Artículos, Promecal

La felicidad donde no se espera

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 7 y 8 de julio de 2018

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Suele ser así. La felicidad, esa que nos aleja de cualquier tristeza o desánimo y es portadora de una alegre y serena quietud, brota donde no se espera. Y, casi siempre, de un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Sólo cuando se logra transformar el corazón —tantas veces de piedra—, en un corazón de carne y hablar, también, con palabras de carne, son las cosas de forma muy distinta en la vida. La felicidad donde no se espera es el título de la obra de Jacques Philippe, cuidadosa y bellamente editada por la editorial Rialp, en su colección Patmos. Me ha gustado especialmente, porque se trata de una sencilla reflexión, sin pretensiones teológicas, sobre las Bienaventuranzas. Vamos, que puede ayudar a cualquiera y ser entendido por gacetilleros cortitos, como el que esto escribe, lo cual es siempre de agradecer. Más que nada porque, si de algo está enfermo nuestro mundo, es de insaciable avidez y codicia. Así que viene bien darle una vuelta a las enseñanzas de El Galileo, como medio para construir una sociedad más dichosa. Jacques Philippe hace, en estas páginas, interesantes consideraciones. Como esta: tendemos a sentirnos propietarios de dones que no nos pertenecen. «A utilizar, por ejemplo, el bien que hacemos, para fabricarnos un pequeño pedestal sobre el que nos subimos. Para juzgar a los demás y creernos superiores a ellos». Da en la diana el autor de La paz interior: cuando se es pobre de espíritu, siempre se es agradecido. No se considera nada como debido, por aquello de que «porque me conozco, me temo»; cualquier bien que haya en nuestra vida es, casi siempre, un regalo. Y eso alimenta nuestro agradecimiento. Cuesta aceptarnos en nuestra fragilidad, en nuestra debilidad; con nuestros borrones. Ser humilde en la relación con uno mismo es todo un reto. Sin embargo, por ahí, por ahí van las cosas. Por ahí llega la felicidad. Por donde no se espera. La pregunta sería: ¿por qué tenemos esta tendencia a apropiarnos de dones que no son nuestros, para hinchar nuestro ego? De esta necesidad permanente de reconocimiento y autobombo; de que nuestra vida y nuestra persona estén siempre sobrevaloradas a nuestros propios ojos y ante los de los demás. Todo vale, para amplificar y alimentar el ego, que es «el mayor falsario» como bien advierte el gran Ramiro Calle. Al ego no le basta con nada. ¡Cuántas veces no hemos escuchado, aquello de que el mayor negocio del mundo sería comprar a una persona por lo que realmente vale, y venderla por lo que cree que vale! Pues bien, la respuesta la da Jacques Philippe, en La felicidad donde no se espera: la experiencia de Dios. Regresar a esas verdades eternas que algunos se empeñan en arrancar de cuajo, ante la pasividad de tantos

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Pasarlo en grande

Publicado en El bloc del gacetillero (en todas las cabeceras del grupo Promecal), 14 de agosto de 2016

¿Hay algo realmente crucial en esta vida? Tal vez un par de cosas, como mucho, que nada tienen que ver con el éxito o la cuenta de resultados. Me lo recuerda con su habitual sagacidad y buen humor Rafael Santandreu, el autor de Las gafas de la felicidad y El arte de no amargarse la vida. ¡Qué importante esto de entender que la vida, para disfrutarla de veras y no de burlas, hay que vivirla sin esa obsesión por ser eficaces —por acertar o no—, que nos meten en la cabeza desde pequeños! La obsesión por destacar y ser alguien, es el camino más seguro para amargarse la existencia. Sólo en no querer ser más que nadie, sino uno más, está la senda segura hacia lo que verdaderamente importa: una mente fuerte contra viento y marea. La ansiedad, las depresiones, la fatiga crónica y demás malestares de nuestros días, asociados al estrés y a esas neuras que nos inculcan a diario para mantener el negocio, se desvanecen cuando les plantamos cara. Pero es que, además, si observamos tantas y tantas situaciones existenciales de dolor, de tanto dolor a nuestro alrededor, lo nuestro pasa inmediatamente a un segundo plano. Clarividente como él es, Santandreu recoge en su último libro Ser feliz en Alaska, la anécdota de un joven que acude a un campamento de leñadores para pedir trabajo. Al ver que apunta maneras por su fortaleza física, el capataz lo contrata sin pensárselo dos veces. Durante su primer día corta decenas de árboles. El segundo, su producción se reduce a la mitad, a pesar de esforzarse hasta la extenuación. Y el tercero, golpea los troncos con toda la furia pero, aún así, los resultados descienden. Cuando el capataz se percata del escaso rendimiento pregunta al joven leñador: «¿Cuándo fue la última vez que afilaste el hacha?», y este le responde: «es que no tengo tiempo, estoy tan atareado que no puedo ocuparme de esas cosas». Pues eso: que andamos tan ocupados talando árboles que nos olvidamos de vivir. Pero volvamos, amable lector, a la pregunta del principio: ¿qué es lo verdaderamente esencial en esta vida? Pues pasárselo en grande. Es decir, compartir cariño y tiempo; escuchar y atender al otro, desde la honestidad y el respeto. Emocionarse con todo, día tras día, desde el convencimiento de que cada instante de nuestra vida puede ser glorioso. De nosotros depende. En definitiva: vivir para el amor, para la amistad, que es fuente de alegría, de plenitud. En fin, que fallar o acertar no es lo importante, ciertamente. Lo que importa es disfrutar, compartir los anhelos. Nuestros días pasan en un santiamén: con suerte, unos pocos años en la cresta de la ola y, en cuanto te quieres enterar, se acabó y ¡que pase el siguiente! Pero nos emperramos en no darnos cuenta.

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El desobediente Mestre

Promecal, 5 de junio de 2015

Prefiere la vida al otro lado del río de la desobediencia, mientras espera la crecida de las aguas de la revuelta. Juan Carlos Mestre es un escritor de esos que creen que la poesía es un proyecto espiritual, una manera de estar en el mundo para escapar a la imbecilidad ambiental; para plantar cara y no morir de achaque de necio. En realidad, lo de Mestre es una utopía. Porque defender que lo prohibido no está prohibido, o que lo que importa en la vida son «todas las cosas pequeñas que se pueden envolver con cuidado en un pañuelo», no me negarán ustedes que es propio de alguien que anda grillado. El caso es que, el poeta berciano, acaba de publicar su antología esencial, que va de 1981 a 2014 y que titula Historia natural de la felicidad. Una de esas ediciones austeras, pero muy dignas y bellísimas en sus simplicidad, a las que nos tiene acostumbrados el Fondo de Cultura Económica. Afiliado al Sindicato de Apuntadores de Teatro, las ensoñaciones irreversiblemente libertarias de Mestre, saltan a borbotones en las páginas de este libro, que habla de diminutos amores y desvela lo que lleva un poeta en la mochila. Al universal leonés, lo que de verdad le importa, es la poesía como resistencia a la legislatura del mal, como testigo incómodo de la conciencia. La palabra restituyendo el sentido que le han robado los mercaderes de la usura. La lucha por los derechos civiles a la felicidad, frente a la certeza del miedo. Juan Carlos Mestre quiere una alianza con los descontentos y los débiles, que haga algún día la vida más llevadera y más justa. No se anda por las ramas, nuestro poeta, que vuelve a disparar sin contemplación alguna ─as usually─ contra el rostro de impostores y farsantes. La poesía no es el lugar para los cobardes, ciertamente. Eso se aprecia muy bien en esta Historia natural de la felicidad. Un libro que ensancha la conciencia y el horizonte del porvenir humano y muestra, una vez más, que donde hay un verdadero poeta hay un insumiso dispuesto a ejercer su derecho a estar en desacuerdo, caiga quien caiga.

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