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Huellas

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 9 y 10 de junio de 2018

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El poeta Jorge de Arco (Foto: Wellington Dos Santos)

Jorge de Arco. Detrás de este nombre, suena la voz limpia del campo. Uno de los poetas más originales y firmes de nuestras letras. Huellas es el último libro del Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. El poeta sueña en estas páginas, al otro lado de la puerta y se agita con todos sus miedos inflamados, frente al barro de su sombra, mientras escribe con mano febril. Se pregunta Jorge de Arco por la ausencia que se vuelve piedra y río, y «se derrama en las sábanas del tiempo», por «aquellos paraísos, aquellos mediodías / aquellos / pájaros del clamor y la nostalgia». «Vivir es volver», recuerda este profesor universitario de Literatura Española e Hispanoamericana. Tal vez por ello, dos décadas después de haber iniciado su andadura lírica, vuelve hasta aquellos sus primeros versos, para reencontrarse con un tiempo en el cual la poesía le concedió su certidumbre y su fervor. Han pasado más de veinte años. Durante este tiempo, el poeta ha ido creciendo en la dicha fugaz de ver cumplidos muchos anhelos y ha podido comprobar cómo sus poemas iban surgiendo de la mano de lo vivido. Ahí quedan, para siempre, obras que enriquecen nuestras letras y dan holgura al vivir. Títulos como El árbol de tu nombre; La constancia del agua; La casa que habitaste, premio San Juan de la Cruz; Las horas sumergidas y El sur de tu frontera, entre otros bellísimos poemarios. O su completa antología de poesía mística y ascética, Llama de amor viva. Nadie antes había traspasado así, con esa ternura, la herida enamorada de aquel a quien los Calzados tenían por un frailecillo de risa. Jorge de Arco dirige, desde hace más de una década, la revista Piedra de Molino. Unas páginas que caldean los corazones de poetas con talento, de aquí y de allá. Hay de todo un poco en los versos  de Jorge de Arco: paisajes reales y menos reales, silencios de ayer e instantes de hoy. Late el cielo en la tierra en la obra de este escritor imprescindible. Jorge de Arco dedica estas Huellas a su madre. Huele el libro a ella, mientras se asoma a esa ausencia constante y lanza esta súplica al aire: «Cuando sueltas / la tarde de mi mano, / cómo sería ver el mar desde la playa de tus ojos». Pero lo mejor de Jorge de Arco es su hombría de bien; su exquisita caballerosidad espiritual: «la soledad reclama su lugar y su instante / y la misma agonía que respiran / las ruinas recientes de mis párpados, / recorre los cimientos de este hogar / de esta conciencia de cal y llanto». El poeta clama desde los resquicios del alma, desde el común resplandor de la sangre. La misma sangre que «salta a borbotones, al otro lado del día y de la noche», porque «… es la hora del trigo y los arcángeles, / es la hora del alma y del relámpago», ciertamente.

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Habitar la vida

Publicado el fin de semana del 26 y 27 de mayo de 2018 en todas las cabeceras del Grupo Promecal

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Photo by Anton Atanasov on Pexels.com

Pasamos por las cosas sin habitarlas. Hablamos con los demás, sin atender. Ni escuchamos, ni somos escuchados. La velocidad a la que vivimos nos impide vivir. Tal vez por eso, precisemos más que nunca de una lentitud que nos proteja del atolondramiento y la imbecilidad ambiental. De tanta desmesura y banalidad. Pero, ¿cómo retomar el vivir y acercarnos a lo que de verdad importa? ¿A lo que permanece intacto, más allá de las apariencias? La respuesta la tiene el portugués José Tolentino Mendoça. Una de las mentes más lúcidas de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Tolentino, se encuentra entre las voces más originales del Portugal contemporáneo, tanto por su capacidad para sacudir las conciencias con sus ensayos, como por la firmeza de sus convicciones en este tiempo de descendimientos. Merece la pena reparar en alguien capaz de explorar, por ejemplo, el agradecimiento, no sólo de lo que nos ha sido dado, sino también de lo que no nos dan. El perdón, la perseverancia, la ciencia de saber y la de no saber, ocupan un lugar preferente de sus reflexiones. Su Pequeña teología de la lentitud es el libro más delicioso que he leído en años. Toca algunos de los temas que más me interesan. Y, como a mí, intuyo que a muchos: la felicidad, la espera, el arte de bien morir, la alegría como tarea cotidiana o la compasión, no sólo como capacidad para sufrir con el otro, sino para padecer en lugar del otro. El cuidar, acoger y amar como único santo y seña del vivir. El arte de mitigar el dolor no sólo con medicamentos, sino caldeando corazones, debería ser una asignatura obligada desde la educación infantil hasta la universidad. En definitiva: aprender a proteger la fragilidad —la propia y la ajena— y aprender a estar con los otros con capacidades nuevas. A tirar de ese hilo que da sentido a la vida, por más oculto y frágil que sea. Acompañarnos los unos a los otros. Habitar, decía Heidegger, significa «proteger y cultivar». Para sustentar su afirmación, el filósofo recurre a esta cita: «Dios, el Señor, tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara». Labrar, compartir, prestar amparo. ¡Qué es todo esto, sino vivir en bondad, en verdad y en belleza! O lo que es lo mismo: ser felices. En la vida, sólo existe una pregunta realmente importante, al decir de Millan Kundera: ¿por qué no somos felices? La respuesta tal vez sea nuestra incapacidad para diferenciar entre felicidad y bienestar, para darnos cuenta de que la verdadera dicha presupone un aprendizaje, un conocimiento, una actitud. Un saber lo que vivimos o dejamos de vivir. Una tarea imposible, cuando vivimos secuestrados por el día a día y no damos espacio a lo más humano.

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Meditar

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Ramiro Calle (Foto: Wellington Dos Santos)

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 12 y 13 de mayo de 2018

Situarnos en el momento presente. Sosegar la mente. La meditación es como un árbol frondoso, con un sinfín de ramas, flores y frutos, que brotan de un mismo tronco universal. De la sensibilidad de las tradiciones espirituales. A este apasionante tema, que interesa cada vez a más, dedica Ramiro Calle su última obra, Cien técnicas de meditación. Un libro bellamente prologado por Jesús Aguado y editado con esmero por Kairos, que vuelve a apostar por el pionero de la meditación y el yoga en el mundo hispano. Ramiro Calle dedica conmovido su obra a los casi seiscientos mil alumnos que, a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, han acudido gozosos a sus clases en el centro Shadak. Las enseñanzas orientales insisten en que la rigidez es muerte y la flexibilidad es vida, pero esta afirmación no se refiere sólo a la elasticidad del cuerpo, sino también a la de las emociones. Hay que evitar aferrarse a los propios puntos de vista y esquemas mentales; cultivar la capacidad de ser útil. Ponerse en la piel del otro. Jamás emperrarse en imponer nuestras propias convicciones a capa y espada, como muy bien recuerda nuestro yogui. Es la flexibilidad mental la que nos hace comprensivos, tolerantes y capaces de descubrir al otro. Somos más abiertos, más porosos. Son estas unas páginas directas. Escritas a manera de mantras. En ellas, como no podía ser de otra forma, el autor de libros inolvidables como El faquir, va desde el yoga al taoísmo, el budismo, el sufismo o la mística cristiana. El autor de Cien técnicas de meditación —como Ramana Maharshi—, conoce muy bien el alma humana: «al lado del corazón físico, hay otro espiritual en el que uno puede adentrarse, hasta crear un ánimo de recogimiento y presencia divina». Pero, ¿qué es meditar? El autor de casi trescientas obras filosóficas y espirituales repartidas por todo el mundo, lo explica así: «meditar es vaciar la mente de pasado y de futuro, para abrirse a la gloria del momento presente, logrando así que el color sea más color y el sonido más sonido. Desarrollar la intuición para poder ver la realidad última de las cosas, liberándose de las redes del ego y conectando con la naturaleza que reside en la propia mente, cuando esta es capaz de volverse hacia sí misma». No se puede expresar mejor, ciertamente. Ofuscación, avidez, odio, sufrimiento inútil, desequilibrio, emociones tóxicas, desorden, suciedad, dispersión, desasosiego, desgana, ansiedad, bullicio… En todo esto y mucho más se repara con acierto y naturalidad en Cien técnicas de meditación. Ramiro Calle nos muestra, con esa sagacidad e ingenio, como sólo él sabe hacerlo, el camino para vivir conscientes, en lugar de ser vividos.

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Arde el tiempo

Publicado en El bloc del gacetillero, el fin de semana del 28 de abril de 2018

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El poeta Carlos Aganzo (FOTO: Wellington Dos Santos)

En la voz de Carlos Aganzo se escuchan todas las voces. Incluso las que callan:

«Negras voces distantes
que llaman desde lejos
y saben nuestros nombres
y aguardan en los claros de los bosques
a que andemos perdidos
para poder llevarnos a su reino
de misterio y de bruma».

Voces que claman desde dentro y nos hablan cuando menos lo esperamos. «Redoble de conciencia», las llama el poeta. Tal vez el eco de otras, que no se acaban de ir y nos persiguen con paciencia. Encendidas voces, ciertamente, que vienen de lo alto. Arde el tiempo es el título del último libro de Carlos Aganzo, convertido en uno de los pilares más recios de las letras del mundo hispano. Nuestro poeta ha logrado vaciar su poesía de lugares comunes, de tópicos y banalidades: algo que pocos consiguen. Aganzo tiene esa capacidad para espigar en los adentros y desmenuzar lo que importa con palabras luminosas. Deja su alma abierta cuando escribe, frente al desasosiego y a «esa extraña conciencia / de no ver acomodo en ningún sitio». Desde la serenidad de un pensamiento profundo, como aquel «frailecillo de risa»  —despreciado por los Calzados y de nombre Juan de la Cruz—, Aganzo camina también por ínsulas extrañas y «más adentro en la espesura» se pregunta si «¿acaso debe un hombre / fiel a la tradición de sus mayores, / desnudarse en silencio, / dejar su ropa y sus lamentaciones / dobladas en un banco / antes de entrar, solícito, en la cámara / de las dudas profundas (…)?». Que nadie espere de Arde el tiempo versos complacientes para pasar el rato. Son estas unas páginas dolorosas y hasta terribles. Escritas con su sangre, con todas las sangres. No comprende el poeta el silencio de Dios, ni por qué le hurta su perdón y su alivio. Y aún menos por qué le mantiene en la tiniebla, donde oculta a sus ángeles caídos:

«Dime dónde están ahora
aquellos que gritaban
mi nombre entre las palmas.
Dónde cuando el dolor
de la traición y el engaño
se fue llagando en mi frente
como corona de espinas».

En su noche oscura, «no hay sino esperar a las señales / de luz de las alcobas interiores; / allí donde canta el río / donde el aire desvela / con sus coplas de amor al prisionero». A nuestro poeta, no le importa confesar —frente al mar de las tinieblas— que hay momentos de desgarro en que la libertad le sabe a miedo. Le gustaría vivir sobre un puente de sueños que uniera las hazañas de los hombres con el sacrificio de los héroes. Nada es ajeno a su preocupación.

«Toda la noche se oyeron pasar pájaros
y un rechinar ahogado de cadenas
en el cuarto a media luz del almirante».

Desde la enredadera azul de las palabras, Carlos Aganzo ha escrito un libro de calidad que desnuda su noche más íntima, su voz más secreta.

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Silencio

Publicado el fin de semana del 28 y 29 de marzo de 2018

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El maestro zen Thich Nhat Hahn

La Semana Santa me da pie para dedicar mi gacetilla de esta semana a algo tan valioso como el silencio. Al poder de la quietud en un mundo ruidoso. Detenerse, respirar y acallar el pensamiento. En esos tres sencillos gestos reside el secreto de la paz y de la dicha. Vivir en un estado de plenitud y alegría, apreciar el gozo de vivir y sentirse en armonía con uno mismo y con los demás no son, para nada, algo reservado a unos pocos escogidos. Lo recuerda el vietnamita Thich Nhat Hanh, que se encuentra entre los líderes espirituales más respetados del mundo. Nhat Hanh lleva toda una vida enseñando a cultivar la ventura interior mediante el recurso más poderoso: el silencio. Porque sólo cuando la mente se acalla podemos escucharnos y atisbar nuestro propósito en la vida. Silencio es el título de su último libro. Unas páginas espléndidas en las que se muestra cómo la quietud interior es la base de la alegría y el bienestar. Pasamos gran parte de nuestra vida buscando la felicidad, sin percatarnos de que vivimos rodeados de auténticas maravillas. El sólo hecho de estar vivos y caminar cada día es todo un milagro. La alegría de vivir nos está llamando, día tras día, casi a cada instante, pero le hacemos oídos sordos. En nuestra cabeza, asegura Thich Nhat Hanh está sonando constantemente una radio: la del «PSP». Es decir la melodía del Pensar Sin Parar, transmitiendo desde los adentros una música que no siempre es la más linda del mundo, como proclama el lema de la cadena Radio Caracol, transmitiendo desde Bogotá la «música más linda del mundo». No es el caso. Nuestra mente está llena de ruido, por eso no escuchamos la llamada de la vida. Cuando no es el pasado, es el futuro. Y nos sucede aquello que decía John Lennon de que, «la vida es eso que pasa mientras tú haces otros planes». Así, intentemos vivir el presente. Tenemos demasiadas veces la cabeza en otra parte. Acertaba John Lennon. Anhelamos o esperamos que nos ocurra algo que nos alegre la vida, pero está pasando ya. Los místicos de Oriente y Occidente nos enseñan que para existir de verdad tenemos que estar libres de pensamientos, ansiedades, miedos y deseos. Oír, ver y ser, simplemente. Casi nada. Lo sencillo que parece y lo difícil que eso es. En toda la historia de la humanidad nunca hemos tenido al alcance de la mano tantos medios para comunicarnos: teléfonos, tablets, mensajes de texto, correos electrónicos, redes sociales… Pero continuamos sin dominar lo que más importa: el arte de escuchar y de hablar con sentido. Ni nos escuchamos de verdad los unos a los otros, ni atendemos a los demás de forma abierta y sincera. Pero sucede que sólo la escucha profunda lleva a la comprensión, que es la verdadera conexión. Algo que sólo se logra cultivando el silencio.

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Lastre

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 28 y 29 de octubre de 2017

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El poeta soriano Fermín Herrero (foto: Wellington Dos Santos)

Hablo del poeta de la letra menuda. Fermín Herrero se expresa con humildad, sin alzar la voz. Como si pidiera perdón por escribir. Convencido de que en el silencio está todo. Y de que el tiempo manda. «El tiempo manda siempre», advierte el poeta. «La tarde desde aquí, cómo / está de quieta, de tranquila. / Nadie. Es lo mismo el silencio, / las piedras, aquel olmo / en que me amparo. / Nadie». Pero nuestro poeta se ampara también en la luz serena, que es lo mismo, demorándose sobre la loma. Y en el tintineo de un rebaño. Fermín Herrero escribe desde la generosidad del austero. Con la honradez y la decencia de las gentes de la tierra adentro, que saben el secreto del grano y la labor; que el pan solo se gana íntegro en los años malos, con las palabras justas. La Junta de Castilla y León, ha tenido el acierto de arracimar en una completa antología, con el título de Lastre, algunos de los poemas más bellos de los numerosos libros del Premio Castilla y León de las Letras. Fermín Herrero es una voz que suena vigorosa y recia en el mundo hispano. Un poeta de hondura, con un conocimiento intenso de la palabra, que escucha, que comparte; que sabe, también, que la moral está en bancarrota. Un hombre de convicciones que se expresa desde la sencillez de lo cotidiano, con admirable claridad. Leer a este soriano universal es asomarse a lo que de verdad importa. Fermín Herrero es valiente, muy valiente, a la hora de mostrar tanta devastación: «ahora que cualquier mequetrefe pasa / por estadista y por filántropo el cacique, por flamenco / el morugo y por cuco, el neutral / ahora que el poder se ha vuelto saleroso, campechano / y bastante chambón, en aras / del disimulo más vale hacerse pazguato, si no / lerdo al menos adoquín para / igualarse de veras y ya de paso contribuir / al encantador éxito de la impostura». Es lo que él llama el «tiempo de los usureros». Sus versos se leen con profunda emoción, tanto por la verdad que desgranan, como por esa atención al pedregal cotidiano, a lo que habla bajito. Siempre en el rigor de los límites, siempre mirando al cielo, pero con los pies clavados en el suelo, como se ve en esta Balada del perdedor: «a los que arman mucho ruido, a los que sacan pecho, / deja pasar. A los que apuntan muy alto o tienen prisa por dar / primero, a los que empujan o a aquellos que están / tan seguros de sí mismos que no se asombran / de nadie, cédeles el paso. Que te pisen fuerte también / los negociantes, los emprendedores, los que humillan, / los que dirigen. Deja que te atropellen. En estas / condiciones, no aspires a ser un hombre de provecho». Así dialoga con la vida, en el siglo XXI, este hombre cabal, este poeta imprescindible.

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Un sistema que mata

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal el fin de semana del 30 de septiembre y 1 de octubre de 2017

Estamos inmersos en un sistema que mata. Unas estructuras que «descartan a millones de seres como si fueran simples objetos de usar y tirar», en palabras del Papa Francisco. Parecería que hay que cambiar el rumbo, ciertamente. Pero volvemos a lo de siempre: ¿cómo llevar a cabo esa transformación social, deseada por tantos? No tengo la respuesta. Tan solo algunos pensares para compartir con el amable lector. Difícil tarea en una sociedad rendida al individualismo posesivo, al hedonismo y el hartazgo de comprar, poseer y consumir. Un mundo que invita a la indiferencia, en el que todo es morbo y espectáculo; que normaliza la exclusión y banaliza la vida y el dolor de muchos. Todo está por hacer y todo es posible, sin duda. Jesús Sanz, profesor de Antropología Social de la Universidad Complutense de Madrid, uno de los pensadores más activos a la hora de defender, a capa y espada, que no es verdad que no exista alternativa para un mundo mejor —que sí la hay—, sostiene que esa acción transformadora depende, en gran medida, de la actitud personal de cada uno; de los gestos más cotidianos, para levantar —con la ayuda de todos—, iniciativas colectivas. Dejemos claro, para empezar, que la concepción económica dominante parte de una falsa premisa: el crecimiento ilimitado es posible: no es verdad, si para ello se siguen violentando los límites humanos y de la naturaleza. Una tendencia, además, agravada por el consumo desaforado de los recursos. Parecería que las cosas van por otro lado: tal vez si construyéramos una realidad social, laboral y ambiental más humana, una forma de vida sobria y coherente con nuestras convicciones, las cosas podrían enderezarse y avanzar hacia donde aconseja el buen sentido. «La indiferencia y la pérdida de sensibilidad constituyen el consenso pasivo que hace posible el desorden existente», advierte Díaz-Salazar. A estas alturas del paseo, está claro que los números se han distanciado de lo humano. Las personas contamos poco. Importa el billete. E importa, hasta tal punto, que se llega a considerar normal que algunos banqueros, por poner un ejemplo, cobren millones por arruinar a cientos de miles. No hace falta ser de derechas, ni de izquierdas, para comprender que hay unos valores morales que impiden a cualquier persona  bien nacida tragar con estas y otras fechorías. Es difícil encontrar un orden tan desordenado éticamente, como este nuestro. Mientras casi todo esté al servicio de los mandamás de turno y no de personas con rostro, con nombre y apellidos, mal iremos. Mientras sigamos aceptando, con una complicidad cómoda y muda, que unos nos consideremos más dignos que otros, el sistema seguirá matando.

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