Artículos, Promecal

Comerse a los amigos

Publicado en todas las cabeceras del grupo Promecal, el fin de semana del 23 y 24 de junio de 2018

close up of hand feeding on tree trunk

Photo by Leah Kelley on Pexels.com

¿Por qué no vemos a los animales como seres vivientes y sintientes, si su corazón es de carne y sangre como el nuestro? Dejo la pregunta, para que el amable lector la responda. Ojalá llegue el día en el que todos tengamos esa «mente clara y corazón tierno» de los que habla el príncipe Siddharta Gautama, Buda, para que al fin, podamos comprender que nuestros hermanos los animales sienten y padecen como nosotros. «Los animales son nuestro prójimo. Y lo son en la medida de su dolor. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo», afirma mi buen amigo el escritor Fernando Vallejo. Ramiro Calle, introductor de las enseñanzas orientales en el mundo hispano, y autor de cientos de escritos dedicados a este tema, sostiene que, mientras no haya verdadero respeto por los animales, el mundo será un estercolero. No le falta razón al universal maestro de yoga. No es fácil abordar esta realidad, que suscita pasiones de un lado y otro. Desde los que sostienen que «la tortura no es cultura», hasta los que dan por bueno cualquier vejación y maltrato en nombre de no se sabe muy bien qué absurdas justificaciones, y me traen a la memoria la célebre sentencia de Thoreau: «la ardilla que matas de broma, muere de verdad». No escribo estas líneas para crear polémica. Hace mucho tiempo que dejé de opinar. Veo lo que sucede y no me gusta ver sufrir a los animales. Mejor dicho: cada vez me gusta menos. «Los animales son mis amigos, y yo no me como a mis amigos», decía el gran San Francisco de Asís. No sé. A mí siempre me ha parecido que el grado de civismo de una sociedad se mide por cómo trata a los ancianos, a los niños y a las personas. En definitiva, en cómo trata la vida desde sus inicios hasta el último momento. Vuelvo al poverello, a Francisco de Asís: «Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida». Claro que no sé si hablar de Dios e invocar su nombre sirve para algo, en una sociedad que ha renunciado a hablar de verdades eternas. A pesar de tanta devastación, soy optimista. No es verdad que todo vaya a peor. Tampoco en esto. Avanzamos paso a paso: está surgiendo una nueva sensibilidad hacia los animales, que se refleja en nuevas leyes que los reconocen como seres sintientes y no como cosas. Lo que no es poco. El mundo será más noble, más bello y más vividero el día que nuestros hermanos los animales ocupen el lugar que por derecho les corresponde, y que les hemos usurpado. No me cabe la menor duda de que, como ya anunciaba Leonardo Da Vinci, llegará un día en que los hombres verán el asesinato de un animal como ahora ven el de un hombre.

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Maltrato animal

Promecal, 23 de octubre de 2015

La noticia aparecía ayer en estas mismas páginas: ingresa en prisión el primer condenado en España por maltrato animal. El juez le impone ocho meses de reclusión por matar con una estaca a un caballo de carreras. Una criatura hermosa, inocente. «La muerte a palos, en humanos y en animales, es una de las más angustiosas», se lee en la sentencia. Un método brutal, como pocos existen de quitar la vida. Una salvajada más del rey de la Creación. La agonía atroz de este caballo, nos coloca frente a una de nuestras realidades más aberrrantes: el genocidio animal. Para mí, el asesinato de seres vivientes y sintientes, a los que hacemos sufrir lo indecible. Soy consciente de que esta gacetilla provocará hilaridad y hasta mofa en algún amable lector. Pues ¡bendito sea Dios! Cada loco con su tema. ¿Sabían ustedes que maltratar, mutilar y asesinar a un animal, no es delito en España? Está considerado como simple falta: una multa y listo. Al menos hasta ahora. Me repugnan las cacerías, las masacres de animales desde que era niño. Cuando en 1978 la ONU aprobó la Declaración universal de los derechos de los animales, recuerdo la alegría con la que María Mercedes Carranza, Pablo Hernández y yo brindamos con una botella de sidra El Gaitero, después de leer y releer aquél artículo: «Ningún animal será sometido a malos tratos, ni actos de crueldad. Si es necesaria la muerte de un animal, ésta debe ser instantánea, indolora y no generadora de angustia». Asusta comprobar cómo, casi cuarenta años después, los españoles seguimos siendo incapaces de poner fin a tanta vileza y ceguera moral. No me cansaré de repetirlo: nada mejor para medir el grado de civilización de una sociedad, que comprobar cuál es su legislación en lo que al bienestar de los animales y sus derechos se refiere. Pues bien, en España no existe una legislación nacional que los proteja. No merecen tanta atención como para tener una ley propia. A lo mejor no hay que hacer más averiguaciones para entender muchas cosas.

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