Artículos, La Razón, Promecal

El rostro más humano de Doña Sofía

Doña Sofía: «lo principal en la vida es el otro»

 

Artículo publicado en La Razón y en todas las cabeceras del grupo Promecal, con motivo del 80º cumpleaños de la Reina Sofía

REINA SOFÍA VISITA HAITÍ

En los alrededores de la ciudad vietnamita de Hué, hay una especie de tienda de ultramarinos finos. Allí, detrás del mostrador, en un lugar preferente, se puede ver una foto grande de la Reina Sofía, rodeada de vietnamitas, mientras le explican los detalles de una iniciativa humanitaria. En Calcuta, en El Hogar del Moribundo, en uno de los pasillos por donde se mueven las Hermanas de la Caridad hay, también, otra fotografía en la que aparece la Santa Madre Teresa de Calcuta, junto a Doña Sofía. Las dos se ríen a carcajadas.

Durante las últimas décadas, la Reina Sofía ha recorrido más de cincuenta países para ver con sus ojos, tocar con sus manos el sufrimiento ajeno y aliviarlo, en la medida de lo posible. Servir y ser útil ha sido su santo y seña, a lo largo de toda su vida. Hay cientos de escuelas, viviendas sociales y proyectos para la mejora de la vida de mujeres y hombres de toda condición, que Doña Sofía ha aupado, con discreta abnegación, día tras día. Pocos como ella conocen el secreto para dar relieve a lo más humilde, desde la coherencia de un trabajo silencioso y muy tenaz.

De la ayuda humanitaria, amparada por Doña Sofía en los últimos cuarenta años, se han beneficiado miles de niños, de ancianos, de inmigrantes, de personas con discapacidad y de afectados por cualquier catástrofe. Mención especial merece su respaldo a las mujeres rurales, a través de los microcréditos, junto a su amigo el bangladesí Yunus.

La Reina lo ha tenido siempre claro: «no basta con estar, hay que hacer». Es su forma de entender la cooperación. Y así nos lo dijo en Camboya, en uno de sus viajes: «lo principal en la vida es el otro. Ese es el verdadero valor que nos corresponde cultivar». Durante muchos años, ha sido una cooperante anónima, a través de la fundación que lleva su nombre, y que creó en 1977, con un pequeño capital aportado por ella misma.

Han sido cientos de viajes por todo el mundo, para salir al encuentro de la enfermedad, del dolor, de los problemas ocasionados por la droga o el drama del alzheimer. No ha habido una persona real en el mundo que se haya entregado con semejante pasión a la cooperación. No se trata de presidencias de honor, sino de tomarle el pulso a cada una de las iniciativas en marcha. De estar allí. De aportar su propio criterios, su contribución y dinero personal.

La Reina Sofía se moja. Algunas de sus obras, como el Centro de Alzheimer, amparado por la fundación que lleva su nombre, es un ejemplo de eficacia y buen hacer, en todas partes reconocido. En Valladolid, durante una visita del principal impulsor —y se podría decir que creador— de los microcréditos, Mohammed Yunus, este le dijo al presidente de Castilla y León, Juan Vicente Herrera: «no agradeceremos nunca suficientemente la ayuda de Su Majestad. No hay fondos para pagarle lo que hace». Estaba presente el alcalde de la ciudad y dos periodistas.

La hemos visto acercarse, dar consuelo e implicarse personalmente en la vida de gente muy humilde hasta en el último rincón de España; en los países de la América Hispana; en África, también. En Senegal, en los alrededores de Dakar, en cierta ocasión, presencié cómo les explicaba a unas cooperantes lo mucho que se podía aliviar a un anciano, dándole unos masajes en las manos y en los brazos. Ella misma se puso manos a la obra, para mostrar la forma de hacerlo.

Tiene nuestra Reina esa capacidad que sólo algunos poseen para ponerse en la piel de los demás; para sentir el sufrimiento ajeno como si fueran propio. Que se lo pregunten, por ejemplo, a las familias de los enfermos de alzheimer. En León, le escuché insistir una y otra vez: «tenemos que hacer todo lo posible por ayudar a los enfermos, pero sin olvidarnos de los cuidadores. Hay que cuidar al cuidador». Así es Doña Sofía a sus 80 años recién cumplidos. Puro entusiasmo. Serenamente gozosa de vivir. Capaz de mantener la paz en la adversidad, la calma en la dificultad, de crear vínculos.

 

Este artículo también se puede leer en: https://www.larazon.es/espana/el-rostro-mas-humano-de-dona-sofia-MJ20388136

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Artículos, Promecal

El poder invisible del Rey

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 14 y 15 de octubre de 2017

Piensan algunos —y tal vez no les falte razón—, que el Rey, cuanto más invisible, mejor. El Rey está presente siempre, pero sin intervenir. Trabaja en la sombra, ciertamente. Se le ve, sobre todo, en días complicados como los que estamos viviendo. Cuando más se necesita una bocanada de serenidad, de ilusión y sensatez. Se ha dicho muchas veces, pero no está de más recordarlo, que un rey no es sólo eso. Es, sobre todo, una Institución. Alguien que trasciende la política. Un rey encarna la Corona, que es la unidad y la continuidad de un pueblo. Si algo está percibiendo el pueblo español, estos días, es que la Corona es una institución que va más allá de los partidos y de sus afanes por conquistar el poder y repartirse el botín. Lo mejor de este Rey, sencillo, cercano, especialmente con los más débiles, es su voluntad de escuchar y comprender. Pero Don Felipe advierte y aconseja también, aunque casi nunca nos enteremos de estas cosas. Está ahí para infundir tranquilidad, para alentar y dar holgura. Lo que no es cualquier cosa, desde luego. Y esto es lo que se percibe, felizmente. Su discreta influencia —ignorada casi siempre—, en vidriosas decisiones económicas, políticas o diplomáticas, es el mejor servicio que el Rey puede prestar, y él lo sabe. Especialmente, en situaciones complejas como esta por la que atravesamos. Nuestro Rey lo está haciendo impecablemente. Si algo se percibe en estas horas críticas, es la calidez y el cariño de los españoles hacia él y Doña Letizia. Sobre todo, al comprobar hasta qué punto su buen hacer asegura la unidad nacional y la continuidad histórica de la nación española. En realidad, Felipe VI, ha conseguido, en poco tiempo, un cambio sustancial en la imagen de la Monarquía, con una conducta ejemplar. Nuestro Rey es juicioso, infunde serenidad; fomenta el diálogo como nadie. Simboliza muy bien la concordia entre españoles. Felipe VI tiene ante sí una segunda Transición y no puede cometer un solo error, ni torpeza alguna. Hasta ahora, no lo ha hecho. Una vez más, los niños nos dan la pista en cosas de tanto alcance como estas que nos ocupan. ¿Qué es un Rey para ti?, es la pregunta que se hace cada año para un concurso a escolares de toda España. Resulta de lo más esclarecedor comprobar las respuestas que dan con sus trabajos estos chicos y chicas de entre 8 y 13 años. Como aquella imagen de Ana Jordá, con esa maceta en la que cada flor, hecha con papel, tiene pintados los colores de una Comunidad Autónoma. Y la imagen del Rey es la regadera que lleva el agua a todas ellas. A tener en cuenta, también, la reflexión de Don Felipe, ante los ganadores de este año: «aprendo de todo lo que me decís; es un recordatorio que os agradezco».

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La otra mirada de la Reina

Publicado en El bloc del gacetillero

Dos veces ha estado la Reina en Castilla y León esta semana, con un mismo mensaje, tanto en Palencia como en Burgos: la invitación al empeño de todos para aupar una sociedad «con personas mejores, más conscientes, más responsables, más despiertas». Dice Doña Letizia que, para levantar la vida —que es de lo que se trata—, se requiere del esfuerzo individual, cada uno desde su lugar. A la Reina le gusta recordar la figura del maestro. Lo hace siempre que tiene ocasión. De «tantos maestros que un día nos ayudaron a abrir los ojos, a mirar de otra manera». Sus palabras han gustado y no sólo en la comunidad educativa. También su llamamiento a un saber consciente y no a la mera acumulación de información y datos, sino a cultivar esos pensares y sentires «que nos hacen mejores y nos sitúan en el lugar donde estamos, el que sea, con inteligencia y sentido de la responsabilidad». ¿Acaso no es esto lo que más necesitamos?: el esfuerzo individual, la constancia, la capacidad de trabajo, el saber dónde se está y qué hacer. «El compromiso y el tomar las riendas de la vida propia, con voluntad de aprender y haciéndolo sin olvidar los valores que deberían ir más allá de lo material», en expresión de Doña Letizia. Se nota mucho, en estas intervenciones de la Reina, que son palabras suyas. Que no se las dicta nadie. De hecho, ella misma reconoció, en Burgos, que improvisa, a veces. «Bueno, no mucho, un poco». Las posibilidades de una Reina a la hora de expresarse son muy limitadas para no impartir doctrina; para no ofender a nadie. Pero Doña Letizia, tiene los pies en el suelo. Por eso acierta en su decir. Tanto en Palencia como en Burgos, ha hablado poco. No más de quince líneas. Apenas una gacetilla. Pero ha sabido, una vez más, ir al grano. Poco ruido y muchas nueces. Lo mejor de esta Reina —a la que no se lo han puesto fácil— es que, poco a poco, está abriéndose paso en muchos corazones, dejando huella. Tiene hondura. Sus palabras no caen en saco roto. Por ahí, por ahí van los tiros, ciertamente.

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Una Reina de hoz y coz

Promecal, 29 de mayo de 2015

Suchitoto es la vieja capital cultural de El Salvador. Con lindas casas coloniales y empedradas calles. Luis María Anson nos convocó allí a los delegados de EFE en Centroamérica y el Caribe, para proyectar su dimensión humanística y cultivada, antes de que las atrocidades de una guerra de esas que no gana nadie, la pusieran patas arriba. Brotan de nuevo en mi iberoamericano corazón aquellos días azules de mi América del alma, al ver ahora a la Reina tan en su sitio, tan sonriente y bella; rodeada de cientos de escolares uniformados, dichosos de tenerla allí, en ese agitar de banderas y vítores a Doña Letizia. Este periplo de la Reina por Honduras y El Salvador, además de llevar el cariño, el aliento y el apoyo de España a sus gentes —o tal vez por eso, sería mejor decir— es un importantísimo viaje de Estado. Los años vividos y gozados en iberoamérica, me han persuadido de lo superficiales que somos los españoles a la hora de valorar la importancia de nuestros gestos para con la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Por suerte, esta Reina sí entiende la América hispana. Y la ama, desde el compromiso. El hecho de que Doña Letizia esté dedicando en esta ruta solidaria unos buenos ratos a mantener reuniones de trabajo —a puerta cerrada y sin cámaras—, para conocer y comprometerse en lo que se está haciendo y lo que se podría hacer por la dignidad de la mujer o la lucha contra la pobreza, por la salud y la educación, lo dice todo de su seriedad y voluntad de servir y ser útil. Esta es una mujer de recia personalidad. Ni le gustan las medias tintas, ni se conforma con conocer el sufrimiento de los demás y acompañarlo desde la distancia. Quiere implicarse de hoz y coz. El pueblo iberoamericano es estupendo. Es agradecido y nos quiere bastante más de lo que pensamos, salvo alguna excepción que no viene al caso. Es mucho lo que una reina puede hacer con sólo sugerir. No digamos si se moja y hace un seguimiento tenaz. Todo apunta a que la cooperación española, y la América hispana con ella, están de enhorabuena.

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