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Cataluña con la Reina Sofía

Publicado en El bloc del gacetillero el 23 de febrero de 2017, en todas las cabeceras del Grupo Promecal

Nunca sabremos lo mucho que hizo la Reina Sofía, por impulsar la restauración de ese gran teatro que es el Liceo de Barcelona, tras el asolador incendio de 1994. Lo reconoció, en su día, el propio presidente de la Generalitat. El Liceo es «un valioso patrimonio para Cataluña y para toda España», recordaba una vez más Doña Sofía, el pasado lunes, al recibir la medalla de oro del Circle del Liceu, que pocos tienen. Apenas habían transcurrido unas horas, desde que las llamas devastaran el que había sido, desde 1847, escenario de las más prestigiosas obras, interpretadas por los mejores cantantes de todo el mundo, y Doña Sofía ya se había puesto manos a la obra para reclutar a personas e instituciones en favor de su reconstrucción. Dicen en Barcelona, que fue la primera en llamar y colocarse al frente de la movilización. El pasado día 20 sucedió algo en lo que vale la pena reparar: cientos de personas vitorearon en el histórico teatro a Doña Sofía con un «¡viva la Reina!» tras otro, como muestra de gratitud por apoyar de manera tan eficaz su resurrección en gloria y majestad. Un día en el que se le abrieron, también, las puertas de ese exclusivo club catalán —el más antiguo de España— con 170 años de historia, que se dice pronto, y del que forman parte casi mil socios que representan a todos los sectores de la sociedad civil catalana. «Queremos agradeceros muy sinceramente todo lo que significáis para la cultura y la música de nuestro país», le dijo a la Reina Sofía, Salvador Alemany, presidente del patronato del Gran Teatro. La madre del Rey ha tenido mucho que ver, ciertamente, con que el Liceo vuelva a ser esa realidad viva y pujante de la que tan orgullosos se sienten los catalanes, «muestra del mejor espíritu de superación», como ya se encargó de destacar la homenajeada esa noche. En su intervención, Doña Sofía quiso insistir en el estrecho vínculo que siente con la ciudad de Barcelona. La Reina Sofía habla poco pero, cuando lo hace, no da puntada sin hilo. Si la inmensa mayoría de nosotros nos sentimos identificados con la Corona, cómodos con la Monarquía, lo es en buena medida, gracias a esta mujer abnegada, ejemplar en el cumplimiento de sus deberes, cuya vida está presidida por el amor a sus compatriotas. La Reina Sofía sabe imprimir un ritmo de normalidad a cuanto hace, así atraviese las circunstancias más adversas. ¡Lo hemos visto tantas veces! Pase lo que pase, ella es capaz de sacar lo mejor de cualquier acontecimiento o situación, por irritante que sea, siempre con una sonrisa, con una palabra amable. Cualquier ocasión le parece aprovechable para afianzar la convivencia. A la vista está. Por algo se la respeta y, lo que es más importante, se la quiere tanto, allá donde va.

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Entrevista al doctor Enrique Rojas

Entrevista al doctor Enrique Rojas, emitida en Palabras a medianoche el 8 de enero de 2016

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Javier Echevarría, la ilusión de cada día

Artículo publicado el 18 de diciembre de 2016 en El bloc del gacetillero, en todos los diarios del grupo Promecal

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Le faltaban pocas horas para morir cuando, al despedirse de uno de los médicos que le atendían, al acabar su jornada y regresar a casa, le dijo: «dale un abrazo a tu esposa de mi parte. Yo, normalmente, no abrazo mujeres. Pero lo hago a través de los maridos». Así era Javier Echevarría, el Prelado del Opus Dei, que acaba de fallecer, y al que dedico esta gacetilla mía semanal. Era mi amigo. Le quería. Aprendí mucho de Don Javier. Un hombre que se desvivía por los demás. Pendiente de lo cercano. Escuchaba, se volcaba en el otro. Pendiente de las pequeñas cosas de cada día. Con sencillez. La misma con la que respondió al desafío de ser el sucesor de dos santos: San Josemaría y Álvaro del Portillo. Era una de esas personas hábiles para colarse en la vida de los demás y quedarse en los pliegues de su corazón. Me demostró su amistad con creces. Con detalles de esos que sólo los verdaderos amigos tienen y que no se olvidan nunca. Como aquella Misa que quiso celebrar por voluntad suya, tras la muerte de mi adorada Esther, y cuya homilía —larga y muy sentida— le dedicó, con palabras de carne, de hondura y de consuelo que me acompañarán de por vida. Solos él y yo, en aquella cripta romana donde ahora reposan sus restos, junto a dos amigos. Nadie más. ¿Acaso se puede tener un gesto de más cariño y cercanía? No había carta en la que no me preguntara por mi hija, por su marido y, también, por la pequeña Esther, por la que compartía mi debilidad. En el corazón de Don Javier cabían todos. Era una de esas raras personas capaces de hacerte sentir que sólo existes tú en el mundo. El mérito está en que eso, que para él era tan natural, lo lograba con muchos. Cuando nos encontrábamos, me decía con una sonrisa de oreja a oreja: «Jesús, ya estamos juntos los tres. Esther, tú y yo». Y ni yo ni nadie de mi familia éramos del Opus Dei. Me gustó aquello que le escuché cuando ordenó sacerdote a ese muchacho alegre, muy alegre, al que yo había tenido como secretario de redacción de EFE: «no sois psicólogos, ni sociólogos, ni antropólogos: sois Cristo mismo». Pienso que, si algo marcó su vida, fue eso que repite a toda hora el Papa Francisco de ir a las periferias. Don Javier no hizo otra cosa en su vida. Acababa de regresar de Estonia cuando cayó enfermo. Hacía suyo el dolor ajeno. Se ponía en la piel de los demás. Los refugiados, los desempleados, los enfermos, estaban constantemente en su ánimo, en su plegaria. La noche de su muerte, como él estaba con suero, su preocupación era por qué no le traían la bandeja con la cena a la persona que le acompañaba. Ese era Don Javier. Son estas las personas que aúpan la vida.  ¿Quién dijo que Don Javier se ha ido? Las personas como él permanecen siempre. No se van nunca.

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Los periodistas y la sociedad del espectáculo: informar, formar, debatir

Conferencia pronunciada el 24 de noviembre de 2016 en el Club de Opinión Santiago Alba. La presentación corrió a cargo Juan Delgado, periodista y primer delegado de ABC en Castilla y León. Con agradecimiento a Felipe Martínez-Sagarra —presidente del Santiago Alba—, por su tesón y buen hacer.

El periodismo, como la poesía, es un arma cargada de futuro. Suele decir Luis María Anson, el primer nombre del periodismo en España y en el mundo hispano del siglo XX, que además de ciencia, estos oficios nuestros son un arte; un género de la literatura. Anson está, como casi siempre, cargado de razón: la poesía fue el género literario predominantre en el S. XVI, el teatro en el XVII; el ensayo en el XVIII, y la novela en el XIX.
Pero en el S. XX, y lo que llevamos del XXI, el género literario por excelencia ha sido y es el periodismo, bien sea a través del artículo, la crónica, el reportaje, la entrevista, el editorial o el simple comentario. Sin olvidarse nunca de los titulares y los pies de foto, y de esas imágenes, recordémoslo, que valen más que mil palabras. Rindo homenaje desde aquí a ese puñado de reporteros gráficos sin los cuales no habría periodismo.
Digámoslo con claridad, una parte sustancial de la mejor literatura española se hace en los periódicos. Y, al decir periódicos me refiero al periódico escrito, al periódico hablado —que es la radio—, y al periódico en imágenes, que es la televisión.
El periodismo es nuestro género literario más vivo. Y yo me siento orgulloso de procamarlo hoy aquí, en esta tribuna de pensamiento que se encuentra entre las más respetadas de España. Soy periodista porque quise serlo desde que tenía uso de razón. Nunca he querido ser otra cosa. Si volviera a nacer, volvería a serlo. Tenía yo 15 años cuando Lorenzo Muro, director de La Nueva España de Huesca, donde yo trabajaba como meritorio, me dijo algo que no he olvidado nunca: «niño, este es uno de los oficios más nobles que se puedan ejercer». Con el tiempo fui aprendiendo que esto era así, efectivamente, pero sólo siempre y cuando el periodista hace lo que toca. Lo que le corresponde: contar lo que es como es, y no como conviene o interesa que sea.
No estoy dando ninguna exclusiva si afirmo aquí que vivimos en la sociedad del espectáculo y del plató. Y hay que decir, aunque nos duela, que los periodistas tenemos mucha culpa en ese postureo, en ese empeño por banalizarlo todo. Tenemos que recuperar la esencia de nuestros fines, que no son otros que los que no son otros que los que inspiraron el alumbramiento de los periódicos, allá por el el siglo XVII: informar. Pero no sólo: también formar. Contribuir a crear criterio. Nosotros, los periodistas, estamos para dar cuanta de lo que pasa, desde luego. Es lo que la sociedad nos demanda. Aquello a lo que ustedes tienen todo el derecho. Pero estamos, también, para reconocer el acierto allá donde se produzca y denunciar el abuso. Cualquier atropello. Para desenmascarar la mentira. Y parecería que algunos están emperrados en que esto pase a un segundo plano.
Veamos: el periodismo es un contrapoder. Y no tendría perdón de Dios renunciar a esta tarea que la sociedad nos ha encomendado. Pero está sucediendo, y así lo denunciaba, precisamente en estos días Arturo Pérez Reverte, que «nunca en esta democracia, como en los últimos años, se ha visto un maltrato semejante del periodismo por parte del poder económico» —que, no nos engañemos, es ahora mismo el que más manda; y el de aquellos totalitarismos, de un lado u otro, que viven en el pensamiento único—. «Sería muy triste, que el objetivo elemental de nuestro oficio, que es el de invitar al lector a reflexionar sobre el mundo en el que vive, proporcionándole datos objetivos con los que discernir, y análisis complementarios para mejor desarrollar ese conocimiento, desapareciera». De nosotros depende.
A veces, al leer los diarios, al escuchar la radio o ver la televisión, uno tiene la impresión de que, en lugar de informar, formar y debatir, lo que estamos haciendo es confundir a nuestros lectores, radioyentes o telespectadores. Y lo que es peor, prosigue Pérez Reverte, «en lugar de ayudarles a pensar con libertad, convencerlos y hasta adoctrinarlos». Algo que no tiene pase.
Esto de que todo asunto polémico se transforme en lugar de en un relato razonado, en un pugilato visceral de gritos, alboroto y descalificaciones, es algo que tiene que ser desterrado de estos oficios nuestros. Es otra cosa muy distinta. Y si no somos capaces de sacarlo de este guirigay de sectarismo en el que nos han metido —porque nos hemos dejado sobornar y hemos querido—, nos va a ir muy mal. Por el camino del espectáculo que dan las cosas, no sólo perderemos la credibilidad de nuestros lectores, de nuestros radioyentes y telespectadores, sino porque estaremos traicionando nuestra razón de ser.
Lo diré claro, y hasta en voz alta, para que se me entienda bien: las redacciones no pueden estar contaminadas de ideologías y al servicio de los intereses y negocios de sus dueños y manda-más. Tiene que quedar claro: los periodistas no somos militantes de nada. Si acaso, del bien común, que es el mejor negocio. Y del entendimiento posible, al margen de los que buscan encanallar la vida para imponer cualquier totalitarismo.
«Desde la cima de mis ardorosos años», como decía Gardel —que por cierto, estarán de acuerdo conmigo en que canta cada día mejor—, mientras veo pasar la vida con afán y sin engaño, este gacetillero que les habla, sueña con una caudalosa corriente de periodistas capaces de plantar cara e informar desde lo que es como es, y no a merced de presiones, modas y calderilla. No puede ser todo política. Cuando todo es política estamos en el totalitarismo o, cuando menos, en la antesala.
El periodismo es mucho más que declaraciones de políticos, financieros y famosos, y cuanto emana en torno a ellos. Importa lo que importa: los hechos. Lo que sucede. Y sucede que el espectáculo está asfixiando el periodismo. Algo, por lo que los que nos dedicamos a esto, no podemos pasar. Y yo les pido que nos ayuden en ese empeño. No podemos seguir agotando al lector, al oyente o al telespectador. Aburriendo a todo bicho viviente con esta cantinela de declaraciones y contra-declaraciones.
Y en este punto, creo que merece la pena que me detenga en la relación entre el político y el periodista. Algo que no siempre se expresa como es debido. Ellos tienen una misión de cumplir. Sin su actuación, la democracia no sería posible, como tampoco lo sería sin nuestra modesta aportación. Recuerdo que, cuando Luis María Anson inauguró la delegación de la agencia EFE en el Chile de Pinochet, sucedió algo que les voy a contar: el dictador había enviado a un general en representación suya. En un momento determinado, Luis María Anson dijo: «es preferible un país sin gobierno pero con periódicos, a un país con gobierno pero sin prensa libre». El militón abandonó la sala en aquel momento, con gesto airado.
Pero yo voy más allá. A lo periodistas nos conviene conviene entendernos con los políticos, y hasta hacer buenas migas. No pasa nada. A fin de cuentas, ellos y nosotros estamos, o deberíamos estar en la búsqueda del bien común, que es el mejor negocio. Lo que no tiene pase, insisto, es que nos convirtamos en marionetas movidas a su antojo.
Si nos diéramos cuenta del miedo pavoroso que tienen al periodista independiente los poderes financieros y los notables de cualquier ámbito —los influyentes y privilegiados—, aquellos que se sirven de la política para su beneficio, no dudaríamos en plantar cara a sus manejos y a sus amenazas, tan sutiles, casi siempre.
Los periodistas estamos para contar las cosas, como ya he dicho. En esto creo que todos estamos de acuerdo. Pero también para comentarlas y reflexionar serenamente sobre la actualidad y hacerlo con originalidad y absoluta lealtad a los hechos, que son sagrados. Y hasta con ironía y buen humor. Por eso son tan necesarios periodistas bien formados. Capaces de discernir. Preocupados por aspectos de carácter existencial y social. Comprometidos con la verdad. No manipulables. Siempre atentos a lo que pasa. Insobornables.
Casi nada, ¿verdad? Pues esto es posible. Lo único que hay que hacer es trabajar con empeño, con humildad. Observar las cosas con mirada limpia, para contarlas con naturalidad. No ser comparsa de esta imbecilidad ambiental que parecería que quiere sofocarlo todo. Y aún menos cómplices de cualquier poder que envilezca estos oficios nuestros y reste credibilidad a nuestra profesión. El mayor peligro, es el título que encabeza esta conferencia: la sociedad del espectáculo. Analfabeta y sin convicciones.
Ojalá fuéramos conscientes los periodistas, en esta hora de España, que el ruido de la calle no es superior al de la ley y al del derecho. Y que todos debemos regenerarnos. También los periodistas estamos necesitados de esa regeneración que exigimos tantas veces a los demás y no nos aplicamos a nosotros mismos.
Tal vez sea el momento de hablar de nuestra responsabilidad. De nuestra hoja de ruta. Pues tan sencillo como hacer el periodismo de siempre. Aquel que contribuye a cimentar aquellos valores imprescindibles para levantar la vida. Para construir una sociedad mejor desde lo fiable y contrastado, y no desde la nota de prensa interesada, cuando no manipulada, tendenciosa.
Este, y no otro, debería ser el santo y seña: responsabilidad, independencia, criterio. En la era digital, de las redes sociales y del ‘todo vale’, los periodistas somos más necesarios que nunca. Imprescindibles, me atrevería a decir, para contar y explicar lo que pasa, más allá del espectáculo diario, del circo y de la farsa. Nosotros no estamos aquí para resolver problemas, pero sí para comprometernos con aquellos principios y convicciones indispensables que una sociedad libre necesita para avanzar, para crecer.
Estamos aquí, también, para formar una opinión pública seria, que arroje luz y no que contribuya a oscurecer aún más el panorama. Por eso es tan necesaria la investigación periodística; la pasión —lo repito— por contar lo que es como es y no como conviene que sea. Por debatir desde la serenidad y la razón. Esa que creemos tener cada uno, y que está bien que defendamos y que, entre todos, la sostengamos.
Decía, no hace mucho, el subdirector de El Norte de Castilla, José Ignacio Foces que «en medio de la sobredosis informativa que vivimos, en medio de esta sobrecarga, sucede que la ansiedad por saber nos lleva a un exceso de información que nos esta conduciendo a la fatiga. A un aluvión de datos que a menudo no logran decirnos lo que debemos saber». ¡Qué importante es esto!: para eso estamos los periodistas. Para decir lo que debemos saber.
Así se hace el verdadero periodismo: con valentía, sin pelos en la lengua: «los periodistas —afirma Foces en otro artículo reciente—, somos los garantes de que la sociedad reciba noticias verdaderas. Los vigilantes de que los poderes públicos desarrollen su labor con respeto al ordenamiento jurídico que la rige, y tenemos el deber de ayudar a nuestros lectores, a nuestros radioyentes y telespectadores a formarse una opinión propia. Nunca manipulada. La misión informativa, formativa y orientadora de los medios de comunicación está más que viva que nunca».
Nuestro reto es un periódico escrito, hablado, televisado. Un periódico más esencial, más vivaz, mejor hecho. Y eso es una obligación nuestra, de los que nos dedicamos a esto. Y si no lo hacemos será culpa nuestra. Somos creadores de opinión y en ningún caso podemos dar protagonismo a cualquier falsedad o infamia.
Quisiera insistir en algo que ya he dicho: la banalización de todo. Uno de los mayores peligros a los que nos enfrentamos. Hay que estar muy vigilantes para no acabar siendo cómplices de lo más repugnante. Para plantar cara a la zafiedad y a la ordinariez; al mal gusto, a la vulgaridad y al exabrupto. Un periodista que se resiste a caer en estos excesos, se ha convertido hoy día en un periodista heroico. Y necesitamos muchos así.
No todo puede ser espectáculo, carente de cualquier rigor y moralidad. Y los periodistas —empujados por unas razones u otras—, hemos entrado a ese trapo. Mal hecho. No debería ser para nosotros semejante estercolero. Por suerte, no todos los profesionales del periodismo hacen buenas migas con semejante infamia. Son muchos los que se afanan por buscar noticias y contar las cosas como son, por investigar. Muchos, los que no se pliegan a la presión del poder. El problema está, tal vez, en que estamos aceptando demasiadas cosas sin plantarnos como colectivo al uso que se quiere hacer de nuestra profesión.
Un periodista debe conocer muy bien qué principios no son negociables. Me refiero, a los del derecho natural. Esos que son comunes a toda la Humanidad. Ligados a la defensa de la dignidad de la persona. A la protección de la vida en todas sus etapas. Desde el momento de la concepción hasta la muerte natural. En fin, un buen gacetillero es aquel que sabe centrar el tiro e ir a lo esencial. Que no cae en lo efímero, en lo banal. Que se atreve —y me atrevo a decirlo aunque no sea políticamente correcto— a defender verdades eternas. Esas que no están de moda, tal vez porque cuesta demasiado encarnarlas en el diario vivir.
El buen periodismo —y voy terminando—, tiene que llevarnos a pensar, a profundizar en los hechos y a sacar consecuencias. A compartir pensares y sentires desde la libertad y el respeto. A buscar y encontrar sentido a lo que nos pasa. Es un hecho que internet está modificando nuestras costumbres y que el mundo es ya distinto con este fácil acceso a la información. Pero eso no significa, para nada, que el periodismo vaya a dejar de existir tal y como lo concebimos. Al contrario: necesitaremos profesionales más cultivados, mejor formados, más atentos a la realidad, más reflexivos. Capaces —como dicen las gentes de la tierra adentro— de distinguir el trigo de la paja.
Les pondré un ejemplo reciente, de estos días: la red social Facebook ha anunciado que impondrá filtros a la difusión de noticias falsas, y bloqueará las fuentes de esas noticias. El motivo ha sido las erróneas informaciones difundidas durante la reciente campaña electoral a la presidencia de los EEUU, y que han influido en millones de usuarios a favor de uno de los candidatos, tal y como el propio Obama denunció recientemente durante su visita a Berlín. Ahí lo tienen.
Ayúdennos a que haya profesionales con criterio, capaces de no sucumbir a lo superficial. Planten cara y no dejen pasar una. Tenemos, entre todos, que ser capaces de sobrevivir a esta sociedad del surfeo. Lo surfeamos todo, sin ahondar, sin ir a lo esencial. Banalizamos hasta la muerte. Y esto no puede ser. Honestidad, honestidad, honestidad, cuanta más mejor. Y un reguero de humildad. Esas son las dos patas —o así al menos me lo parece a mí— sobre las que deberíamos caminar los periodistas para cumplir con esta tarea nuestra de poner voz y poner cara a tantas personas y a tantas cosas.
Tampoco se trata de contraponer los malos a los buenos. No es eso, no es eso… No es cierto —o no lo es enteramente— que el mal esté en la élites y el bien en el pueblo. Cuidado con los populismos. Atención al relativismo. Ojo avizor: el periodista debe tener muy presente que la noticia es siempre lo que desde el poder —desde cualquier poder—, se le quiere ocultar. Lo que no le dicen.
Los ciudadanos nos están reclamando una información veraz, de calidad, contrastada. Los poderes públicos deben saber que los medios de comunicación no vamos a ceder a la hora de ser permanentes vigilantes de su acción diaria. Ojalá seamos capaces de contribuir a que crezca una conciencia social que permita participar a mujeres y hombres en el debate. En el reto formidable de mejorar la sociedad en la que vivimos. Lo nuestro es muy sencillo: ofrecer una información de calidad en la que, los que nos lean, vean y escuchen, puedan confiar, sin agitación, sin complicidades que no nos corresponden. Sin contribuir al encanallamiento de la convivencia, o al encubrimiento de todo aquello que impide afrontar cualquiera de los males que nos afectan y que sólo resolveremos con la ayuda de todos.
A sabiendas de que no somos protagonistas de nada sino correas de transmisión. Gacetilleros, en el puro sentido de esta hermosa palabra. Tipos normales y corrientes que cuentan lo que sucede sobre el terreno y poco más. Bueno, sí: que intentan sacar a la luz, para conocimiento de la opinión pública, cualquier abuso o corruptela. Que lo hacen sin contemplación alguna. Mostrando la realidad que atravesamos. Algo que no es poco, ¿verdad?
Ni puede ser fácil ser periodista, ni conviene que lo sea. Dejémonos de ingenuidades y simplezas. El mundo, como muy bien advierte Federico García Lora en su oda a Walt Whitman, no es ni noble ni bello, ni bueno. El mundo no es ni blanco ni negro. Pero con que hagamos lo que tenemos que hacer para que esto no se vuelva una tiranía, habremos cumplido con nuestra responsabilidad. La libertad y la decencia son posibles.
No les quepa la menor duda. Como lo es, también, que el único miedo de los poderosos son los periodistas que no se venden ni se callan. Aquellos que ni se rinden, ni se resignan a la hora de arrojar la verdad al ruedo de la vida. A esos compañeros, que pelean aquí, en esta tierra, en cualquier lugar del mundo, y que pagan a veces con su vida por defender todo esto (más de 100 periodistas han sido asesinados en el último año). Y a los secuestrados y golpeados, a los ausentes, dedico estas torpes palabras de hoy, y les pido, para ellos, un fuerte aplauso.
Muchas gracias.

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Entrevista a Francisco Reyero, a propósito de su último libro «Trump, el león del circo»

Entrevista al escritor y periodista Francisco Reyero, emitida el 30 de octubre de 2016 en Palabras a medianoche

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Entrevista al historiador y novelista Fernando García de Cortázar, emitida en Palabras a medianoche el 9 de octubre de 2016 en Radio Televisión Castilla y León

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Discurso de agradecimiento premio Cossío

Empezaré dando una noticia de última hora. Es mentira que sobren periodistas. Al contrario, tenemos una necesidad desesperada de buenos gacetilleros. Redactores gráficos y literarios audaces, insobornables. Capaces de decir lo que es como es y no como conviene que sea. Y después de esta exclusiva, vienen los agradecimientos, sin olvidar nunca aquella frase del inmortal Julio Camba: «que nadie se lleve a engaño: todas las pompas son fúnebres».

Y a la hora de agradecer, primero «al de Arriba». Nosotros no sabemos nada, pero Él lo sabe todo. Gracias a ese Dios que hace salir el sol sobre buenos y malos y da de comer gratis et amore a los pájaros que nos despiertan cada día con su cantar no aprendido. Y después al jurado, naturalmente. Por su inmensa generosidad al acordarse de este gacetillero. Y de manera especial, al compañero que hizo la propuesta. Seguramente, el periodista más temido de estos reinos —junto al malvado Pedro Vicente—, gracias a Ignacio Foces.

Lo mejor de este premio es que lo dan los compañeros. Que es un premio de periodistas para periodistas. Con un jurado impecable en el que están representados los primeros nombres de la prensa, la radio y la televisión de Castilla y León. Si a esto se añade que el Cossío lo tenga José Jiménez Lozano, de quien me declaro ferviente discípulo. El escritor vivo más sabio y de mayor hondura del mundo hispano, entenderán que este galardón adquiera un valor muy especial para mí. Les voy a contar algo que pocos saben: cuando en la Agencia EFE me propusieron ir a Roma o venir a Valladolid, yo elegí Valladolid porque aquí estaba José Jiménez Lozano. Creo que ha sido uno de los mayores aciertos porque ello me permite estar cerca de ese reguero de lucidez y de su corazón sencillo y bueno.
Pero es que este premio lo tienen además compañeros por los que siento una admiración sin límites: Agustín Remesal, Eduardo Margareto… Y desde hoy también Nacho Gallego, Marta Bermejo, Diario de Burgos, Ana Rayaces, Francisco Alcántara.

Hace unos días, Roberto Jiménez, que es un periodista incisivo y sagaz donde los haya, me pedía algún consejo para los que empiezan en el periodismo. Decía Oscar Wilde que no des nunca un consejo, porque no te lo perdonarán, pero yo me voy a atrever a sugerir algo: lo primero, humildad. Mucha humildad, que por mucha que se tenga, nunca será suficiente. Humildad, humildad, humildad. Ay de aquel que se crea que por entrevistar al presidente de la Comisión Europea, o al del Reino de España, o al de estos reinos de Castilla y León, es alguien. Y se confunda, y se crea que tiene algún poder. Es un gacetillero. Un periodista, que si hace lo que tiene que hacer hasta puede resultar incómodo. Y luego, ilusión, mucha ilusión. Sacrificio y ambición no de trepar, sino de ser el mejor, de hacer las cosas bien.

Lo mejor de estos premios es que uno los puede ofrecer. Poder ofrecer algo es uno de los mayores placeres que da la vida. Y yo, se lo quiero ofrecer a las dos Esther: a la que yo elegí entre todas y me acompaña día tras día en este peregrinar y me espera, al otro lado de la puerta, apoyada en la curva del Cielo, para ese encuentro al que todas las estrellas del universo asistirán conmovidas. Y a la otra. A mi nieta Esther, que es la reencarnación de la primera. Que lleva la alegría de vivir en los ojos y tiene ese entusiasmo en el alma. Con el ánimo puesto en sus dichosos días venideros. Y a su madre, a mi hija Aitana, que ha heredado todas las virtudes de su madre y unos pocos defectos de su padre.

No quiero dejar de agradecer también a mis compañeros de La Razón: Raúl, Pablo, Javier, Rodrigo; y al equipo de gestión, César, David.

Gracias también a las personas que han creído y siguen creyendo en mí, y que hoy están aquí, como Antonio Méndez Pozo (…).

Credo del gacetillero

Creo en Dios Padre
Todopoderoso al otro
lado del teléfono; en
su soberana paciencia
con este gacetillero.

Creo en Jesucristo,
su único Hijo, que me
habla con palabras de
carne; en su sangre, que
corre por mis venas.

Creo en el Espíritu Santo,
Señor y dador de vida, al
que invoco desde el sueño
que sueño a solas.

Creo en la Iglesia Católica,
Apostólica y Romana, a
pesar de la Curia, los áticos
vaticanos y los obispos
lelos y tontainas.

Creo en el perdón de las
erratas, en la resurrección
de los muertos y en la vida
eterna para los gacetilleros, que,
como bien se sabe, son todos
santos y van al Cielo.

Amén

 

[El texto aquí publicado no es literal respecto a la intervención en directo]

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