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Habitar la vida

Publicado el fin de semana del 26 y 27 de mayo de 2018 en todas las cabeceras del Grupo Promecal

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Photo by Anton Atanasov on Pexels.com

Pasamos por las cosas sin habitarlas. Hablamos con los demás, sin atender. Ni escuchamos, ni somos escuchados. La velocidad a la que vivimos nos impide vivir. Tal vez por eso, precisemos más que nunca de una lentitud que nos proteja del atolondramiento y la imbecilidad ambiental. De tanta desmesura y banalidad. Pero, ¿cómo retomar el vivir y acercarnos a lo que de verdad importa? ¿A lo que permanece intacto, más allá de las apariencias? La respuesta la tiene el portugués José Tolentino Mendoça. Una de las mentes más lúcidas de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Tolentino, se encuentra entre las voces más originales del Portugal contemporáneo, tanto por su capacidad para sacudir las conciencias con sus ensayos, como por la firmeza de sus convicciones en este tiempo de descendimientos. Merece la pena reparar en alguien capaz de explorar, por ejemplo, el agradecimiento, no sólo de lo que nos ha sido dado, sino también de lo que no nos dan. El perdón, la perseverancia, la ciencia de saber y la de no saber, ocupan un lugar preferente de sus reflexiones. Su Pequeña teología de la lentitud es el libro más delicioso que he leído en años. Toca algunos de los temas que más me interesan. Y, como a mí, intuyo que a muchos: la felicidad, la espera, el arte de bien morir, la alegría como tarea cotidiana o la compasión, no sólo como capacidad para sufrir con el otro, sino para padecer en lugar del otro. El cuidar, acoger y amar como único santo y seña del vivir. El arte de mitigar el dolor no sólo con medicamentos, sino caldeando corazones, debería ser una asignatura obligada desde la educación infantil hasta la universidad. En definitiva: aprender a proteger la fragilidad —la propia y la ajena— y aprender a estar con los otros con capacidades nuevas. A tirar de ese hilo que da sentido a la vida, por más oculto y frágil que sea. Acompañarnos los unos a los otros. Habitar, decía Heidegger, significa «proteger y cultivar». Para sustentar su afirmación, el filósofo recurre a esta cita: «Dios, el Señor, tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara». Labrar, compartir, prestar amparo. ¡Qué es todo esto, sino vivir en bondad, en verdad y en belleza! O lo que es lo mismo: ser felices. En la vida, sólo existe una pregunta realmente importante, al decir de Millan Kundera: ¿por qué no somos felices? La respuesta tal vez sea nuestra incapacidad para diferenciar entre felicidad y bienestar, para darnos cuenta de que la verdadera dicha presupone un aprendizaje, un conocimiento, una actitud. Un saber lo que vivimos o dejamos de vivir. Una tarea imposible, cuando vivimos secuestrados por el día a día y no damos espacio a lo más humano.

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La mejor policía del mundo

Publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal, el fin de semana del 25 y 26 de marzo de 2017

Tenemos la mejor policía del mundo. No lo digo yo, lo dicen otros. El amable lector sabe que, este gacetillero, dejó de opinar hace tiempo. Creo lo que sucede. Como el yogui Francisco Pedro, cuento tan sólo lo que veo. Y lo que veo es que, desde el FBI y Scotland Yard, a la Landespolizei alemana, pasando por la Gendarmería francesa, todos reconocen la eficacia de nuestros agentes. Tenemos unos policías nacionales, unos guardias civiles, más listos que los conejos. Sacrificados y muy preparados. Nunca sabremos lo que debemos a su abegado día a día. Thomas Neer, del FBI, lo reconocía recientemente: «estoy impresionado por la experiencia de la policía española, por su formación. Son admirables». Lo hemos visto en la lucha antiterrorista. Lo comprobamos en sus golpes —que no cesan— al crimen organizado. Ellos son los que han derrotado a los pistoleros de ETA. Los que libran, día tras día, el combate anti-yihadista, con ese goteo de detenciones que da que pensar. Sería injusto no reconocer que a todo esto contribuye —y cómo— la discreta eficacia del Centro Nacional de Inteligencia, al mando de uno de los hombres a los que más debe España: el general Félix Sanz Roldán. La Policía y la Guardia Civil de hoy no son las de hace unas décadas, que daban miedo y cuya sola presencia provocaba indefensión y ganas de salir corriendo. Encuestas y estudios recientes dan fe de la confianza de los españoles en la tarea de su policía. Crece la estima para unos y decrece para otros, como consecuencia de imperdonables abusos y trapacerías. En la calle, la policía puntúa cada vez más alto, mientras los que ya sabemos siguen cuesta abajo en su rodada, incapaces de rectificar y pedir perdón por sus fechorías. Lo pagarán. Pero volvamos a nuestra policía. Su twitter, por ejemplo, es la cuenta de un cuerpo de seguridad con más seguidores del mundo —esto que los chicos llaman followers—, por su utilidad a la hora de desenmascarar bulos y estafas en la red. La Policía española se ha situado a la cabeza, en pocos años, en ciberseguridad. Nuestros agentes son grandes conocedores del internet profundo, encriptado. Sólo quien sabe navegar ahí puede llegar a las entrañas del terrorismo y el crimen organizado. Los conocimientos de la Policía española en ADN son requeridos constantemente para desentrañar asesinatos fuera de nuestras fronteras. Todo un referente internacional sobre cómo afrontar los nuevos desafíos. Como somos tan dados a tirar piedras contra nuestro propio tejado, no está de más reconocer estas cosas de vez en cuando. Acabo con una sugerencia: igual no estaría mal que, puesto que se reconoce dentro y fuera su buen hacer, pagáramos un poco mejor a nuestros policías y guardias civiles.

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Cataluña con la Reina Sofía

Publicado en El bloc del gacetillero el 23 de febrero de 2017, en todas las cabeceras del Grupo Promecal

Nunca sabremos lo mucho que hizo la Reina Sofía, por impulsar la restauración de ese gran teatro que es el Liceo de Barcelona, tras el asolador incendio de 1994. Lo reconoció, en su día, el propio presidente de la Generalitat. El Liceo es «un valioso patrimonio para Cataluña y para toda España», recordaba una vez más Doña Sofía, el pasado lunes, al recibir la medalla de oro del Circle del Liceu, que pocos tienen. Apenas habían transcurrido unas horas, desde que las llamas devastaran el que había sido, desde 1847, escenario de las más prestigiosas obras, interpretadas por los mejores cantantes de todo el mundo, y Doña Sofía ya se había puesto manos a la obra para reclutar a personas e instituciones en favor de su reconstrucción. Dicen en Barcelona, que fue la primera en llamar y colocarse al frente de la movilización. El pasado día 20 sucedió algo en lo que vale la pena reparar: cientos de personas vitorearon en el histórico teatro a Doña Sofía con un «¡viva la Reina!» tras otro, como muestra de gratitud por apoyar de manera tan eficaz su resurrección en gloria y majestad. Un día en el que se le abrieron, también, las puertas de ese exclusivo club catalán —el más antiguo de España— con 170 años de historia, que se dice pronto, y del que forman parte casi mil socios que representan a todos los sectores de la sociedad civil catalana. «Queremos agradeceros muy sinceramente todo lo que significáis para la cultura y la música de nuestro país», le dijo a la Reina Sofía, Salvador Alemany, presidente del patronato del Gran Teatro. La madre del Rey ha tenido mucho que ver, ciertamente, con que el Liceo vuelva a ser esa realidad viva y pujante de la que tan orgullosos se sienten los catalanes, «muestra del mejor espíritu de superación», como ya se encargó de destacar la homenajeada esa noche. En su intervención, Doña Sofía quiso insistir en el estrecho vínculo que siente con la ciudad de Barcelona. La Reina Sofía habla poco pero, cuando lo hace, no da puntada sin hilo. Si la inmensa mayoría de nosotros nos sentimos identificados con la Corona, cómodos con la Monarquía, lo es en buena medida, gracias a esta mujer abnegada, ejemplar en el cumplimiento de sus deberes, cuya vida está presidida por el amor a sus compatriotas. La Reina Sofía sabe imprimir un ritmo de normalidad a cuanto hace, así atraviese las circunstancias más adversas. ¡Lo hemos visto tantas veces! Pase lo que pase, ella es capaz de sacar lo mejor de cualquier acontecimiento o situación, por irritante que sea, siempre con una sonrisa, con una palabra amable. Cualquier ocasión le parece aprovechable para afianzar la convivencia. A la vista está. Por algo se la respeta y, lo que es más importante, se la quiere tanto, allá donde va.

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Premio al empeño con el saber

Publicado el 1 de enero de 2017 en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal

El gobierno de España acaba de otorgar, a la Fundación Duques de Soria, la Medalla de Oro al mérito en las Bellas Artes, por su aportación al enriquecimiento artístico y la conservación del patrimonio. «La Fundación Duques de Soria es el mejor ejemplo del empeño humano de la sociedad civil por el saber y el bienestar de las gentes». Lo decía, va a hacer ahora ocho años, Evaristo Abril. El entonces rector de la Universidad de Valladolid, acababa de investir doctores honoris causa a la Infanta Doña Margarita y a su esposo, Don Carlos Zurita. Lo hacía excepcionalmente en Soria, en un acto presidido por la Reina Doña Sofía. Cuando se puso en marcha esta Fundación, por iniciativa de Doña Margarita y Don Carlos, allá por 1989, hace 27 años, los Duques de Soria tenían muy claro lo que querían: aquella sería, por encima de todo, una apuesta por la ciencia y la cultura en el mundo hispano. Por el progreso de la Comunidad Iberoamericana de Naciones y el bienestar de sus gentes. Por el ensueño hispánico. Desde entonces, no han hecho otra cosa que impulsar programas relacionados con las más diferentes áreas del saber; de colaborar con instituciones como la Real Academia Española, el Instituto Cervantes o la Asociación Internacional de Hispanistas, para el estudio y difusión de lo español, en su sentido más amplio, mediante actividades complementarias a las programadas por las universidades. El resultado, a la vista está: más de seiscientas conferencias, cientos de seminarios, decenas de elementos del patrimonio histórico recuperados; casi cinco mil becas de las que se han beneficiado jóvenes de todo el mundo. Pese a la crisis, la Fundación Duques de Soria continúa facilitando encuentros sobre el idioma español; promoviendo acciones a largo plazo con una visión amplia y universal de la educación; y respaldando la labor de personas e instituciones vinculadas al hispanismo internacional. Las visitas a su web se cuentan por cientos de miles. Sería difícil encontrar quien haga más por el hispanismo —desde Castilla y León—, trabajando desde Soria, con proyección universal. Muchos aspectos del saber tal vez no se abordarían, si esta fundación no existiera. Pero lo mejor de la Duques de Soria, con Rafael Benjumea y José María Rodríguez-Ponga al timón desde el primer minuto, es que creen en la importancia de lo que hacen, sin importarles si están o no de moda las cosas de las que se ocupan. Es más, como gusta decir la Infanta Doña Margarita: «Tendemos a distanciarnos de las modas que, por definición, son transitorias». Por suerte, sigue habiendo personas con pensares y sentires distintos. Instituciones que trabajan con verdades perennes.

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La verdad de la mentira

Publicado el 6 de noviembre de 2016 en El bloc del gacetillero, columna quincenal de todas las cabeceras del Grupo Promecal

No nos engañemos: ¡mentimos como bellacos! Nos pasamos la vida entre embustes y trolas. Vamos, que somos unos trapaceros de tomo y lomo. Y no sólo eso: la mentira, lejos de disminuir, aumenta de día en día, en un mundo de impostores y farsantes. Parecería que es imposible sobrevivir para el que dice la verdad. El embuste se ha convertido en escudo y coraza, frente a una sociedad falsa como la falsa moneda de la copla, «que de mano en mano va y ninguno se la queda». Atreverse a decir lo que es como es y no como interesa o gusta que sea, se ha convertido en una heroicidad. Hablo de estas cosas con María Jesús Álava, mujer sagaz donde las haya y con un conocimiento poco común del corazón humano, a propósito de su último libro, La verdad de la mentira, en el que ahonda en las claves para descubrir los secretos de las mentiras propias y ajenas y el daño emocional que causan. La autora de La inutilidad del sufrimiento, El «no» también ayuda y Trabajar sin sufrir, entre otros títulos de éxito, me asegura que, tras muchos años de profesión, todavía se sigue sorprendiendo cada día de la incapacidad que mostramos la inmensa mayoría, para detectar las mentiras propias y ajenas, con indeseables consecuencias para nuestras vidas. Una carencia que nos condiciona y amarga el vivir. Pero para devastador, el auto-engaño que, además de alejarnos de nuestra verdad para sentirnos más valiosos, más inteligentes, más hábiles y mejores personas de lo que somos, nos lleva a no discernir ni dimensionar las cosas. Insiste María Jesús Álava —quien está a la cabeza de la psicología en Europa, junto a otros profesionales españoles—, en que no imaginamos hasta qué punto el engaño y la manipulación condicionan nuestras vidas. Cuando le digo que lo peor, para mí, son los que mienten a los más cercanos para usarlos sin contemplaciones, sonríe y responde: «los egoístas difícilmente tienen límites; son capaces de causar cualquier atropello en su beneficio». ¡Ay, los egoístas y manipuladores! La vida está rebosante de ellos. Hay que huir de buitres y ególatras como de la peste. «No seamos ingenuos: la mayoría mentimos. El que menos, una o dos veces al día», insiste María Jesús Álava. Pero volvamos a los egoístas, causantes de todos los males. Seguramente los más dañinos son los más cercanos, tal vez porque son los que más fácilmente pueden camuflarse y porque siempre encuentran justificación para sus excesos y fechorías. Dos cosas más: nuestra generosidad no puede convertirse en la puerta que facilita que los mentirosos nos manipulen o nos extorsionen. Y, lo que más importa, amable lector: las grandes mentiras de nuestra vida, empiezan por las pequeñas bolas en nuestro día a día.

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Doña Sofía y su mano amiga

Publicado en El bloc del gacetillero en todas las cabeceras del grupo Promecal, el 23 de octubre de 2016

Lo suyo es servir y ser útil. Experta en tender puentes y abrir ventanas, sin que apenas se note, la Reina Sofía provoca un torrente de entusiasmo, gratitud y cariño allá donde va. Lo hemos vuelto a comprobar estos días, en León, con motivo del premio Alzhéimer ‘Mano Amiga’, que reconoce su implicación personal frente a esta enfermedad, desde hace décadas. Un puntazo de los leoneses, ciertamente, otorgarle este galardón, que va más allá, pues supone también el agradecimiento de la sociedad civil a tantas acciones concretas de Doña Sofía, en favor de los afectados por esta dolencia, por sus familias. A su habilidad para crear una atmósfera de proximidad, de cercanía y diálogo, en favor de los demás. La Reina Sofía lleva toda una vida mirando de cerca y, a la vez, mirando lejos. Escuchando y acompañando. La integración social de las personas con cualquier discapacidad, el socorro a quienes más lo necesitan, ha estado y permanece en su horizonte. No desaprovecha ocasión que se le presenta para respaldar, con su presencia, cualquier esfuerzo —cualquier trabajo—, en favor de los demás. De vez en cuando, Doña Sofía protagoniza algún acto como este de León. Pero como sucede tantas veces en la vida, es mucho más lo que no se ve, que lo que se aprecia. En lo que va de año, la fundación que lleva su nombre, en colaboración con Cruz Roja, no ha parado de enviar medicamentos a los campamentos de refugiados. Ella, personalmente, ha participado en los últimos meses en cumbres como la de los microcréditos, que tanto están contribuyendo para el alivio de la pobreza y la distribución equilibrada del crecimiento, así como a dar oportunidades de negocio a mujeres de países olvidados. La Reina Sofía está reconocida internacionalmente como abanderada de las microfinanzas en el mundo. Su tarea, nos dijo en Valladolid Mohamed Yunus, «resulta impagable a todas luces». A la hora de plantar cara a cualquier penuria, Doña Sofía está siempre ahí, afrontando con empeño y sentido práctico el desafío de la fraternidad, dispuesta a echar una mano donde haga falta. Los leoneses se volcaron con su Reina. Miles de personas la recibieron al grito de «¡guapa, guapa!», a las puertas del auditorio de León, convertida en capital europea del alzhéimer. Por cierto, es admirable el protagonismo y la vitalidad que está tomando, de día en día, la capital leonesa. Doña Sofía, quiso que este premio fuera un reconocimiento a quienes trabajan hasta la extenuación por el bienestar del otro y para que quienes sufren no se sientan solos. Convirtió su premio en un homenaje a tantas y tantas personas anónimas que hacen de la solidaridad un acto de amor. Como hace ella. Tal vez por eso «barre» allá donde va. Tal vez por eso se la quiere tanto.

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Los días y los sueños de Colombia

Publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del grupo Promecal, el 9 de octubre de 2016

Parecía que la violencia iba a marcar para siempre los días y los sueños de mi lindo país colombiano, pero no será así. No habrá regreso a la guerra. El resultado del plebiscito no quiere decir que la paz haya muerto. Significa sólo que, muchos colombianos, votaron por el ‘no’ porque pensaron que se habían hecho demasiadas concesiones a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). La carnicería fue demasiado grande como para olvidarla de la noche a la mañana. Pero no hay bien que por mal no venga. Una vez más, todo será para mejor: habrá un nuevo acuerdo de paz más justo para todos, más compartido, con la incorporación del expresidente Uribe, de quienes claman por las víctimas. La guerrilla sabe que no le conviene regresar a la clandestinidad. Ni tendrían el mismo apoyo, ni cobertura en los países vecinos. Incluso les negarían el refugio y hasta podrían extraditarlos. Aquí está la clave de todo. Quiero a Colombia con toda el alma. Allí pase más de cinco años, presidí la Asociación de Corresponsales Extranjeros y recibí del Gobierno de Samper la nacionalidad colombiana que redobla el convencimiento de que iberoamericano mi corazón se llama. Cuando los guerrilleros del M-19 tomaron al asalto la Agencia EFE, de la que yo era su corresponsal, después de que aquella peripecia se resolviera pacíficamente, gracias a la mediación de Felipe González y Belisario Betancur, podría haber abandonado Bogotá y elegir destino en cualquier lugar del mundo. No lo hice. Esther y yo decidimos quedarnos. Me sucede lo que al poeta Carranza que «si me abrieran las venas, Colombia saltaría a borbotones».  Cuento todo esto —que es algo así como las batallitas del abuelo— para justificar lo que ahora diré: el acuerdo de paz, tras más de treinta años de negociaciones,  es la mejor noticia para Colombia y para la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Para España, desde luego, que forma parte de ella. Colombia está en casi todo a la cabeza de Iberoamérica, porque cuenta con un pueblo abnegado y emprendedor, además de por su riqueza natural, que es mucha. Dos realidades lastraban su crecimiento y empañaban su imagen: el narcotráfico y las actividades criminales de la guerrilla. Las dos han sido embridadas por los colombianos de manera admirable. A un alto precio, es verdad. Con harto sufrimiento, pero de forma ejemplar ante el mundo. El Premio Nobel de la Paz, que acaban de conceder al presidente Santos, mientras escribo esta gacetilla, lo es, en realidad, a Colombia entera. A esos millones de colombianos anónimos que han levantado la paz con tanto ahínco y determinación. Y a las víctimas. A ellas muy especialmente. Recuerdo una tarde de 1983 en el diario El Tiempo, de Bogotá, en el despacho de Hernando Santos, junto a su hermano Enrique, padre del actual presidente de Colombia y jefe de redacción del periódico. Acababa de llegar la noticia de un atentado atroz en una pedanía de Boyacá. «No será este el último día de Colombia», dijo convencido el padre de Juan Manuel Santos. Pocos han contribuido tanto como su hijo a este nuevo día. Se equivocó Juan Manuel sólo en una cosa: en armar un acuerdo tal vez demasiado generoso con los verdugos. Y los colombianos, que no dejan pasar una, se lo han reprochado con ese ‘no’ que, en ningún caso impedirá la paz. Que está apunto de acabar con esas cosas de horror que habían cifrado, hasta ahora, los días y los sueños de mi lindo país colombiano.

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