Artículos, Promecal

El Madrid de Aganzo

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 28 y 29 de septiembre de 2019

El poeta y periodista Carlos Aganzo

A Madrid se la ama por igual desde la barra de una taberna que desde la butaca del teatro, la ópera y el musical; desde una terraza de Lavapiés, o en el Mercado de San Miguel, entre tapas, cañas y sabrosas barcas de manzana. Paseando por la Gran Vía o en el Prado, frente a los azules de Velázquez y los blancos de Zurbarán. En realidad, Madrid son muchos madriles.

Desde el capitalino, hasta ese otro más íntimo de tascas y fondas centenarias, casas de comidas, chocolaterías, callejones donde igual apuñalan a condes que a chulapos, o pasadizos lentos, que se abren a conventos y casas de mancebía, por el Madrid de los Austrias. 

De esa Villa y Corte de la Cultura, y de las Artes, que saca pecho ante el mundo, y del otro Madrid, transgresor y desmelenado, que se adentra en la noche con sus seducciones y su cama rica y no termina de ver el amanecer, habla Carlos Aganzo, el que fuera director de El Norte de Castilla, Diario de Ávila y subdirector del desaparecido Ya, además de prolífico autor, en su última obra, titulada Madrid, con la que la  editorial Tintablanca inicia una singular colección de libros de viaje, cuidada y exquisita, para los amantes de los viajes y la buena literatura; gustosos de libros y disfrutones, en definitiva, que aman la originalidad y saben apreciar lo bueno.

Esta guía de Madrid abre las puertas a un modo diferente de contar las ciudades, a partir del cuaderno tradicional, que se rescata y se reinventa, a través de la caligrafía, la escritura y el dibujo, de la mano de los primeros nombres de las letras y el periodismo, como es el caso de Carlos Aganzo, quien ha dejado la huella de su talento y sagacidad en el periódico, la poesía, la radio y la televisión.

A Aganzo le distingue la bondad personal y una inteligencia serena, que marca su quehacer periodístico, e incansable tarea como dinamizador del saber en todas sus formas. Pero como nadie es perfecto, como bien sabe el amable lector, a nuestro autor le distingue igualmente la ironía y la retranca del gozador que es, como queda de manifiesto en las páginas de este Madrid, bellamente ilustrado con pinceladas originales y únicas por Ximena Maier.

Un diez para Tintablanca, que ha arriesgado, en tiempos revueltos para el papel y los libros, con mucho esfuerzo y mimo, para ofrecernos una pieza de artesanía creada con amor, desde lo útil y esa capacidad de sorprender, imprescindible a todo viaje.

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Arde el tiempo

Publicado en El bloc del gacetillero, el fin de semana del 28 de abril de 2018

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El poeta Carlos Aganzo (FOTO: Wellington Dos Santos)

En la voz de Carlos Aganzo se escuchan todas las voces. Incluso las que callan:

«Negras voces distantes
que llaman desde lejos
y saben nuestros nombres
y aguardan en los claros de los bosques
a que andemos perdidos
para poder llevarnos a su reino
de misterio y de bruma».

Voces que claman desde dentro y nos hablan cuando menos lo esperamos. «Redoble de conciencia», las llama el poeta. Tal vez el eco de otras, que no se acaban de ir y nos persiguen con paciencia. Encendidas voces, ciertamente, que vienen de lo alto. Arde el tiempo es el título del último libro de Carlos Aganzo, convertido en uno de los pilares más recios de las letras del mundo hispano. Nuestro poeta ha logrado vaciar su poesía de lugares comunes, de tópicos y banalidades: algo que pocos consiguen. Aganzo tiene esa capacidad para espigar en los adentros y desmenuzar lo que importa con palabras luminosas. Deja su alma abierta cuando escribe, frente al desasosiego y a «esa extraña conciencia / de no ver acomodo en ningún sitio». Desde la serenidad de un pensamiento profundo, como aquel «frailecillo de risa»  —despreciado por los Calzados y de nombre Juan de la Cruz—, Aganzo camina también por ínsulas extrañas y «más adentro en la espesura» se pregunta si «¿acaso debe un hombre / fiel a la tradición de sus mayores, / desnudarse en silencio, / dejar su ropa y sus lamentaciones / dobladas en un banco / antes de entrar, solícito, en la cámara / de las dudas profundas (…)?». Que nadie espere de Arde el tiempo versos complacientes para pasar el rato. Son estas unas páginas dolorosas y hasta terribles. Escritas con su sangre, con todas las sangres. No comprende el poeta el silencio de Dios, ni por qué le hurta su perdón y su alivio. Y aún menos por qué le mantiene en la tiniebla, donde oculta a sus ángeles caídos:

«Dime dónde están ahora
aquellos que gritaban
mi nombre entre las palmas.
Dónde cuando el dolor
de la traición y el engaño
se fue llagando en mi frente
como corona de espinas».

En su noche oscura, «no hay sino esperar a las señales / de luz de las alcobas interiores; / allí donde canta el río / donde el aire desvela / con sus coplas de amor al prisionero». A nuestro poeta, no le importa confesar —frente al mar de las tinieblas— que hay momentos de desgarro en que la libertad le sabe a miedo. Le gustaría vivir sobre un puente de sueños que uniera las hazañas de los hombres con el sacrificio de los héroes. Nada es ajeno a su preocupación.

«Toda la noche se oyeron pasar pájaros
y un rechinar ahogado de cadenas
en el cuarto a media luz del almirante».

Desde la enredadera azul de las palabras, Carlos Aganzo ha escrito un libro de calidad que desnuda su noche más íntima, su voz más secreta.

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Aganzo «En la Región de Nod»

Promecal, 6 de marzo de 2015

«Debajo de mi piel hay otra piel / que late a contramuerte», exclama el poeta, asomado al sagrado holocausto tendido del cuerpo amado. «Así fuimos creados: carnívoros y ansionsos», advierte Carlos Aganzo, quien no oculta su sed de trascendencia, sus íntimas certezas. «Hacia abajo se crece / más arraigado y firme que hacia arriba». El poeta se pregunta por la vida, con sus sueños, anhelos y juegos clandestinos. Se descubre llorándose a sí mismo. ¿Por qué Dios se ha cansado? ¿Acaso no lo sabes?: «Es la sangre de Abel, / clamando tras la tierra, / la que exige que siga en el camino / buscando el paraíso». Instalado en esa tierra estéril donde habitó Caín después de matar a su hermano, Carlos Aganzo se enfrenta En la Región de Nod, su último libro, a la desolación del que ha perdido el Edén. Desde el fondo del alma, desde la esperanza del amor, nuestro poeta indagará sobre la desesperación y el castigo, y se interrogará sobre el perdón y la culpa. Pero Carlos Aganzo es, sobre todo, un poeta del amor que salva de la muerte. «Nuestras vidas son los ríos que van a dar al amor», proclama. Lo vuelve a demostrar En la Región de Nod, un libro en el que desgrana el sentir del hombre, como ya lo hiciera en Las voces encendidas y Caídos Ángeles. A Aganzo le pierde todo lo que la vida tiene de exceso y de derroche. Esos días, «como dardos de amor / de punta placentera y venenosa». Es la vida a cara o cruz. Escribe el poeta con fuego en el corazón, desde el aullido del dolor, desde el alambre del vivir. En la región de Nod, Aganzo entrelaza su poesía con lo más gozosa y amargamente humano: «Nadie hoy debería / ser un hombre y llamarse / hombre tras esta hora / si no se reconoce / como hijo ilegítimo del tiempo, / como sal de esperanza para el mar».
Canta de nuevo el mundo en la recia ternura de Carlos Aganzo. Poeta de palabra secreta, tejida con el hilo del silencio, En la Región de Nod, se sitúa entre los más altos libros de la poesía hispana.

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