Artículos, Promecal

El doctor Silván

Publicado en ‘El bloc del gacetillero’, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 24 y 25 de junio de 2017

Fue una de esas estrellas fugaces que atraviesan el cielo y pasan por la vida haciendo el bien a manos llenas. El doctor Silván Garrachón, fallecido esta semana en León, pertenecía a una generación de españoles que aupó el vivir, día tras día, con entusiasmo y voluntad desde lo poco, desde la escasez. Fueron hombres entregados, como Silván Garrachón, junto a tantas mujeres —generalmente amas de casa— abnegadas y anónimas, quienes levantaron, sobre escombros, la España de la posguerra. Había que estirar lo que había, con el convencimiento de que no está el mérito en lo poco, ni en lo mucho, sino en la perseverancia cotidiana de quien sabe que todo es grande y, cualquier esfuerzo vale la pena, cuando se trata de sacar adelante a aquellos que nos han sido encomendados. Importa lo que importa: hacer la vida más fácil, más grata, a los que tenemos cerca. Antonio Silván supo compartir gozosamente lo que Dios le daba; ofreció cuanto pudo. Fue un hombre grande que tuvo siempre muy en cuenta las pequeñas cosas. Algo en lo que coinciden aquellos que le conocieron. Le interesaba lo más corriente y moliente de cada día, para servir y ser útil. Así de claro y de sencillo. No hay más misterio en la vida de este médico de cabecera. Ahora los llaman ‘de familia’, pero yo prefiero la denominación de antes, aunque suene —¡como tantas cosas!, por los efectos devastadores de la modernidad— a antigüalla. Antonio Silván, pertenecía al linaje de los Silván, que son gentes de corazón sencillo y bueno; que transmiten alegría, cariño y eficacia allá donde van. El Doctor Silván escuchó mucho. Dedicó su vida a sanar a los habitantes de los nueve núcleos de población de Chozas de Abajo, con sus casas de adobe y tapial; un municipio de la provincia de León, enclavado en la comarca natural del Páramo Leonés, entre sauces y mimbreras. Desde Ardoncino, con sus prados y encinares, a Villar de Mazarife, pasando por Cembranos —hay quien sostiene que aquí nació la lengua castellana— en pleno Camino de Santiago, fueron miles los que se beneficiaron de la sabiduría, del buen hacer de este médico que plantó cara a la polio, en tiempos en los que a la escasez de recursos se añadía la falta de información. Aseguran quienes lo trataron de cerca, que Antonio Silván Garrachón tenía el don de la entereza y de la reflexión. Decía Pablo Picasso que «llegar a joven requiere mucho tiempo». El que ha necesitado el doctor Silván, que nos ha dejado con apenas 86 años —un chaval, como quien dice—, al que este gacetillero rinde hoy homenaje por su incesante empeño en acompañar y ayudar a los que se quedaban atrás. Por ser una llamarada que caldeó el dolor, calentó corazones y alumbró a muchos.

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Doña Sofía y su mano amiga

Publicado en El bloc del gacetillero en todas las cabeceras del grupo Promecal, el 23 de octubre de 2016

Lo suyo es servir y ser útil. Experta en tender puentes y abrir ventanas, sin que apenas se note, la Reina Sofía provoca un torrente de entusiasmo, gratitud y cariño allá donde va. Lo hemos vuelto a comprobar estos días, en León, con motivo del premio Alzhéimer ‘Mano Amiga’, que reconoce su implicación personal frente a esta enfermedad, desde hace décadas. Un puntazo de los leoneses, ciertamente, otorgarle este galardón, que va más allá, pues supone también el agradecimiento de la sociedad civil a tantas acciones concretas de Doña Sofía, en favor de los afectados por esta dolencia, por sus familias. A su habilidad para crear una atmósfera de proximidad, de cercanía y diálogo, en favor de los demás. La Reina Sofía lleva toda una vida mirando de cerca y, a la vez, mirando lejos. Escuchando y acompañando. La integración social de las personas con cualquier discapacidad, el socorro a quienes más lo necesitan, ha estado y permanece en su horizonte. No desaprovecha ocasión que se le presenta para respaldar, con su presencia, cualquier esfuerzo —cualquier trabajo—, en favor de los demás. De vez en cuando, Doña Sofía protagoniza algún acto como este de León. Pero como sucede tantas veces en la vida, es mucho más lo que no se ve, que lo que se aprecia. En lo que va de año, la fundación que lleva su nombre, en colaboración con Cruz Roja, no ha parado de enviar medicamentos a los campamentos de refugiados. Ella, personalmente, ha participado en los últimos meses en cumbres como la de los microcréditos, que tanto están contribuyendo para el alivio de la pobreza y la distribución equilibrada del crecimiento, así como a dar oportunidades de negocio a mujeres de países olvidados. La Reina Sofía está reconocida internacionalmente como abanderada de las microfinanzas en el mundo. Su tarea, nos dijo en Valladolid Mohamed Yunus, «resulta impagable a todas luces». A la hora de plantar cara a cualquier penuria, Doña Sofía está siempre ahí, afrontando con empeño y sentido práctico el desafío de la fraternidad, dispuesta a echar una mano donde haga falta. Los leoneses se volcaron con su Reina. Miles de personas la recibieron al grito de «¡guapa, guapa!», a las puertas del auditorio de León, convertida en capital europea del alzhéimer. Por cierto, es admirable el protagonismo y la vitalidad que está tomando, de día en día, la capital leonesa. Doña Sofía, quiso que este premio fuera un reconocimiento a quienes trabajan hasta la extenuación por el bienestar del otro y para que quienes sufren no se sientan solos. Convirtió su premio en un homenaje a tantas y tantas personas anónimas que hacen de la solidaridad un acto de amor. Como hace ella. Tal vez por eso «barre» allá donde va. Tal vez por eso se la quiere tanto.

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Juntos para llegar lejos

Promecal, 2 de octubre de 2015

Fomentar la rivalidad y apoyarse en ella para lograr votos es, tal vez, una de las mayores necedades en las que hemos caído tantas veces. Por eso resulta tan grato ver a Oscar Puente y Antonio Silván juntos y en buena sintonía, caminando por las calles de León. Se acabó el tiempo en el que hablar mal de León podía dar más votos en Valladolid y al revés. Que un alcalde socialista y otro popular envainen viejos recelos y hagan buenas migas, lejos de absurdos desencuentros —fomentados con tenaz torpeza durante décadas—, es la mejor noticia. Lo de ayer es un ejemplo no sólo para Castilla y León, sino para toda España, en esta hora de localismos y nacionalismos. Durante su recorrido por calles y plazas, Oscar Puente y Antonio Silván —que repetirá pronto la visita a Valladolid—, fueron muchos los que se acercaron para cruzar unas palabras con ellos. Me quedo con dos frases. La que le dijo a Silván un treintañero: «así se hacen las cosas», y la de una señora —con algunos años más— que, a la altura de la Plaza de San Isidoro, les soltó a ambos: «esto es lo que yo quería ver». Oscar Puente y Antonio Silván, han entendido la realidad de la situación. Los dos han superado incomprensiones, han esquivado zancadillas; se ha abierto paso en el agrio mundo de la política con tenacidad y buen hacer. Los dos han iniciado su mandato al frente de las dos alcaldías con voluntad de cercanía. El balance de Silván al frente de Fomento y Medio Ambiente, ha sido abrumadoramente positivo. Y Oscar Puente es un político esforzado y prudente que lleva años dedicado en cuerpo y alma a Valladolid. Hasta hace poco en una tenaz oposición y, ahora, en el poder. Ambos alcaldes tienen, sin duda, sus limitaciones, que ya se ocupan de airear sus adversarios; y de no dejarles pasar una. Yo me quedo con su acierto de trabajar codo con codo por leoneses y vallisoletanos. Con la nueva etapa que se abre para dos ciudades que, a partir de hoy, se robustecen y ganan en holgura. Aunque sólo sea por el buen rollo que crean, bienvenidos sean estos gestos. Un diez para Antonio Silván, un diez para Oscar Puente.

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