Artículos, Promecal

Ahora es el momento

Publicado el fin de semana del 15 y 16 de septiembre de 2018

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El amable lector agradecerá que alguien le regale, de vez en cuando, una gacetilla humanista. Estamos hartos de que todo sea crispación, confrontación y política. La antesala del totalitarismo. Nada como disfrutar de espacio para la vida. De holgura para conocer los atajos que nos permiten hacer un buen uso del sufrimiento; cultivar la dicha. Para Thich Nhat Hanh, el maestro zen más venerado del mundo, vamos mal si no empleamos, hasta el último medio a nuestro alcance, para instalarnos en la alegría de vivir, en cualquier momento; estemos en lo que estemos, hagamos lo que hagamos. Da igual. «Tan pronto como vemos que en este mismo momento ya tenemos bastante, ya somos bastante, la verdadera felicidad se hace posible», asegura Nhat Hanh. Ciertamente, el arte de la felicidad, no es otro que el arte de vivir plenamente el momento presente. El aquí y ahora son el único tiempo y espacio en el que tenemos la vida al alcance de la mano. El sólo lugar para descubrir todo aquello que buscamos: el amor, la libertad, la paz interior —semilla de todo contento— y el bienestar del cuerpo y del alma. Pero para acariciar estas realidades, se impone repensar la vida. En realidad, la buena ventura es un hábito, para el vietnamita Nhat Hanh. Liberarnos de las sensaciones de inquietud y ansia; darnos cuenta de que, justo ahora, ya tenemos más que suficientes condiciones para ser felices, es posible. Nos pasamos la vida buscando en el exterior algo que nos llene, que nos colme. Pero, mientras en nosotros subsista la ansiedad, nunca estaremos satisfechos con lo que tengamos, con lo que seamos ahora. Resultado: así, la felicidad es imposible. Se nos escapa. Se nos escurre entre los dedos. Perdemos la serenidad y la libertad que nos da el presente. Nhat Hanh, un monje budista que está provocando una transformación en muchos seres con sus enseñanzas, nos invita a dos cosas: a despertar y a rebelarnos. A gritar: «¡no quiero seguir así, esto no es vida, no tengo tiempo suficiente para mí, no tengo tiempo suficiente para amar!». Dice este poeta de honduras y activista por la paz, venerado en Oriente y Occidente que, una vez que iniciemos esa revolución en nuestra conciencia, se producirán cambios radicales en nosotros, en nuestra familia y en la sociedad. Esto nos lleva a una reflexión que hemos compartido ya en otras gacetillas: el tiempo vale mucho más que el dinero. El tiempo es vida. Necesitamos despertar. Se puede vivir de otra manera. Ah, y algo fundamental: el tiempo es amistad, amor. De igual manera que podemos ser odiosos, mezquinos y violentos, podemos convertirnos en seres compasivos, generosos, capaces de hacer que todo vaya a mejor. Ahora es el momento.

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Artículos, Promecal

Epidemia de soledad

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Artículo publicado el fin de semana del 3 y 4 de marzo de 2018 en todas las cabeceras del grupo Promecal

Sucedió en Burgos no hace tanto: una anciana era hallada sin vida en su casa de la barriada Juan XXIII. La soledad puede llegar a ser durísima, pero especialmente en la vejez, porque es cuando más frágiles somos. Esta burgalesa de 83 años, de la que no sabemos ni el nombre, llevaba muerta más de un año. No es un hecho aislado. Sucede con frecuencia, a pesar de que la sociedad del hartazgo pase de puntillas por estas cosas, de que apenas reparemos en ellas. En realidad, se trata de una pandemia, para la que el Estado del Bienestar parece no encontrar vacuna alguna. En el Reino Unido, que para algo son hijos de la Vieja Raposa que a todo se anticipa —por vieja y por zorra—, acaban de crear una Secretaría de Estado contra la soledad, que se ocupará de los que están o se sienten solos en aquellas islas remotas. Veamos: en España viven en soledad al menos cinco millones de almas. El problema está ahí, y se multiplica de día en día, pero seguimos sin querer darnos cuenta. Naturalmente, no se trata sólo de los más mayores. La soledad afecta también a otras edades. Hay quien piensa, y no le falta razón, que esta sociedad conduce al aislamiento: se tienen menos hijos, la familia se dispersa; las nuevas tecnologías conectan por un lado, pero desconectan por otro y la conciliación entre vida laboral, familiar y personal, sigue siendo una asignatura pendiente. Apenas hay tiempo para la amistad —que es el plato fuerte de la vida—, para la pareja; para los hijos y los nietos. Nuestros vínculos afectivos son muy frágiles. «Formar una familia tiene, a veces, poco o ningún sentido para muchos jóvenes; lo importarte para ellos es  estudiar y actualizarse tecnológicamente, incorporarse al mercado laboral, viajar. Todo, menos comprometerse», asegura la colombiana Lucy Gutiérrez, quien ve en el individualismo un éxito rotundo del sistema. Razón no le falta: el capitalismo produce mujeres y hombres obsesionados sólo por la satisfacción de sus propios deseos y expectativas. A mí siempre me ha parecido que lo ideal es la soledad en buena compañía. La riqueza, la vida, está en el roce con el otro. En la curiosidad por los demás. Es decir: en vivir en compañía, complementándose y respetando el espacio de cada uno. Siempre he admirado a esas personas que, por la razón que sea, viven solas pero permanecen acompañadas a toda hora. Que encuentran tiempo para escuchar y atender a los demás, incluso mejor que otros que viven acompañados. ¿Cuál el secreto? ¿Dónde está la respuesta? Tal vez, en vivir en estado de plenitud y alegría. No lo sé. Parecería que las cosas vayan más por disfrutar de la vida, con el corazón abierto de par en par y en paz con uno mismo, que por cualquier Secretaría de Estado contra la soledad.

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Cataluña con la Reina Sofía

Publicado en El bloc del gacetillero el 23 de febrero de 2017, en todas las cabeceras del Grupo Promecal

Nunca sabremos lo mucho que hizo la Reina Sofía, por impulsar la restauración de ese gran teatro que es el Liceo de Barcelona, tras el asolador incendio de 1994. Lo reconoció, en su día, el propio presidente de la Generalitat. El Liceo es «un valioso patrimonio para Cataluña y para toda España», recordaba una vez más Doña Sofía, el pasado lunes, al recibir la medalla de oro del Circle del Liceu, que pocos tienen. Apenas habían transcurrido unas horas, desde que las llamas devastaran el que había sido, desde 1847, escenario de las más prestigiosas obras, interpretadas por los mejores cantantes de todo el mundo, y Doña Sofía ya se había puesto manos a la obra para reclutar a personas e instituciones en favor de su reconstrucción. Dicen en Barcelona, que fue la primera en llamar y colocarse al frente de la movilización. El pasado día 20 sucedió algo en lo que vale la pena reparar: cientos de personas vitorearon en el histórico teatro a Doña Sofía con un «¡viva la Reina!» tras otro, como muestra de gratitud por apoyar de manera tan eficaz su resurrección en gloria y majestad. Un día en el que se le abrieron, también, las puertas de ese exclusivo club catalán —el más antiguo de España— con 170 años de historia, que se dice pronto, y del que forman parte casi mil socios que representan a todos los sectores de la sociedad civil catalana. «Queremos agradeceros muy sinceramente todo lo que significáis para la cultura y la música de nuestro país», le dijo a la Reina Sofía, Salvador Alemany, presidente del patronato del Gran Teatro. La madre del Rey ha tenido mucho que ver, ciertamente, con que el Liceo vuelva a ser esa realidad viva y pujante de la que tan orgullosos se sienten los catalanes, «muestra del mejor espíritu de superación», como ya se encargó de destacar la homenajeada esa noche. En su intervención, Doña Sofía quiso insistir en el estrecho vínculo que siente con la ciudad de Barcelona. La Reina Sofía habla poco pero, cuando lo hace, no da puntada sin hilo. Si la inmensa mayoría de nosotros nos sentimos identificados con la Corona, cómodos con la Monarquía, lo es en buena medida, gracias a esta mujer abnegada, ejemplar en el cumplimiento de sus deberes, cuya vida está presidida por el amor a sus compatriotas. La Reina Sofía sabe imprimir un ritmo de normalidad a cuanto hace, así atraviese las circunstancias más adversas. ¡Lo hemos visto tantas veces! Pase lo que pase, ella es capaz de sacar lo mejor de cualquier acontecimiento o situación, por irritante que sea, siempre con una sonrisa, con una palabra amable. Cualquier ocasión le parece aprovechable para afianzar la convivencia. A la vista está. Por algo se la respeta y, lo que es más importante, se la quiere tanto, allá donde va.

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Artículos, La Razón

Un prelado «rojo» para el Opus Dei

Publicado en la edición nacional de LA RAZÓN

Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei

Fernando Ocáriz, en un encuentro con mujeres del Opus Dei

Nació en el exilio. El nuevo prelado del Opus Dei, que estará a partir de ahora al frente de más de 90.000 fieles distribuidos en 60 países, es hijo del éxodo y el llanto. Fernando Ocáriz vio la luz en París, donde se aprende a volar y abraza el amor con la soledad: A Paris, a Paris mon coeur sén va… El español Fernando Ocáriz, era hijo de represaliados del franquismo. Su padre, militar republicano, había llegado a la capital francesa huyendo de un seguro Consejo de Guerra, con su mujer y sus siete hijos. Fernando, el más pequeño, vería la luz junto al Sena. Aquél chavalín delgaducho, vivaracho y muy inquieto, que no desaprovechaba oportunidad de hacer alguna trastada a sus hermanos siempre que podía y al que encantaba dibujar y que con el paso de los años sería físico, es ahora la cabeza de un movimiento universal con cientos de escuelas y centros educativos, decenas de universidades y de hospitales en todo el mundo, muchos de ellos en los lugares más pobres y olvidados, como el de Monkole, que yo visité con Abdouyulaye Traoré, y que me impresionó por su limpieza, y por el sosiego y la alegría que allí se respiraba.

Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes

Ocáriz es el sucesor de Javier Echevarría, un hombre de probada grandeza humana y sobrenatural, que pasó por la vida haciendo el bien a manos llenas y prestó impagables servicios a la Iglesia con eficacia y discreción. A los dos les gustaba el tenis, pero le solía ganar Ocáriz. Algo que Don Javier aprendió a aceptar —pero le costó— con resignación cristiana. Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes, para escuchar y compartir. Fernando Ocáriz es un hacedor de amigos. Así me lo pareció la primera vez que lo saludé. En veces sucesivas, me llamó la atención su mirada amable; ese gesto tan suyo, contenido y muy educado. Algo tímido, tal vez, aunque no por eso menos cercano. Equilibrado y prudente. Más le vale. Buena falta le va a hacer para gobernar una organización tan dinámica como el Opus, con gentes de toda ralea y en plena transformación, para regocijo de algunos y tembladera de otros. Dicen los que le tratan a diario que, a Ocáriz, desde ayer uno de los españoles más influyentes del mundo, le distingue la sensatez y el sentido común. Entre sus retos: hacer comprensible el Opus Dei a las personas de buena fe que no lo entienden. Algo para lo que le vendrá bien olfatear la calle y, sobre todo, escuchar y hacer caso a las mujeres del Opus, atentas como nadie al palpitar que salta a borbotones por las venas del vivir.

Este artículo está publicado en: http://www.larazon.es/opinion/columnistas/un-prelado-rojo-para-el-opus-dei-BP14391770

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Artículos

Premio al empeño con el saber

Publicado el 1 de enero de 2017 en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal

El gobierno de España acaba de otorgar, a la Fundación Duques de Soria, la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes, por su aportación al enriquecimiento artístico y la conservación del patrimonio. «La Fundación Duques de Soria es el mejor ejemplo del empeño humano de la sociedad civil por el saber y el bienestar de las gentes». Lo decía, va a hacer ahora ocho años, Evaristo Abril. El entonces rector de la Universidad de Valladolid, acababa de investir doctores honoris causa a la Infanta Doña Margarita y a su esposo, Don Carlos Zurita. Lo hacía excepcionalmente en Soria, en un acto presidido por la Reina Doña Sofía. Cuando se puso en marcha esta Fundación, por iniciativa de Doña Margarita y Don Carlos, allá por 1989, hace 27 años, los Duques de Soria tenían muy claro lo que querían: aquella sería, por encima de todo, una apuesta por la ciencia y la cultura en el mundo hispano. Por el progreso de la Comunidad Iberoamericana de Naciones y el bienestar de sus gentes. Por el ensueño hispánico. Desde entonces, no han hecho otra cosa que impulsar programas relacionados con las más diferentes áreas del saber; de colaborar con instituciones como la Real Academia Española, el Instituto Cervantes o la Asociación Internacional de Hispanistas, para el estudio y difusión de lo español, en su sentido más amplio, mediante actividades complementarias a las programadas por las universidades. El resultado, a la vista está: más de seiscientas conferencias, cientos de seminarios, decenas de elementos del patrimonio histórico recuperados; casi cinco mil becas de las que se han beneficiado jóvenes de todo el mundo. Pese a la crisis, la Fundación Duques de Soria continúa facilitando encuentros sobre el idioma español; promoviendo acciones a largo plazo con una visión amplia y universal de la educación; y respaldando la labor de personas e instituciones vinculadas al hispanismo internacional. Las visitas a su web se cuentan por cientos de miles. Sería difícil encontrar quien haga más por el hispanismo —desde Castilla y León—, trabajando desde Soria, con proyección universal. Muchos aspectos del saber tal vez no se abordarían, si esta fundación no existiera. Pero lo mejor de la Duques de Soria, con Rafael Benjumea y José María Rodríguez-Ponga al timón desde el primer minuto, es que creen en la importancia de lo que hacen, sin importarles si están o no de moda las cosas de las que se ocupan. Es más, como gusta decir la Infanta Doña Margarita: «Tendemos a distanciarnos de las modas que, por definición, son transitorias». Por suerte, sigue habiendo personas con pensares y sentires distintos. Instituciones que trabajan con verdades perennes.

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Javier Echevarría, la ilusión de cada día

Artículo publicado el 18 de diciembre de 2016 en El bloc del gacetillero, en todos los diarios del grupo Promecal

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Le faltaban pocas horas para morir cuando, al despedirse de uno de los médicos que le atendían, al acabar su jornada y regresar a casa, le dijo: «dale un abrazo a tu esposa de mi parte. Yo, normalmente, no abrazo mujeres. Pero lo hago a través de los maridos». Así era Javier Echevarría, el Prelado del Opus Dei, que acaba de fallecer, y al que dedico esta gacetilla mía semanal. Era mi amigo. Le quería. Aprendí mucho de Don Javier. Un hombre que se desvivía por los demás. Pendiente de lo cercano. Escuchaba, se volcaba en el otro. Pendiente de las pequeñas cosas de cada día. Con sencillez. La misma con la que respondió al desafío de ser el sucesor de dos santos: San Josemaría y Álvaro del Portillo. Era una de esas personas hábiles para colarse en la vida de los demás y quedarse en los pliegues de su corazón. Me demostró su amistad con creces. Con detalles de esos que sólo los verdaderos amigos tienen y que no se olvidan nunca. Como aquella Misa que quiso celebrar por voluntad suya, tras la muerte de mi adorada Esther, y cuya homilía —larga y muy sentida— le dedicó, con palabras de carne, de hondura y de consuelo que me acompañarán de por vida. Solos él y yo, en aquella cripta romana donde ahora reposan sus restos, junto a dos amigos. Nadie más. ¿Acaso se puede tener un gesto de más cariño y cercanía? No había carta en la que no me preguntara por mi hija, por su marido y, también, por la pequeña Esther, por la que compartía mi debilidad. En el corazón de Don Javier cabían todos. Era una de esas raras personas capaces de hacerte sentir que sólo existes tú en el mundo. El mérito está en que eso, que para él era tan natural, lo lograba con muchos. Cuando nos encontrábamos, me decía con una sonrisa de oreja a oreja: «Jesús, ya estamos juntos los tres. Esther, tú y yo». Y ni yo ni nadie de mi familia éramos del Opus Dei. Me gustó aquello que le escuché cuando ordenó sacerdote a ese muchacho alegre, muy alegre, al que yo había tenido como secretario de redacción de EFE: «no sois psicólogos, ni sociólogos, ni antropólogos: sois Cristo mismo». Pienso que, si algo marcó su vida, fue eso que repite a toda hora el Papa Francisco de ir a las periferias. Don Javier no hizo otra cosa en su vida. Acababa de regresar de Estonia cuando cayó enfermo. Hacía suyo el dolor ajeno. Se ponía en la piel de los demás. Los refugiados, los desempleados, los enfermos, estaban constantemente en su ánimo, en su plegaria. La noche de su muerte, como él estaba con suero, su preocupación era por qué no le traían la bandeja con la cena a la persona que le acompañaba. Ese era Don Javier. Son estas las personas que aúpan la vida.  ¿Quién dijo que Don Javier se ha ido? Las personas como él permanecen siempre. No se van nunca.

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Artículos, La Razón

Con las botas puestas

Obituario sobre Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, publicado en LA RAZÓN el 14 de diciembre de 2016

Había algo indescriptible en él. Su serenidad, su mirada limpia, muy limpia. Esa paz que transmitía. No hacía falta ser del Opus Dei para darse cuenta. Así lo percibimos muchos que, sin serlo, estuvimos cerca de él. Desde la primera vez que nos encontramos, su presencia me ha acompañado. Don Javier escuchaba, compartía. Pertenecía más al cielo que a la tierra.
Pero era admirable hasta qué punto tenía los pies clavados en el suelo. Su conocimiento del corazón humano, de lo cotidiano, te desconcertaba. No parecía un cura al uso. Le tenía tomado el pulso a esas pequeñas cosas de las que está amasado el día a día.
Sólo sabía de levantar la vida con el otro, de aupar juntos la esperanza. Algo que es muy de agradecer. Para Don Javier todo tenía arreglo. Era estupendo ese talante suyo optimista; alegre, muy alegre. Dejo para otros la tarea de recordar su capacidad para orientar el Opus Dei en tiempos cambiantes, su fidelidad a la Iglesia y todas esas vainas. Me quedo con el amigo que se ha ido. Con esos detalles suyos tan cercanos. Con sus palabras de carne. Con la persona sencilla, que huía de solemnidades.
Don Javier era un hombre de su tiempo. Un viajero incansable. Cuando nos veíamos, me preguntaba por mi último periplo y compartíamos andanzas. La muerte le ha sorprendido trabajando. En esta familia son así: se mueren con las botas puestas. Así sucedió con San Josemaría que acababa de llegar de charlar con un grupo de mujeres —que son lo mejor de esa casa—; se repitió con el Beato Álvaro del Portillo, a su regreso de una peregrinación a Tierra Santa. Y ha vuelto a suceder con él, recién llegado de Estonia y Finlandia.
Hace unos días me envió, a través de nuestro común amigo Marc, una pequeña cruz procedente de Tierra Santa. Tenía su sentido: la última vez que nos vimos —atravesaba yo ciertas complicaciones—, habíamos recordado aquel verso de Jiménez Lozano que dice «nuestra única certeza es una cruz». Don Javier, cogiéndome la mano me dijo: «Esto lo estamos pasando los dos juntos. Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Y con nosotros está Esther». ¡Cómo no lo iba a querer!

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