comenzando de nuevo. Asegurando la calidad y la plenitud de vida hasta el final. Estoy hablando de los médicos de cabecera, ahora más conocidos como ‘de familia’. Un trabajo imprescindible y heroico en una España envejecida, que continúa sin afrontar la necesaria reorientación de su sistema sanitario. ¿A qué esperan para meter mano, de una vez por todas, a una realidad tan apremiante? Se escuchan pocos reconocimientos —por no decir ninguno—, hacia estos esforzados profesionales a los que quiero dedicar, con honda admiración y respeto, mi gacetilla de hoy. Lo primero que hay que decir de los médicos de cabecera, es que son los mejores especialistas que hay en la sanidad, así no estén especializados en nada concreto. Lo que importa no son los años del paciente, sino que puedan vivirlos con la mayor plenitud. Seguro que el amable lector habrá tenido más de una experiencia que corrobora lo que digo. Son ellos los que poseen el famoso ojo clínico, que tantos entuertos resuelve. Nuestro Sistema Nacional de Salud no tendría el prestigio que posee, dentro y fuera de España, si no fuera por la entrega vocacional de estas mujeres y estos hombres que atienden a las personas desde una perspectiva física, psíquica y social. Los médicos de cabecera, son los que más y mejor tienen en cuenta, a la hora de diagnosticar y tratar cualquier dolencia, el contexto familiar y social del paciente. Llama la atención esa capacidad suya para volcarse en la complejidad de cada enfermo; en su singularidad como persona. Algo que va, ciertamente, mucho más allá del necesario conocimiento de órganos, aparatos y sistemas. Sería interminable, desde luego, hacer la lista de estos profesionales heroicos en España y aquí, en Castilla y León. Pateándose los pueblos y atendiendo incansables, horas y horas, en ambulatorios y centros de salud. Pero me detendré en uno serio, sensible, responsable, que encarna de manera cabal la profesionalidad de todos ellos. Ese esmero y vitalidad que caracterizan al médico de familia. Me refiero al presidente del Colegio de Médicos de Valladolid: el doctor José Antonio Otero Rodríguez. Alguien del que todo el mundo habla bien; al que adoran sus pacientes. Uno de esos profesionales volcados de forma natural y plena en su vocación; empeñado, desde su puesto, en la formación continua del médico de familia. ¡La de cosas que está haciendo! El doctor Otero está aupando la medicina de familia, consiguiendo medios que aseguren su calidad y la coloquen donde este ejercicio profesional imprescindible se merece.

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