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Todo un temblor

El poeta José Gutiérrez Román (Asís G. Ayerbe – Trabajo propio CC BY-SA 3.0)

Hablamos de una voz universal. De un poeta transgresor: el burgalés José Gutiérrez Román. Uno de los Premios Adonáis más celebrados de la última década. Dicen los críticos —yo no lo soy— que es un autor escondido; de esos que se ocultan y desaparecen. Pero que tienen los ojos bien abiertos a la belleza, el desvanecimiento y la ausencia; a los recuerdos,el amor y el desarraigo.

Todo un temblor, es el título de su último libro. Escrito desde la emoción de quien se siente vulnerable,apenas nada. José Gutiérrez Román es un poeta único. Sin prejuicios. Desde su primer libro, Los pies del horizonte,ha ido y va por libre. Lo primero que enseña la poesía, «de niño, en el colegio—sostiene—, es a odiar a los poetas»:

«Porque no puedes comprender su idioma
pedante y enigmático.
Luego vas aprendiendo poco a poco a quererlos,
casi sin darte cuenta, como a un perro,
que viene a saludarte cada día
y no te pide nada, sólo estar
cerca de ti y lamer tu pena».

Sostiene Gutiérrez Román que sólo cuando eres ya adolescente, intuyes que los poetas son tus aliados. Sucede,entonces, que llegas incluso a verlos como amigos. Pero, al final, como suele ocurrir con todo lo que amas demasiado…

«Te desengañas. Vuelves a pensarlo y te dices:
lo único que te enseña la poesía es a odiar
a los poetas
y a ti mismo».

El joven poeta burgalés nos ofrece, en Todo un temblor, una mirada desde la ternura de quien anda enfadado con el mundo y se sincera, a la hora de decirlas cosas como son:

«Las cosas
nos miran desde su otra vida,
esa que fingen no vivir
para nosotros».

El poeta escribe desde la verdad del verso y la dela vida —que son lo mismo—, para regresar luego a sus cosas. «Y aquí como si nada».

José Gutiérrez es uno de esos escritores que adivinan el pensamiento. Capaces de encarnar el sentimiento de muchos y convertirse, a través de la poesía, en portavoces de pensares y sentires ajenos.

Se le nota un poco cabreado con la vida,ciertamente: «esto empieza a dar asco», afirma. Y se rebela contra esos organismos inútiles que hay por el mundo, otorgando galardones igual de inútiles.

«¿Para cuándo, señor alcalde,
un vertedero de poemas en la ciudad?
¿Cuándo podré, por fin,
convertir en materia útil
toda esta porquería que me inunda?»,

Nuestro poeta no se conforma con promesas: «Tome esa bolsa de mentiras / y deles forma de verdad», advierte. Gutiérrez Román guarda lo mejor para el final: abre su corazón al reencuentro enamorado con la vida, con lo que permanece. Todo un temblor.

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Gaudeamus

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El poeta Alfredo Pérez Alencart (foto: Wellington Dos Santos)

Una tarde de verano, paseando por Salamanca, me decía el entonces alcalde de la ciudad, Julián Lanzarote, a propósito de Alfredo Pérez Alencart que, levantarle un monumento allí, frente a San Esteban, no sería suficiente para agradecerle lo que estaba haciendo por la cultura salmantina; por el puente literario que, había logrado construir, con la América hispana: «además de gran poeta, es el mejor dinamizador cultural que hemos tenido», me aseguró Lanzarote. «No conozco a nadie que se mueva con tanto entusiasmo, a la hora de promover las letras y acercar a los escritores y poetas de las dos orillas», añadió el alcalde.

Dedico esta, mi gacetilla de hoy, a Pérez Alencart y a su último libro, Gaudeamus, apenas unas semanas después de que lograra su vigésimo primer gran triunfo, con el Encuentro de Poetas Iberoamericanos, por él promovido, con un esfuerzo que —algunos lo sabemos bien— llega hasta la extenuación.

El poeta y ensayista peruano-español, profesor de Derecho del Trabajo de la Universidad de Salamanca, y que fuera secretario de la Cátedra de Poética «Fray Luis de León» es, con seguridad, una de las personas a las que más debe Salamanca, como ciudad de cultura y de saberes. Tiene publicados veinte libros, y sus versos han sido traducidos a una veintena de idiomas. Poeta «más cerca de la sangre que de la tinta», como diría Lorca, lo mejor de este escritor de pensamiento equilibrado y profundo, es su honestidad. Su capacidad para la acción solidaria.

Pérez Alencart tiene conciencia clara de lo que es el ensueño hispánico. Somos muchos los seducidos por su humanidad y sencillez: «por mi sangre gira la Última Cena. / Por mi pecho se posa la Paloma / que pacifica a los recién llegados. / Por mi abierta piel entra la luz / para la ceremonia del domingo», escribe en su poema «Comunión con Juan de Yepes», uno de los que conforman su Gaudeamus, convertido en homenaje a los 800 años de esa universidad salmantina a la que tanto aporta.

Pérez Alencart llegó a Salamanca, desde su Perú natal, con apenas veintitrés años, guiado por dos estrellas: Fray Luis y Unamuno. Más de tres décadas después, entona este Gaudeamus, cosido con un mirar distinto, junto a «lo que es y lo que ha sido…», como el mismísimo Fray Luis, desde el Patio de Escuelas y agarrado al Cristo de Unamuno: «allí, donde todo es ausencia / y es presencia».

Alfredo, tú sí que eres maestro en leyes y hospitalidades, con propios y foráneos».

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El rostro más humano de Doña Sofía

Doña Sofía: «lo principal en la vida es el otro»

 

Artículo publicado en La Razón y en todas las cabeceras del grupo Promecal, con motivo del 80º cumpleaños de la Reina Sofía

REINA SOFÍA VISITA HAITÍ

En los alrededores de la ciudad vietnamita de Hué, hay una especie de tienda de ultramarinos finos. Allí, detrás del mostrador, en un lugar preferente, se puede ver una foto grande de la Reina Sofía, rodeada de vietnamitas, mientras le explican los detalles de una iniciativa humanitaria. En Calcuta, en El Hogar del Moribundo, en uno de los pasillos por donde se mueven las Hermanas de la Caridad hay, también, otra fotografía en la que aparece la Santa Madre Teresa de Calcuta, junto a Doña Sofía. Las dos se ríen a carcajadas.

Durante las últimas décadas, la Reina Sofía ha recorrido más de cincuenta países para ver con sus ojos, tocar con sus manos el sufrimiento ajeno y aliviarlo, en la medida de lo posible. Servir y ser útil ha sido su santo y seña, a lo largo de toda su vida. Hay cientos de escuelas, viviendas sociales y proyectos para la mejora de la vida de mujeres y hombres de toda condición, que Doña Sofía ha aupado, con discreta abnegación, día tras día. Pocos como ella conocen el secreto para dar relieve a lo más humilde, desde la coherencia de un trabajo silencioso y muy tenaz.

De la ayuda humanitaria, amparada por Doña Sofía en los últimos cuarenta años, se han beneficiado miles de niños, de ancianos, de inmigrantes, de personas con discapacidad y de afectados por cualquier catástrofe. Mención especial merece su respaldo a las mujeres rurales, a través de los microcréditos, junto a su amigo el bangladesí Yunus.

La Reina lo ha tenido siempre claro: «no basta con estar, hay que hacer». Es su forma de entender la cooperación. Y así nos lo dijo en Camboya, en uno de sus viajes: «lo principal en la vida es el otro. Ese es el verdadero valor que nos corresponde cultivar». Durante muchos años, ha sido una cooperante anónima, a través de la fundación que lleva su nombre, y que creó en 1977, con un pequeño capital aportado por ella misma.

Han sido cientos de viajes por todo el mundo, para salir al encuentro de la enfermedad, del dolor, de los problemas ocasionados por la droga o el drama del alzheimer. No ha habido una persona real en el mundo que se haya entregado con semejante pasión a la cooperación. No se trata de presidencias de honor, sino de tomarle el pulso a cada una de las iniciativas en marcha. De estar allí. De aportar su propio criterios, su contribución y dinero personal.

La Reina Sofía se moja. Algunas de sus obras, como el Centro de Alzheimer, amparado por la fundación que lleva su nombre, es un ejemplo de eficacia y buen hacer, en todas partes reconocido. En Valladolid, durante una visita del principal impulsor —y se podría decir que creador— de los microcréditos, Mohammed Yunus, este le dijo al presidente de Castilla y León, Juan Vicente Herrera: «no agradeceremos nunca suficientemente la ayuda de Su Majestad. No hay fondos para pagarle lo que hace». Estaba presente el alcalde de la ciudad y dos periodistas.

La hemos visto acercarse, dar consuelo e implicarse personalmente en la vida de gente muy humilde hasta en el último rincón de España; en los países de la América Hispana; en África, también. En Senegal, en los alrededores de Dakar, en cierta ocasión, presencié cómo les explicaba a unas cooperantes lo mucho que se podía aliviar a un anciano, dándole unos masajes en las manos y en los brazos. Ella misma se puso manos a la obra, para mostrar la forma de hacerlo.

Tiene nuestra Reina esa capacidad que sólo algunos poseen para ponerse en la piel de los demás; para sentir el sufrimiento ajeno como si fueran propio. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las familias de los enfermos de alzheimer. En León, le escuché insistir una y otra vez: «tenemos que hacer todo lo posible por ayudar a los enfermos, pero sin olvidarnos de los cuidadores. Hay que cuidar al cuidador». Así es Doña Sofía a sus 80 años recién cumplidos. Puro entusiasmo. Serenamente gozosa de vivir. Capaz de mantener la paz en la adversidad, la calma en la dificultad, de crear vínculos.

 

Este artículo también se puede leer en: https://www.larazon.es/espana/el-rostro-mas-humano-de-dona-sofia-MJ20388136

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Ahora es el momento

Publicado el fin de semana del 15 y 16 de septiembre de 2018

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El amable lector agradecerá que alguien le regale, de vez en cuando, una gacetilla humanista. Estamos hartos de que todo sea crispación, confrontación y política. La antesala del totalitarismo. Nada como disfrutar de espacio para la vida. De holgura para conocer los atajos que nos permiten hacer un buen uso del sufrimiento; cultivar la dicha. Para Thich Nhat Hanh, el maestro zen más venerado del mundo, vamos mal si no empleamos, hasta el último medio a nuestro alcance, para instalarnos en la alegría de vivir, en cualquier momento; estemos en lo que estemos, hagamos lo que hagamos. Da igual. «Tan pronto como vemos que en este mismo momento ya tenemos bastante, ya somos bastante, la verdadera felicidad se hace posible», asegura Nhat Hanh. Ciertamente, el arte de la felicidad, no es otro que el arte de vivir plenamente el momento presente. El aquí y ahora son el único tiempo y espacio en el que tenemos la vida al alcance de la mano. El sólo lugar para descubrir todo aquello que buscamos: el amor, la libertad, la paz interior —semilla de todo contento— y el bienestar del cuerpo y del alma. Pero para acariciar estas realidades, se impone repensar la vida. En realidad, la buena ventura es un hábito, para el vietnamita Nhat Hanh. Liberarnos de las sensaciones de inquietud y ansia; darnos cuenta de que, justo ahora, ya tenemos más que suficientes condiciones para ser felices, es posible. Nos pasamos la vida buscando en el exterior algo que nos llene, que nos colme. Pero, mientras en nosotros subsista la ansiedad, nunca estaremos satisfechos con lo que tengamos, con lo que seamos ahora. Resultado: así, la felicidad es imposible. Se nos escapa. Se nos escurre entre los dedos. Perdemos la serenidad y la libertad que nos da el presente. Nhat Hanh, un monje budista que está provocando una transformación en muchos seres con sus enseñanzas, nos invita a dos cosas: a despertar y a rebelarnos. A gritar: «¡no quiero seguir así, esto no es vida, no tengo tiempo suficiente para mí, no tengo tiempo suficiente para amar!». Dice este poeta de honduras y activista por la paz, venerado en Oriente y Occidente que, una vez que iniciemos esa revolución en nuestra conciencia, se producirán cambios radicales en nosotros, en nuestra familia y en la sociedad. Esto nos lleva a una reflexión que hemos compartido ya en otras gacetillas: el tiempo vale mucho más que el dinero. El tiempo es vida. Necesitamos despertar. Se puede vivir de otra manera. Ah, y algo fundamental: el tiempo es amistad, amor. De igual manera que podemos ser odiosos, mezquinos y violentos, podemos convertirnos en seres compasivos, generosos, capaces de hacer que todo vaya a mejor. Ahora es el momento.

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Epidemia de soledad

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Artículo publicado el fin de semana del 3 y 4 de marzo de 2018 en todas las cabeceras del grupo Promecal

Sucedió en Burgos no hace tanto: una anciana era hallada sin vida en su casa de la barriada Juan XXIII. La soledad puede llegar a ser durísima, pero especialmente en la vejez, porque es cuando más frágiles somos. Esta burgalesa de 83 años, de la que no sabemos ni el nombre, llevaba muerta más de un año. No es un hecho aislado. Sucede con frecuencia, a pesar de que la sociedad del hartazgo pase de puntillas por estas cosas, de que apenas reparemos en ellas. En realidad, se trata de una pandemia, para la que el Estado del Bienestar parece no encontrar vacuna alguna. En el Reino Unido, que para algo son hijos de la Vieja Raposa que a todo se anticipa —por vieja y por zorra—, acaban de crear una Secretaría de Estado contra la soledad, que se ocupará de los que están o se sienten solos en aquellas islas remotas. Veamos: en España viven en soledad al menos cinco millones de almas. El problema está ahí, y se multiplica de día en día, pero seguimos sin querer darnos cuenta. Naturalmente, no se trata sólo de los más mayores. La soledad afecta también a otras edades. Hay quien piensa, y no le falta razón, que esta sociedad conduce al aislamiento: se tienen menos hijos, la familia se dispersa; las nuevas tecnologías conectan por un lado, pero desconectan por otro y la conciliación entre vida laboral, familiar y personal, sigue siendo una asignatura pendiente. Apenas hay tiempo para la amistad —que es el plato fuerte de la vida—, para la pareja; para los hijos y los nietos. Nuestros vínculos afectivos son muy frágiles. «Formar una familia tiene, a veces, poco o ningún sentido para muchos jóvenes; lo importarte para ellos es  estudiar y actualizarse tecnológicamente, incorporarse al mercado laboral, viajar. Todo, menos comprometerse», asegura la colombiana Lucy Gutiérrez, quien ve en el individualismo un éxito rotundo del sistema. Razón no le falta: el capitalismo produce mujeres y hombres obsesionados sólo por la satisfacción de sus propios deseos y expectativas. A mí siempre me ha parecido que lo ideal es la soledad en buena compañía. La riqueza, la vida, está en el roce con el otro. En la curiosidad por los demás. Es decir: en vivir en compañía, complementándose y respetando el espacio de cada uno. Siempre he admirado a esas personas que, por la razón que sea, viven solas pero permanecen acompañadas a toda hora. Que encuentran tiempo para escuchar y atender a los demás, incluso mejor que otros que viven acompañados. ¿Cuál el secreto? ¿Dónde está la respuesta? Tal vez, en vivir en estado de plenitud y alegría. No lo sé. Parecería que las cosas vayan más por disfrutar de la vida, con el corazón abierto de par en par y en paz con uno mismo, que por cualquier Secretaría de Estado contra la soledad.

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Cataluña con la Reina Sofía

Publicado en El bloc del gacetillero el 23 de febrero de 2017, en todas las cabeceras del Grupo Promecal

Nunca sabremos lo mucho que hizo la Reina Sofía, por impulsar la restauración de ese gran teatro que es el Liceo de Barcelona, tras el asolador incendio de 1994. Lo reconoció, en su día, el propio presidente de la Generalitat. El Liceo es «un valioso patrimonio para Cataluña y para toda España», recordaba una vez más Doña Sofía, el pasado lunes, al recibir la medalla de oro del Circle del Liceu, que pocos tienen. Apenas habían transcurrido unas horas, desde que las llamas devastaran el que había sido, desde 1847, escenario de las más prestigiosas obras, interpretadas por los mejores cantantes de todo el mundo, y Doña Sofía ya se había puesto manos a la obra para reclutar a personas e instituciones en favor de su reconstrucción. Dicen en Barcelona, que fue la primera en llamar y colocarse al frente de la movilización. El pasado día 20 sucedió algo en lo que vale la pena reparar: cientos de personas vitorearon en el histórico teatro a Doña Sofía con un «¡viva la Reina!» tras otro, como muestra de gratitud por apoyar de manera tan eficaz su resurrección en gloria y majestad. Un día en el que se le abrieron, también, las puertas de ese exclusivo club catalán —el más antiguo de España— con 170 años de historia, que se dice pronto, y del que forman parte casi mil socios que representan a todos los sectores de la sociedad civil catalana. «Queremos agradeceros muy sinceramente todo lo que significáis para la cultura y la música de nuestro país», le dijo a la Reina Sofía, Salvador Alemany, presidente del patronato del Gran Teatro. La madre del Rey ha tenido mucho que ver, ciertamente, con que el Liceo vuelva a ser esa realidad viva y pujante de la que tan orgullosos se sienten los catalanes, «muestra del mejor espíritu de superación», como ya se encargó de destacar la homenajeada esa noche. En su intervención, Doña Sofía quiso insistir en el estrecho vínculo que siente con la ciudad de Barcelona. La Reina Sofía habla poco pero, cuando lo hace, no da puntada sin hilo. Si la inmensa mayoría de nosotros nos sentimos identificados con la Corona, cómodos con la Monarquía, lo es en buena medida, gracias a esta mujer abnegada, ejemplar en el cumplimiento de sus deberes, cuya vida está presidida por el amor a sus compatriotas. La Reina Sofía sabe imprimir un ritmo de normalidad a cuanto hace, así atraviese las circunstancias más adversas. ¡Lo hemos visto tantas veces! Pase lo que pase, ella es capaz de sacar lo mejor de cualquier acontecimiento o situación, por irritante que sea, siempre con una sonrisa, con una palabra amable. Cualquier ocasión le parece aprovechable para afianzar la convivencia. A la vista está. Por algo se la respeta y, lo que es más importante, se la quiere tanto, allá donde va.

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Un prelado «rojo» para el Opus Dei

Publicado en la edición nacional de LA RAZÓN

Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei

Fernando Ocáriz, en un encuentro con mujeres del Opus Dei

Nació en el exilio. El nuevo prelado del Opus Dei, que estará a partir de ahora al frente de más de 90.000 fieles distribuidos en 60 países, es hijo del éxodo y el llanto. Fernando Ocáriz vio la luz en París, donde se aprende a volar y abraza el amor con la soledad: A Paris, a Paris mon coeur sén va… El español Fernando Ocáriz, era hijo de represaliados del franquismo. Su padre, militar republicano, había llegado a la capital francesa huyendo de un seguro Consejo de Guerra, con su mujer y sus siete hijos. Fernando, el más pequeño, vería la luz junto al Sena. Aquél chavalín delgaducho, vivaracho y muy inquieto, que no desaprovechaba oportunidad de hacer alguna trastada a sus hermanos siempre que podía y al que encantaba dibujar y que con el paso de los años sería físico, es ahora la cabeza de un movimiento universal con cientos de escuelas y centros educativos, decenas de universidades y de hospitales en todo el mundo, muchos de ellos en los lugares más pobres y olvidados, como el de Monkole, que yo visité con Abdouyulaye Traoré, y que me impresionó por su limpieza, y por el sosiego y la alegría que allí se respiraba.

Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes

Ocáriz es el sucesor de Javier Echevarría, un hombre de probada grandeza humana y sobrenatural, que pasó por la vida haciendo el bien a manos llenas y prestó impagables servicios a la Iglesia con eficacia y discreción. A los dos les gustaba el tenis, pero le solía ganar Ocáriz. Algo que Don Javier aprendió a aceptar —pero le costó— con resignación cristiana. Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes, para escuchar y compartir. Fernando Ocáriz es un hacedor de amigos. Así me lo pareció la primera vez que lo saludé. En veces sucesivas, me llamó la atención su mirada amable; ese gesto tan suyo, contenido y muy educado. Algo tímido, tal vez, aunque no por eso menos cercano. Equilibrado y prudente. Más le vale. Buena falta le va a hacer para gobernar una organización tan dinámica como el Opus, con gentes de toda ralea y en plena transformación, para regocijo de algunos y tembladera de otros. Dicen los que le tratan a diario que, a Ocáriz, desde ayer uno de los españoles más influyentes del mundo, le distingue la sensatez y el sentido común. Entre sus retos: hacer comprensible el Opus Dei a las personas de buena fe que no lo entienden. Algo para lo que le vendrá bien olfatear la calle y, sobre todo, escuchar y hacer caso a las mujeres del Opus, atentas como nadie al palpitar que salta a borbotones por las venas del vivir.

Este artículo está publicado en: http://www.larazon.es/opinion/columnistas/un-prelado-rojo-para-el-opus-dei-BP14391770

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