Artículos, La Razón, Promecal

El último romántico

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal y en LA RAZÓN, el fin de semana del 21 y 22 de julio de 2018

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Mariano Fazio, autor de El último romántico

A veces se encontraba frío, seco, sin ganas de nada. El cansancio, la desgana —una cierta apatía, incluso—, estuvieron presentes en su alma y en su cuerpo, como en la vida de cualquier mortal. Lo cuenta Mariano Fazio, campechano sacerdote argentino, con toda naturalidad, hablando del fundador del Opus Dei, en un libro muy ameno y original: El último romántico: San Josemaría en el siglo XXI. Dice Fazio del universal aragonés —probablemente el español más influyente del siglo XX— que, a pesar de los pesares, «no se dejaba llevar por la ley del gusto, sino que perseveraba con energía humana». Medulan estas páginas la alegría, el buen humor, la trascendencia del amor y de la vida familiar. Pero, sobre todo, la repercusión humana y social de la vida de cada cristiano, a través de su trabajo. Recuerda el autor la pasión por la libertad del fundador del Opus Dei: «no me dejéis a mí como el último de los románticos», gustaba decir Escrivá, quien añadía: «este es el romanticismo cristiano: amar la libertad de los demás». Fazio coge el toro por los cuernos. Se atreve con las debilidades de los católicos —objetivas, lamentables—. Recuerda que el fundador del Opus era muy consciente de estas calamidades. Tal vez por ello animaba a no fijarse tanto en las cualidades o flaquezas de eclesiásticos y cristianos de a pie —lo que sería quedarse en la superficie—, sino a ver la Iglesia como lo que es: «Cristo presente entre nosotros, sosteniéndonos en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria». Mariano Fazio logra, con El último romántico, acercar la espiritualidad del Opus Dei, un movimiento universal de fieles de cierta complejidad, y no siempre bien entendido, ni bien explicado por ellos mismos, todo hay que decirlo. Apoyado en reflexiones espontáneas del fundador, Fazio evoca cosas poco sabidas, como la convicción de Escrivá de que «si el Opus Dei no fuera para Dios, para servir a la Iglesia, sería mejor que se disolviera». Interesante el capítulo que dedica a demostrar que no hay dogmas en las cosas temporales. Un acierto hacerlo, además, de la mano de John Wiggett, el avispado personaje que regenta una posada en la novela de Dickens. En fin, uno de esos libros necesarios; bien escrito. Llama la atención la apuesta que hace Fazio —nada menos que vicario general del Opus Dei— por una actitud abierta ante los cambios que estamos viviendo, y su rechazo de cualquier mirada pesimista, negativa, que añora tiempos mejores, que sólo existieron en la imaginación de algunos nostálgicos y cenizos. Un nuevo puntazo de Rialp, apostar por libros frescos como este, o el reciente de Sánchez León, en lugar de ladrillos babilónicos para versados «teólogos».

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Artículos, Promecal

La prosa de cada día

Artículo publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 10 y 11 de junio de 2017

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Con Ramiro Calle, durante un viaje a la India

Dejo a otros la reflexión sobre esta hora de nuestras vidas, hecha de adversidades, inquientantes amenazas y esperanzas tronchadas, para ocuparme, una vez más, de la letra menuda del vivir, que es al final la que mueve el mundo. La que alimenta el sueño eterno de la vida. Imposible seguir adelante sin compartir y aceptar; sin perdonar y perdonarse, día tras día, a sabiendas de que todo es provisional y pasajero. Sin crear espacios de serenidad y libertad, aunque sea a contracorriente. Sin saber decir lo que es como es y sin saber callar, también. Sin soñar ser mañana mejor persona de lo que hemos sido hoy, nos atascamos. Conviene, sobre todo, reírse de uno mismo; evitar creerse el centro del universo, para no avinagrarlo todo. Hacer posible la paz, haciendo las paces, desalojando toda codicia de la mente y el corazón. No tiene sentido renunciar a crecer, sólo porque algunos hayan decidido por nosotros que, con los años, esa posibilidad se recorta. La estadounidense Joan Chittister lo explica muy bien: «los años son un fenómeno natural, pero el espíritu es eterno. La edad biológica no nos define, porque en el ser humano hay una fuerza vital que nunca muere». Así que aprendamos a ser eternamente jóvenes, jamás nos arrepentiremos. Importa lo que importa: el deleite del bien, como tantas veces repite mi amigo del alma Ramiro Calle, experto en desvelar verdades olvidadas. Pero no sólo. También en ir al fondo de los asuntos, en estos tiempos desmemoriados y ruidosos, para buscar y encontrar sentido, contento, armonía. Porque el amor, sin el cual no hay nada, se abre paso también a través de las pequeñas cosas. Vuelvo a Ramiro Calle. ¡Cuántas veces me lo ha dicho!: «jamás desprecies las pequeñas cosas, Jesús. En ellas encontrarás lo más valioso de tu vida y hasta de tu bienestar. Si esperas encontrar la felicidad en lo grande, ¡apañado estás!». La grandeza de un alma se muestra en lo pequeño. Los minúsculos detalles, como una sonrisa gratuita o una palabra amable, caldean el corazón, aúpan la alegría de vivir. Lo pequeño es todo un camino a seguir en la vida, que no conoce etapa perfecta. Si nos pasamos la existencia buscándola, nunca la encontraremos. La etapa perfecta es aquella en la que estemos en cada momento. Privilegiar cualquier período de nuestro vivir por encima de los demás es un error. Corremos el riesgo de perdernos lo mejor: lo que está sucediendo. Eso que tanto tiene que ver con la letra menuda del vivir. Por las cosas pequeñas se abre la puerta que lleva a las grandes, ciertamente. Aquello de «hacer endecasílabos de la prosa de cada día», que aconsejaba siempre Escrivá de Balaguer, el padre de la Iglesia más anticipativo, más preclaro del último siglo.

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