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La querencia de los búhos

José Jiménez Lozano (foto: DOS SANTOS)

Los cuentos de José Jiménez Lozano «es bueno dejarlos  reposar un tiempo y volver sobre ellos al cabo de uno o dos días». La recomendación la hace  Martínez Illán, en su epílogo a La querencia de los Búhos. El último libro del Cervantes de Alcazarén. Es verdad. Casi siempre, lo mejor del vivir, está en eso que con frecuencia no vemos; en aquello en lo que apenas reparamos.

Lo primero que hay que decir —así enfademos al maestro—,  es que Jiménez Lozano, con sus decenas de novelas, cuentos, ensayos y poemarios a cuestas, está a la cabeza de las letras y el pensamiento profundo de esta hora de Europa. Infelizmente, ya se ocupa él de ocultarse y desbaratar cualquier intento de reconocimiento. No conozco a nadie que haga menos por darse a conocer que él.

Es difícil encontrar un escritor vivo capaz de mostrar el gozo y la tragedia que acompañan la vida, con la hondura y respeto de José Jiménez Lozano. Su obra intelectual se encuentra entre lo más esclarecedor de los clásicos de los cincos continentes. Todo esto, además de ser uno de los articulistas más lúcidos que tiene España. Lo dice la crítica, desde Moscú a Buenos Aires, pasando por París.

Portada del libro, editado por Encuentro

La querencia de los búhos recoge veintiocho historias, escritas desde el sosiego y la serenidad. Características que distinguen la obra de este escritor que representa, para Castilla y León y España, lo que Miguel Delibes o el señor Don Miguel de Cervantes significan para la literatura universal. La palabra certera de Jiménez Lozano, robustecida de lo humano, nos sacude, una vez más, en La querencia de los búhos con unos personajes que se cuelan en el corazón del lector y le acompañan con sus sentires, ocurrencias y olor a lluvia.

La charleta de Juan con unas mujeres, nos explica  el mundo desde lo más sencillo y cotidiano. Y qué decir de ese relato audaz en el que los ancianos de una residencia, más anticipativos y valientes que los mandamás de turno, se lanzan a poner en marcha la revolución de la dignidad humana.

Jiménez Lozano nos sorprende de nuevo con estas vidas que nos acompañan, desde su sabiduría para desmenuzar la existencia y nombrar lo que importa, a través de unos personajes que encarnan verdades sencillas, pero eternas. Hombres y mujeres que nos deslumbran con su caminar en apariencia corriente. El maestro regresa, por suerte para sus lectores, al lugar de sus adentros donde guarda tantas y tantas cosas.

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La dignidad y la gloria del escribidor

Publicado en La Razón, el 28 de diciembre de 2018, con motivo de la concesión a José Jiménez Lozano de la Medalla de Oro de la provincia de Ávila

José Jiménez Lozano (Foto: Dos Santos)

Es el primer nombre de las Letras del mundo hispano. El más insobornable y sabio. José Jiménez Lozano, representa al escritor vivo que mejor ha sabido conservar la dignidad y la gloria de nuestra lengua. Nadie como él ha hecho frente, en solitario, a lo vacío y trivial. A la criminal manipulación de los camaradas rojos y los camaradas pardos. Jiménez Lozano lleva décadas desenmascarando las mamandurrias y camelancias de la modernidad. Narrando como el escribidor valiente y sagaz que es. Fue anticipativo hasta para advertir, antes que nadie, que las cosas ya no eran lo que son, «sino lo que se dice que son» y denunciar la caída de las realidades más sólidas. De tantos y tantos embustes; de lo que él llama la «necedad con empaque». La producción diaria de mentiras. Esta medalla de oro, es un reconocimiento más a quien mucho debe España y la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Enemigo del puro ruido y acostumbrado a contrastar con lo real y lo verdadero, en busca de certezas, la obra de Jiménez Lozano es un tesoro de nuestras Letras. «Hay una generación orgullosa de no saber nada y que no quiere aprender nada», denunciaba el maestro, en estas mismas páginas de LA RAZÓN, hace casi veinte años, cuando este periódico echaba a andar. Y avisaba, para que nadie se llevara a engaño: «La política lo ha invadido todo: alma, arte, sensibilidad, razón. Todo es una cuestión política y eso puede conducir al totalitarismo». En ello estamos. Incapaz de gobernar a los personajes de sus novelas, Jiménez Lozano no muestra nunca caracteres, sino personas a las que deja andar a sus anchas. En ellas se centra y así contribuye, como sin querer, a mostrarnos esa perplejidad que nos rodea y aupar la belleza literaria. El Cervantes de Alcazarén, es un humanista inquieto por la convivencia, la educación, la Historia y todo lo que tiene que ver con la civilización cristiana, muy especialmente: «nuestra cultura es cristiana y hay que tenerlo en cuenta. Pero hay quien derribaría hasta las viejas catedrales. Es sobrecogedor». Nuestro escribidor conoce, como pocos, el espíritu del hombre; cultiva con hondura y admirable ironía la novela, el ensayo, el periodismo y la poesía. Convencido de que «la política no puede resolver los problemas profundamente humanos», así prevenía, Jiménez Lozano, hace décadas, a nuestra ingenuidad o ignorancia: «Las cosas materiales las resuelve la ciencia, para las espirituales no hay todavía ninguna fórmula mágica. Si creemos siempre en un político terminaremos siendo habitantes de una granja feliz, pero sólo seremos habitantes de una granja». Es incancelable la deuda de esta tierra nuestra, Castilla y León, con este abulense universal, capaz de decir cosas como esta: «No estoy tan seguro de que a esta tierra la haya aplastado la historia, según se dice, como de que los hombres de ella han utilizado más de una vez esa historia como escudo de una enorme indiferencia, y un senequismo amargo».

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Todo un temblor

El poeta José Gutiérrez Román (Asís G. Ayerbe – Trabajo propio CC BY-SA 3.0)

Hablamos de una voz universal. De un poeta transgresor: el burgalés José Gutiérrez Román. Uno de los Premios Adonáis más celebrados de la última década. Dicen los críticos —yo no lo soy— que es un autor escondido; de esos que se ocultan y desaparecen. Pero que tienen los ojos bien abiertos a la belleza, el desvanecimiento y la ausencia; a los recuerdos,el amor y el desarraigo.

Todo un temblor, es el título de su último libro. Escrito desde la emoción de quien se siente vulnerable,apenas nada. José Gutiérrez Román es un poeta único. Sin prejuicios. Desde su primer libro, Los pies del horizonte,ha ido y va por libre. Lo primero que enseña la poesía, «de niño, en el colegio—sostiene—, es a odiar a los poetas»:

«Porque no puedes comprender su idioma
pedante y enigmático.
Luego vas aprendiendo poco a poco a quererlos,
casi sin darte cuenta, como a un perro,
que viene a saludarte cada día
y no te pide nada, sólo estar
cerca de ti y lamer tu pena».

Sostiene Gutiérrez Román que sólo cuando eres ya adolescente, intuyes que los poetas son tus aliados. Sucede,entonces, que llegas incluso a verlos como amigos. Pero, al final, como suele ocurrir con todo lo que amas demasiado…

«Te desengañas. Vuelves a pensarlo y te dices:
lo único que te enseña la poesía es a odiar
a los poetas
y a ti mismo».

El joven poeta burgalés nos ofrece, en Todo un temblor, una mirada desde la ternura de quien anda enfadado con el mundo y se sincera, a la hora de decirlas cosas como son:

«Las cosas
nos miran desde su otra vida,
esa que fingen no vivir
para nosotros».

El poeta escribe desde la verdad del verso y la dela vida —que son lo mismo—, para regresar luego a sus cosas. «Y aquí como si nada».

José Gutiérrez es uno de esos escritores que adivinan el pensamiento. Capaces de encarnar el sentimiento de muchos y convertirse, a través de la poesía, en portavoces de pensares y sentires ajenos.

Se le nota un poco cabreado con la vida,ciertamente: «esto empieza a dar asco», afirma. Y se rebela contra esos organismos inútiles que hay por el mundo, otorgando galardones igual de inútiles.

«¿Para cuándo, señor alcalde,
un vertedero de poemas en la ciudad?
¿Cuándo podré, por fin,
convertir en materia útil
toda esta porquería que me inunda?»,

Nuestro poeta no se conforma con promesas: «Tome esa bolsa de mentiras / y deles forma de verdad», advierte. Gutiérrez Román guarda lo mejor para el final: abre su corazón al reencuentro enamorado con la vida, con lo que permanece. Todo un temblor.

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Ahora es el momento

Publicado el fin de semana del 15 y 16 de septiembre de 2018

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El amable lector agradecerá que alguien le regale, de vez en cuando, una gacetilla humanista. Estamos hartos de que todo sea crispación, confrontación y política. La antesala del totalitarismo. Nada como disfrutar de espacio para la vida. De holgura para conocer los atajos que nos permiten hacer un buen uso del sufrimiento; cultivar la dicha. Para Thich Nhat Hanh, el maestro zen más venerado del mundo, vamos mal si no empleamos, hasta el último medio a nuestro alcance, para instalarnos en la alegría de vivir, en cualquier momento; estemos en lo que estemos, hagamos lo que hagamos. Da igual. «Tan pronto como vemos que en este mismo momento ya tenemos bastante, ya somos bastante, la verdadera felicidad se hace posible», asegura Nhat Hanh. Ciertamente, el arte de la felicidad, no es otro que el arte de vivir plenamente el momento presente. El aquí y ahora son el único tiempo y espacio en el que tenemos la vida al alcance de la mano. El sólo lugar para descubrir todo aquello que buscamos: el amor, la libertad, la paz interior —semilla de todo contento— y el bienestar del cuerpo y del alma. Pero para acariciar estas realidades, se impone repensar la vida. En realidad, la buena ventura es un hábito, para el vietnamita Nhat Hanh. Liberarnos de las sensaciones de inquietud y ansia; darnos cuenta de que, justo ahora, ya tenemos más que suficientes condiciones para ser felices, es posible. Nos pasamos la vida buscando en el exterior algo que nos llene, que nos colme. Pero, mientras en nosotros subsista la ansiedad, nunca estaremos satisfechos con lo que tengamos, con lo que seamos ahora. Resultado: así, la felicidad es imposible. Se nos escapa. Se nos escurre entre los dedos. Perdemos la serenidad y la libertad que nos da el presente. Nhat Hanh, un monje budista que está provocando una transformación en muchos seres con sus enseñanzas, nos invita a dos cosas: a despertar y a rebelarnos. A gritar: «¡no quiero seguir así, esto no es vida, no tengo tiempo suficiente para mí, no tengo tiempo suficiente para amar!». Dice este poeta de honduras y activista por la paz, venerado en Oriente y Occidente que, una vez que iniciemos esa revolución en nuestra conciencia, se producirán cambios radicales en nosotros, en nuestra familia y en la sociedad. Esto nos lleva a una reflexión que hemos compartido ya en otras gacetillas: el tiempo vale mucho más que el dinero. El tiempo es vida. Necesitamos despertar. Se puede vivir de otra manera. Ah, y algo fundamental: el tiempo es amistad, amor. De igual manera que podemos ser odiosos, mezquinos y violentos, podemos convertirnos en seres compasivos, generosos, capaces de hacer que todo vaya a mejor. Ahora es el momento.

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Un prelado «rojo» para el Opus Dei

Publicado en la edición nacional de LA RAZÓN

Mons. Fernando Ocáriz, prelado del Opus Dei

Fernando Ocáriz, en un encuentro con mujeres del Opus Dei

Nació en el exilio. El nuevo prelado del Opus Dei, que estará a partir de ahora al frente de más de 90.000 fieles distribuidos en 60 países, es hijo del éxodo y el llanto. Fernando Ocáriz vio la luz en París, donde se aprende a volar y abraza el amor con la soledad: A Paris, a Paris mon coeur sén va… El español Fernando Ocáriz, era hijo de represaliados del franquismo. Su padre, militar republicano, había llegado a la capital francesa huyendo de un seguro Consejo de Guerra, con su mujer y sus siete hijos. Fernando, el más pequeño, vería la luz junto al Sena. Aquél chavalín delgaducho, vivaracho y muy inquieto, que no desaprovechaba oportunidad de hacer alguna trastada a sus hermanos siempre que podía y al que encantaba dibujar y que con el paso de los años sería físico, es ahora la cabeza de un movimiento universal con cientos de escuelas y centros educativos, decenas de universidades y de hospitales en todo el mundo, muchos de ellos en los lugares más pobres y olvidados, como el de Monkole, que yo visité con Abdouyulaye Traoré, y que me impresionó por su limpieza, y por el sosiego y la alegría que allí se respiraba.

Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes

Ocáriz es el sucesor de Javier Echevarría, un hombre de probada grandeza humana y sobrenatural, que pasó por la vida haciendo el bien a manos llenas y prestó impagables servicios a la Iglesia con eficacia y discreción. A los dos les gustaba el tenis, pero le solía ganar Ocáriz. Algo que Don Javier aprendió a aceptar —pero le costó— con resignación cristiana. Lo mejor del flamante prelado, es tal vez su preparación y capacidad para tender puentes, para escuchar y compartir. Fernando Ocáriz es un hacedor de amigos. Así me lo pareció la primera vez que lo saludé. En veces sucesivas, me llamó la atención su mirada amable; ese gesto tan suyo, contenido y muy educado. Algo tímido, tal vez, aunque no por eso menos cercano. Equilibrado y prudente. Más le vale. Buena falta le va a hacer para gobernar una organización tan dinámica como el Opus, con gentes de toda ralea y en plena transformación, para regocijo de algunos y tembladera de otros. Dicen los que le tratan a diario que, a Ocáriz, desde ayer uno de los españoles más influyentes del mundo, le distingue la sensatez y el sentido común. Entre sus retos: hacer comprensible el Opus Dei a las personas de buena fe que no lo entienden. Algo para lo que le vendrá bien olfatear la calle y, sobre todo, escuchar y hacer caso a las mujeres del Opus, atentas como nadie al palpitar que salta a borbotones por las venas del vivir.

Este artículo está publicado en: http://www.larazon.es/opinion/columnistas/un-prelado-rojo-para-el-opus-dei-BP14391770

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Con las botas puestas

Obituario sobre Mons. Javier Echevarría, obispo prelado del Opus Dei, publicado en LA RAZÓN el 14 de diciembre de 2016

Había algo indescriptible en él. Su serenidad, su mirada limpia, muy limpia. Esa paz que transmitía. No hacía falta ser del Opus Dei para darse cuenta. Así lo percibimos muchos que, sin serlo, estuvimos cerca de él. Desde la primera vez que nos encontramos, su presencia me ha acompañado. Don Javier escuchaba, compartía. Pertenecía más al cielo que a la tierra.
Pero era admirable hasta qué punto tenía los pies clavados en el suelo. Su conocimiento del corazón humano, de lo cotidiano, te desconcertaba. No parecía un cura al uso. Le tenía tomado el pulso a esas pequeñas cosas de las que está amasado el día a día.
Sólo sabía de levantar la vida con el otro, de aupar juntos la esperanza. Algo que es muy de agradecer. Para Don Javier todo tenía arreglo. Era estupendo ese talante suyo optimista; alegre, muy alegre. Dejo para otros la tarea de recordar su capacidad para orientar el Opus Dei en tiempos cambiantes, su fidelidad a la Iglesia y todas esas vainas. Me quedo con el amigo que se ha ido. Con esos detalles suyos tan cercanos. Con sus palabras de carne. Con la persona sencilla, que huía de solemnidades.
Don Javier era un hombre de su tiempo. Un viajero incansable. Cuando nos veíamos, me preguntaba por mi último periplo y compartíamos andanzas. La muerte le ha sorprendido trabajando. En esta familia son así: se mueren con las botas puestas. Así sucedió con San Josemaría que acababa de llegar de charlar con un grupo de mujeres —que son lo mejor de esa casa—; se repitió con el Beato Álvaro del Portillo, a su regreso de una peregrinación a Tierra Santa. Y ha vuelto a suceder con él, recién llegado de Estonia y Finlandia.
Hace unos días me envió, a través de nuestro común amigo Marc, una pequeña cruz procedente de Tierra Santa. Tenía su sentido: la última vez que nos vimos —atravesaba yo ciertas complicaciones—, habíamos recordado aquel verso de Jiménez Lozano que dice «nuestra única certeza es una cruz». Don Javier, cogiéndome la mano me dijo: «Esto lo estamos pasando los dos juntos. Lo tuyo es mío y lo mío es tuyo. Y con nosotros está Esther». ¡Cómo no lo iba a querer!

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Un Rey sin alharacas

La Razón, 5 de mayo de 2016

El asqueo se ha hecho cotidiano. No opino. Digo lo que sucede. Las ambiciones personales, los desencuentros, están causando enorme daño a España. Tal y como andan las cosas entre nosotros, deberíamos tomar muy en cuenta las últimas advertencias de la Europa de la Unión, en el sentido de que la falta de gobierno en nuestra patria, lo único que consigue es enviar señales de debilidad sobre un país que debería ser fuerte por muchas razones. La más poderosa de todas, las capacidades y tenacidad de los españoles. Temen en Bruselas que este guirigay en el que estamos —y del que no sabemos cuándo saldremos—, aumente la desafección de unos y otros. A estas alturas del paseo, a nadie se le escapa que las fases prolongadas de espera política, lo son también de amenaza para la convivencia, los dineros y las personas. Pero es que, además, tienen, por añadidura, un alto coste en la imagen y el peso internacional. No descubro nada nuevo si digo que resulta difícil encontrar a algún personaje público que no tenga responsabilidad en este desaguisado. No tanto porque sean memos —como muchos proclaman—, como porque tienen sus intereses que defender y les da lo mismo todo lo demás. Algo que lleva al desastre muy deprisa a cualquier nación. Ejemplos tenemos. Pero hay alguien a quien la inmensa mayoría de los españoles salva, a juzgar por los sondeos de esta semana y lo sucedido en las últimas horas. Y ese es el Rey. Don Felipe ha hecho una gestión impecable. Su respeto por el ordenamiento constitucional lo reconocen todos. Ha sido imparcial y ha culminado, con toda naturalidad, lo que marca nuestra Carta Magna. Advirtió en su discurso de investidura que él era un rey constitucional y lo está demostrando. Nada de este grandísimo enredo —y mira que es difícil— le ha salpicado, pese a los intentos de algunos, y no precisamente de izquierdas, por meterle el dedo en el ojo, en un proceso tan trascendente. Esta derecha sin convicciones, que sólo sabe medir y pesar, siempre ha apuntado maneras republicanas. El Rey ha escuchado a todo quisqui con soberana paciencia y sin alharacas, y ha sabido colar la pelota en la escuadra, con inteligencia y habilidad, dando juego a los partidos, pero lejos, muy lejos, de pretensiones e intereses partidistas. Don Felipe ha hecho lo que tenía que hacer. Lo está haciendo desde el primer día de su reinado; y hasta ha tenido el buen sentido de pedir a nuestros mandamás, a puerta cerrada, una campaña breve, limpia y austera. Sagaz, con los pies en el suelo, Don Felipe sabe que ni el horno está para bollos, ni los españoles para juegos de cañas. Si alguien sale reforzado en esta hora de incertidumbre, ese es Felipe VI. A todos nos debería alegrar que quien está a la cabeza del Estado, tenga tan claras las libertades y valores que la inmensa mayoría de los españoles queremos para nuestra convivencia. Su importancia, como una de las garantías de nuestro sistema político, ha quedado clara. Siempre es así: mientras hay alguien capaz de escuchar con discreción y actuar prudentemente, en medio del estruendo, las cosas pueden enderezarse por encima de cualquier desastre. Por eso nos importa tanto saber que el Rey, que este Rey, está ahí.

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