Artículos, Promecal

Secretos de Bretaña

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 1 y 2 de septiembre de 2018

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Hay misterios en los que nadie se atreve a meter mano. Mejor dejar las cosas como están. En torno a uno de esos enigmas, que sacuden la «monotonía de lluvia tras los cristales» de Bretaña, un pueblito marinero de la costa norte de Galicia, sucede la peripecia humana pero también divina, de la última novela de Carlos G. Reigosa, considerado el padre de la novela negra gallega. El autor de Crimen en Compostela, La venganza del difunto y La victoria del perdedor, entre otras obras, nos acerca de nuevo la libertad y rescata las convicciones del vivir  desde lo más sencillo y cotidiano; y nos muestra, también, cómo la muerte y el sufrimiento pueden transformarse en algo fecundo y hasta sorprendentemente dichoso. Secretos de Bretaña es una novela de honduras; amena e inesperada en cada página. Uno de esos libros a los que el lector no desea que se ponga el punto final. Todo, menos que acaben la incertidumbre y el palpitar de esas páginas en las que salta la vida a borbotones. El autor de Secretos de Bretaña, ha escrito una obra literaria que acompaña y muestra lo que verdaderamente importa: el pulso de las pasiones, los sentimientos y la contradicción en cualquier existencia. A través de las verdades ocultas y secretos a voces que le van contando los vecinos de Bretaña, Reigosa logra atrapar al lector, con historias como la de una muchacha que desaparece y cuyo cadáver se encuentra tiempo después en un nicho ajeno, santuarios que esconden poderes sobrenaturales, relaciones que se rompen y un divertido mundo de señoritingos y zascandiles. Desde que Isauro Guillén Márquez descubre aquel centenar de casas pequeñas de Bretaña, acostadas sobre el litoral, en el que la playa aparece y desaparece, según baje o suba la marea, el escritor se da cuenta de que ha encontrado el cobijo anhelado para reponerse de cualquier afán, tanto los provocados por los fracasos, como por el éxito. En realidad, lo que Reigosa propone es un refugio interior, del que todos deberíamos disponer, para que la vida deponga sus espinas. En Bretaña hay enigmas y también milagros. Esta es una novela muy teatral. No en vano, Carlos G. Reigosa, es autor de centenares de críticas  teatrales, además de interesantes columnas sobre política y cultura, tanto nacional como internacional, aparecidas en las principales cabeceras de España y de la América hispana. Carlos González Reigosa es, ciertamente, uno de los periodistas más completos y sagaces que han dirigido la Agencia EFE, el más valioso proyecto informativo de España. En esta novela, demuestra que el que no cambia nunca es un estúpido. Cambian las razones y, con ellas, cambiamos nosotros. Secretos de Bretaña es, en fin, una novela rebosante de sabiduría.

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Artículos, La Razón, Promecal

El último romántico

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal y en LA RAZÓN, el fin de semana del 21 y 22 de julio de 2018

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Mariano Fazio, autor de El último romántico

A veces se encontraba frío, seco, sin ganas de nada. El cansancio, la desgana —una cierta apatía, incluso—, estuvieron presentes en su alma y en su cuerpo, como en la vida de cualquier mortal. Lo cuenta Mariano Fazio, campechano sacerdote argentino, con toda naturalidad, hablando del fundador del Opus Dei, en un libro muy ameno y original: El último romántico: San Josemaría en el siglo XXI. Dice Fazio del universal aragonés —probablemente el español más influyente del siglo XX— que, a pesar de los pesares, «no se dejaba llevar por la ley del gusto, sino que perseveraba con energía humana». Medulan estas páginas la alegría, el buen humor, la trascendencia del amor y de la vida familiar. Pero, sobre todo, la repercusión humana y social de la vida de cada cristiano, a través de su trabajo. Recuerda el autor la pasión por la libertad del fundador del Opus Dei: «no me dejéis a mí como el último de los románticos», gustaba decir Escrivá, quien añadía: «este es el romanticismo cristiano: amar la libertad de los demás». Fazio coge el toro por los cuernos. Se atreve con las debilidades de los católicos —objetivas, lamentables—. Recuerda que el fundador del Opus era muy consciente de estas calamidades. Tal vez por ello animaba a no fijarse tanto en las cualidades o flaquezas de eclesiásticos y cristianos de a pie —lo que sería quedarse en la superficie—, sino a ver la Iglesia como lo que es: «Cristo presente entre nosotros, sosteniéndonos en los pequeños y en los grandes combates de la vida diaria». Mariano Fazio logra, con El último romántico, acercar la espiritualidad del Opus Dei, un movimiento universal de fieles de cierta complejidad, y no siempre bien entendido, ni bien explicado por ellos mismos, todo hay que decirlo. Apoyado en reflexiones espontáneas del fundador, Fazio evoca cosas poco sabidas, como la convicción de Escrivá de que «si el Opus Dei no fuera para Dios, para servir a la Iglesia, sería mejor que se disolviera». Interesante el capítulo que dedica a demostrar que no hay dogmas en las cosas temporales. Un acierto hacerlo, además, de la mano de John Wiggett, el avispado personaje que regenta una posada en la novela de Dickens. En fin, uno de esos libros necesarios; bien escrito. Llama la atención la apuesta que hace Fazio —nada menos que vicario general del Opus Dei— por una actitud abierta ante los cambios que estamos viviendo, y su rechazo de cualquier mirada pesimista, negativa, que añora tiempos mejores, que sólo existieron en la imaginación de algunos nostálgicos y cenizos. Un nuevo puntazo de Rialp, apostar por libros frescos como este, o el reciente de Sánchez León, en lugar de ladrillos babilónicos para versados «teólogos».

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La felicidad donde no se espera

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 7 y 8 de julio de 2018

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Suele ser así. La felicidad, esa que nos aleja de cualquier tristeza o desánimo y es portadora de una alegre y serena quietud, brota donde no se espera. Y, casi siempre, de un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Sólo cuando se logra transformar el corazón —tantas veces de piedra—, en un corazón de carne y hablar, también, con palabras de carne, son las cosas de forma muy distinta en la vida. La felicidad donde no se espera es el título de la obra de Jacques Philippe, cuidadosa y bellamente editada por la editorial Rialp, en su colección Patmos. Me ha gustado especialmente, porque se trata de una sencilla reflexión, sin pretensiones teológicas, sobre las Bienaventuranzas. Vamos, que puede ayudar a cualquiera y ser entendido por gacetilleros cortitos, como el que esto escribe, lo cual es siempre de agradecer. Más que nada porque, si de algo está enfermo nuestro mundo, es de insaciable avidez y codicia. Así que viene bien darle una vuelta a las enseñanzas de El Galileo, como medio para construir una sociedad más dichosa. Jacques Philippe hace, en estas páginas, interesantes consideraciones. Como esta: tendemos a sentirnos propietarios de dones que no nos pertenecen. «A utilizar, por ejemplo, el bien que hacemos, para fabricarnos un pequeño pedestal sobre el que nos subimos. Para juzgar a los demás y creernos superiores a ellos». Da en la diana el autor de La paz interior: cuando se es pobre de espíritu, siempre se es agradecido. No se considera nada como debido, por aquello de que «porque me conozco, me temo»; cualquier bien que haya en nuestra vida es, casi siempre, un regalo. Y eso alimenta nuestro agradecimiento. Cuesta aceptarnos en nuestra fragilidad, en nuestra debilidad; con nuestros borrones. Ser humilde en la relación con uno mismo es todo un reto. Sin embargo, por ahí, por ahí van las cosas. Por ahí llega la felicidad. Por donde no se espera. La pregunta sería: ¿por qué tenemos esta tendencia a apropiarnos de dones que no son nuestros, para hinchar nuestro ego? De esta necesidad permanente de reconocimiento y autobombo; de que nuestra vida y nuestra persona estén siempre sobrevaloradas a nuestros propios ojos y ante los de los demás. Todo vale, para amplificar y alimentar el ego, que es «el mayor falsario» como bien advierte el gran Ramiro Calle. Al ego no le basta con nada. ¡Cuántas veces no hemos escuchado, aquello de que el mayor negocio del mundo sería comprar a una persona por lo que realmente vale, y venderla por lo que cree que vale! Pues bien, la respuesta la da Jacques Philippe, en La felicidad donde no se espera: la experiencia de Dios. Regresar a esas verdades eternas que algunos se empeñan en arrancar de cuajo, ante la pasividad de tantos

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Huellas

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 9 y 10 de junio de 2018

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El poeta Jorge de Arco (Foto: Wellington Dos Santos)

Jorge de Arco. Detrás de este nombre, suena la voz limpia del campo. Uno de los poetas más originales y firmes de nuestras letras. Huellas es el último libro del Premio Internacional de Poesía José Zorrilla. El poeta sueña en estas páginas, al otro lado de la puerta y se agita con todos sus miedos inflamados, frente al barro de su sombra, mientras escribe con mano febril. Se pregunta Jorge de Arco por la ausencia que se vuelve piedra y río, y «se derrama en las sábanas del tiempo», por «aquellos paraísos, aquellos mediodías / aquellos / pájaros del clamor y la nostalgia». «Vivir es volver», recuerda este profesor universitario de Literatura Española e Hispanoamericana. Tal vez por ello, dos décadas después de haber iniciado su andadura lírica, vuelve hasta aquellos sus primeros versos, para reencontrarse con un tiempo en el cual la poesía le concedió su certidumbre y su fervor. Han pasado más de veinte años. Durante este tiempo, el poeta ha ido creciendo en la dicha fugaz de ver cumplidos muchos anhelos y ha podido comprobar cómo sus poemas iban surgiendo de la mano de lo vivido. Ahí quedan, para siempre, obras que enriquecen nuestras letras y dan holgura al vivir. Títulos como El árbol de tu nombre; La constancia del agua; La casa que habitaste, premio San Juan de la Cruz; Las horas sumergidas y El sur de tu frontera, entre otros bellísimos poemarios. O su completa antología de poesía mística y ascética, Llama de amor viva. Nadie antes había traspasado así, con esa ternura, la herida enamorada de aquel a quien los Calzados tenían por un frailecillo de risa. Jorge de Arco dirige, desde hace más de una década, la revista Piedra de Molino. Unas páginas que caldean los corazones de poetas con talento, de aquí y de allá. Hay de todo un poco en los versos  de Jorge de Arco: paisajes reales y menos reales, silencios de ayer e instantes de hoy. Late el cielo en la tierra en la obra de este escritor imprescindible. Jorge de Arco dedica estas Huellas a su madre. Huele el libro a ella, mientras se asoma a esa ausencia constante y lanza esta súplica al aire: «Cuando sueltas / la tarde de mi mano, / cómo sería ver el mar desde la playa de tus ojos». Pero lo mejor de Jorge de Arco es su hombría de bien; su exquisita caballerosidad espiritual: «la soledad reclama su lugar y su instante / y la misma agonía que respiran / las ruinas recientes de mis párpados, / recorre los cimientos de este hogar / de esta conciencia de cal y llanto». El poeta clama desde los resquicios del alma, desde el común resplandor de la sangre. La misma sangre que «salta a borbotones, al otro lado del día y de la noche», porque «… es la hora del trigo y los arcángeles, / es la hora del alma y del relámpago», ciertamente.

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Habitar la vida

Publicado el fin de semana del 26 y 27 de mayo de 2018 en todas las cabeceras del Grupo Promecal

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Pasamos por las cosas sin habitarlas. Hablamos con los demás, sin atender. Ni escuchamos, ni somos escuchados. La velocidad a la que vivimos nos impide vivir. Tal vez por eso, precisemos más que nunca de una lentitud que nos proteja del atolondramiento y la imbecilidad ambiental. De tanta desmesura y banalidad. Pero, ¿cómo retomar el vivir y acercarnos a lo que de verdad importa? ¿A lo que permanece intacto, más allá de las apariencias? La respuesta la tiene el portugués José Tolentino Mendoça. Una de las mentes más lúcidas de la Comunidad Iberoamericana de Naciones. Tolentino, se encuentra entre las voces más originales del Portugal contemporáneo, tanto por su capacidad para sacudir las conciencias con sus ensayos, como por la firmeza de sus convicciones en este tiempo de descendimientos. Merece la pena reparar en alguien capaz de explorar, por ejemplo, el agradecimiento, no sólo de lo que nos ha sido dado, sino también de lo que no nos dan. El perdón, la perseverancia, la ciencia de saber y la de no saber, ocupan un lugar preferente de sus reflexiones. Su Pequeña teología de la lentitud es el libro más delicioso que he leído en años. Toca algunos de los temas que más me interesan. Y, como a mí, intuyo que a muchos: la felicidad, la espera, el arte de bien morir, la alegría como tarea cotidiana o la compasión, no sólo como capacidad para sufrir con el otro, sino para padecer en lugar del otro. El cuidar, acoger y amar como único santo y seña del vivir. El arte de mitigar el dolor no sólo con medicamentos, sino caldeando corazones, debería ser una asignatura obligada desde la educación infantil hasta la universidad. En definitiva: aprender a proteger la fragilidad —la propia y la ajena— y aprender a estar con los otros con capacidades nuevas. A tirar de ese hilo que da sentido a la vida, por más oculto y frágil que sea. Acompañarnos los unos a los otros. Habitar, decía Heidegger, significa «proteger y cultivar». Para sustentar su afirmación, el filósofo recurre a esta cita: «Dios, el Señor, tomó al hombre y lo puso en el jardín del Edén, para que lo cultivara y lo cuidara». Labrar, compartir, prestar amparo. ¡Qué es todo esto, sino vivir en bondad, en verdad y en belleza! O lo que es lo mismo: ser felices. En la vida, sólo existe una pregunta realmente importante, al decir de Millan Kundera: ¿por qué no somos felices? La respuesta tal vez sea nuestra incapacidad para diferenciar entre felicidad y bienestar, para darnos cuenta de que la verdadera dicha presupone un aprendizaje, un conocimiento, una actitud. Un saber lo que vivimos o dejamos de vivir. Una tarea imposible, cuando vivimos secuestrados por el día a día y no damos espacio a lo más humano.

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Meditar

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Ramiro Calle (Foto: Wellington Dos Santos)

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 12 y 13 de mayo de 2018

Situarnos en el momento presente. Sosegar la mente. La meditación es como un árbol frondoso, con un sinfín de ramas, flores y frutos, que brotan de un mismo tronco universal. De la sensibilidad de las tradiciones espirituales. A este apasionante tema, que interesa cada vez a más, dedica Ramiro Calle su última obra, Cien técnicas de meditación. Un libro bellamente prologado por Jesús Aguado y editado con esmero por Kairos, que vuelve a apostar por el pionero de la meditación y el yoga en el mundo hispano. Ramiro Calle dedica conmovido su obra a los casi seiscientos mil alumnos que, a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, han acudido gozosos a sus clases en el centro Shadak. Las enseñanzas orientales insisten en que la rigidez es muerte y la flexibilidad es vida, pero esta afirmación no se refiere sólo a la elasticidad del cuerpo, sino también a la de las emociones. Hay que evitar aferrarse a los propios puntos de vista y esquemas mentales; cultivar la capacidad de ser útil. Ponerse en la piel del otro. Jamás emperrarse en imponer nuestras propias convicciones a capa y espada, como muy bien recuerda nuestro yogui. Es la flexibilidad mental la que nos hace comprensivos, tolerantes y capaces de descubrir al otro. Somos más abiertos, más porosos. Son estas unas páginas directas. Escritas a manera de mantras. En ellas, como no podía ser de otra forma, el autor de libros inolvidables como El faquir, va desde el yoga al taoísmo, el budismo, el sufismo o la mística cristiana. El autor de Cien técnicas de meditación —como Ramana Maharshi—, conoce muy bien el alma humana: «al lado del corazón físico, hay otro espiritual en el que uno puede adentrarse, hasta crear un ánimo de recogimiento y presencia divina». Pero, ¿qué es meditar? El autor de casi trescientas obras filosóficas y espirituales repartidas por todo el mundo, lo explica así: «meditar es vaciar la mente de pasado y de futuro, para abrirse a la gloria del momento presente, logrando así que el color sea más color y el sonido más sonido. Desarrollar la intuición para poder ver la realidad última de las cosas, liberándose de las redes del ego y conectando con la naturaleza que reside en la propia mente, cuando esta es capaz de volverse hacia sí misma». No se puede expresar mejor, ciertamente. Ofuscación, avidez, odio, sufrimiento inútil, desequilibrio, emociones tóxicas, desorden, suciedad, dispersión, desasosiego, desgana, ansiedad, bullicio… En todo esto y mucho más se repara con acierto y naturalidad en Cien técnicas de meditación. Ramiro Calle nos muestra, con esa sagacidad e ingenio, como sólo él sabe hacerlo, el camino para vivir conscientes, en lugar de ser vividos.

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La mirada del otro

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 23 y 24 de diciembre de 2017

La imagen de España ayer y hoy. ¿Cómo se ha visto a través de los siglos? ¿Cómo se nos contempla, en la actualidad, fuera de nuestras fronteras? Responder a estas preguntas, desde la serenidad de un pensamiento equilibrado y profundo, es lo que hace la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, por iniciativa de José Varela Ortega: un historiador serio, estudioso, tenaz. A través de encuentros, debates y conferencias, veinte especialistas españoles y extranjeros, a cual mejor, abordan, de manera rigurosa y aleccionadora, la imagen de España y su proyección. Una iniciativa que ha culminado en un libro colectivo, bajo el título de La mirada del otro. Ni entonces ni ahora, nada nuevo bajo el sol: es la misma insensatez la que nos deja fuera de juego. Lo primero que brota de estas páginas, es que la imagen de España en el mundo sufre notables altibajos, en función siempre de la cordura o despropósito de nuestro actuar cultural, económico y político. Y, lo segundo, el esfuerzo de los autores por esquivar tópicos, para huir de esa imagen pintoresca que tanto daño nos ha hecho y aún hoy nos hace. Hay en La mirada del otro, un convencimiento compartido de que los españoles no podemos continuar zarandeados eternamente por los mismos miedos e incertidumbres. Algo que daña nuestra salud democrática, ciertamente. Piensan fuera que la Guerra Civil no ha terminado todavía. Que sigue habiendo dos Españas. De ahí la necesidad inaplazable de abrir los ojos, para que recuperemos nuestra conciencia moral, creamos en un proyecto común y crezcamos juntos. Una sociedad que no se comprende a sí misma, no irá lejos. Dos interrogantes esenciales: ¿qué hacer, frente al avance de los populismos de derechas e izquierdas? ¿Cuál es el camino para afianzar, con la ayuda de todos, una convivencia a largo plazo? Si para algo sirve ahondar en la imagen de España de ayer y de hoy es, sobre todo, para convencerse de que, sin una inmediata regeneración, no habrá nada que hacer; del tremendo error que representa cualquier ensoñación, la que sea. Es imperdonable tener que aceptar aquello de que «si habla mal de España, es español». Se nos olvida que la valoración que tengamos de nosotros mismos, será la que sirva de trampolín para proyectarnos en otras naciones. Si nosotros no somos capaces de conquistar nuestra propia credibilidad y de defenderla, frente al acoso despiadado de algunos, ¿quién lo hará? Hacía falta un libro como este, que mostrara que cuatro décadas de progreso y libertades se tambalean en esta hora de España. Por eso son tan necesarias estas aportaciones para desentrañar y entender nuestro verdadero ser. Este, y no otro, es el asunto.

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