Artículos, Promecal

Sarrión rescata a Sacristán

Artículo publicado el fin de semana del 20 y 21 de enero de 2018, en todas las cabeceras del Grupo Promecal

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El Coordinador General de IU en Castilla y León, José Sarrión (foto: Wellington Dos Santos)

Fue el filósofo español que mejor supo lidiar con el marxismo, desde una noción de ciencia. De los más anti-dogmáticos, también. Manuel Sacristán dio un giro a la filosofía de la ciencia y a la ciencia de la política, lo cual no es cualquier cosa. Ahora, José Sarrión, un humanista entregado a la política, licenciado por la Universidad de Salamanca y doctor en filosofía por la UNED y defensor de causas perdidas, rescata los escritos y el pulso entre lógica, ciencia y verdad de Sacristán, en un libro denso, pero que tiene apartes espléndidos, como el que se refiere a su pensamiento ecológico o ciertos materiales inéditos del gran filósofo. Sarrión recupera, también, los más hondos diálogos de Sacristán, con los primeros nombres de la filosofía del siglo XX. No es la primera vez que José Sarrión, una de las inteligencias más sagaces de Castilla y León, da voz al que parecería ser uno de sus maestros más preciados. Lo hizo hace tres años, cuando sacó a la luz una obra necesaria: la bibliografía de Sacristán. Y, en 2012, con Lógica y verdad. José Sarrión, como no podría ser de otra manera en un hombre inequívocamente de izquierdas como él, profundiza en estas páginas, de forma clara y muy didáctica —algo que caracteriza a todas sus obras—, en el diálogo de Sacristán con autores capitales del imaginario comunista, como Engels, Gramsci, el muy rojo Althuser y otros. El filosofar de Lenin le «pone» a Sarrión tanto como a Sacristán. Hay en La noción de ciencia en Manuel Sacristán, que es como titula Sarrión su libro, un texto inédito sobre la función de la ciencia en la sociedad contemporánea, en el que vale la pena reparar. El filósofo madrileño no entra en la discusión acerca de si el ser humano del presente es moralmente más perverso que el del pasado. Pero sí llega a esta interesante conclusión: «los particulares desastres del siglo XX —quiero decir, desastres causados directamente por los seres humanos—, la particularidad de su dimensión sin precedentes respecto a los de otras épocas, con independencia de que puedan deberse a variaciones en la moralidad pública, de lo que no hay ninguna duda es de que se deben no tanto a más maldad, sino a más ciencia». Llama la atención el fervor del Coordinador General de Izquierda Unida en Castilla y León por el marxismo abierto y crítico que propone Sacristán, con cuyo sentir ético-político se identifica. Ambos filósofos —maestro y discípulo—, no dan puntada sin hilo hasta alcanzar los últimos objetivos: la alianza entre ciencia y movimiento obrero. Dedica estas páginas José Sarrión a quien mejor podía hacerlo: a su madre. Una mujer de belleza serena que lleva, como él, la alegría de vivir en la mirada y sólo sabe —como su hijo—, hacer el bien a manos llenas.

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La mirada del otro

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 23 y 24 de diciembre de 2017

La imagen de España ayer y hoy. ¿Cómo se ha visto a través de los siglos? ¿Cómo se nos contempla, en la actualidad, fuera de nuestras fronteras? Responder a estas preguntas, desde la serenidad de un pensamiento equilibrado y profundo, es lo que hace la Fundación José Ortega y Gasset-Gregorio Marañón, por iniciativa de José Varela Ortega: un historiador serio, estudioso, tenaz. A través de encuentros, debates y conferencias, veinte especialistas españoles y extranjeros, a cual mejor, abordan, de manera rigurosa y aleccionadora, la imagen de España y su proyección. Una iniciativa que ha culminado en un libro colectivo, bajo el título de La mirada del otro. Ni entonces ni ahora, nada nuevo bajo el sol: es la misma insensatez la que nos deja fuera de juego. Lo primero que brota de estas páginas, es que la imagen de España en el mundo sufre notables altibajos, en función siempre de la cordura o despropósito de nuestro actuar cultural, económico y político. Y, lo segundo, el esfuerzo de los autores por esquivar tópicos, para huir de esa imagen pintoresca que tanto daño nos ha hecho y aún hoy nos hace. Hay en La mirada del otro, un convencimiento compartido de que los españoles no podemos continuar zarandeados eternamente por los mismos miedos e incertidumbres. Algo que daña nuestra salud democrática, ciertamente. Piensan fuera que la Guerra Civil no ha terminado todavía. Que sigue habiendo dos Españas. De ahí la necesidad inaplazable de abrir los ojos, para que recuperemos nuestra conciencia moral, creamos en un proyecto común y crezcamos juntos. Una sociedad que no se comprende a sí misma, no irá lejos. Dos interrogantes esenciales: ¿qué hacer, frente al avance de los populismos de derechas e izquierdas? ¿Cuál es el camino para afianzar, con la ayuda de todos, una convivencia a largo plazo? Si para algo sirve ahondar en la imagen de España de ayer y de hoy es, sobre todo, para convencerse de que, sin una inmediata regeneración, no habrá nada que hacer; del tremendo error que representa cualquier ensoñación, la que sea. Es imperdonable tener que aceptar aquello de que «si habla mal de España, es español». Se nos olvida que la valoración que tengamos de nosotros mismos, será la que sirva de trampolín para proyectarnos en otras naciones. Si nosotros no somos capaces de conquistar nuestra propia credibilidad y de defenderla, frente al acoso despiadado de algunos, ¿quién lo hará? Hacía falta un libro como este, que mostrara que cuatro décadas de progreso y libertades se tambalean en esta hora de España. Por eso son tan necesarias estas aportaciones para desentrañar y entender nuestro verdadero ser. Este, y no otro, es el asunto.

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El poder invisible del Rey

Publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 14 y 15 de octubre de 2017

Piensan algunos —y tal vez no les falte razón—, que el Rey, cuanto más invisible, mejor. El Rey está presente siempre, pero sin intervenir. Trabaja en la sombra, ciertamente. Se le ve, sobre todo, en días complicados como los que estamos viviendo. Cuando más se necesita una bocanada de serenidad, de ilusión y sensatez. Se ha dicho muchas veces, pero no está de más recordarlo, que un rey no es sólo eso. Es, sobre todo, una Institución. Alguien que trasciende la política. Un rey encarna la Corona, que es la unidad y la continuidad de un pueblo. Si algo está percibiendo el pueblo español, estos días, es que la Corona es una institución que va más allá de los partidos y de sus afanes por conquistar el poder y repartirse el botín. Lo mejor de este Rey, sencillo, cercano, especialmente con los más débiles, es su voluntad de escuchar y comprender. Pero Don Felipe advierte y aconseja también, aunque casi nunca nos enteremos de estas cosas. Está ahí para infundir tranquilidad, para alentar y dar holgura. Lo que no es cualquier cosa, desde luego. Y esto es lo que se percibe, felizmente. Su discreta influencia —ignorada casi siempre—, en vidriosas decisiones económicas, políticas o diplomáticas, es el mejor servicio que el Rey puede prestar, y él lo sabe. Especialmente, en situaciones complejas como esta por la que atravesamos. Nuestro Rey lo está haciendo impecablemente. Si algo se percibe en estas horas críticas, es la calidez y el cariño de los españoles hacia él y Doña Letizia. Sobre todo, al comprobar hasta qué punto su buen hacer asegura la unidad nacional y la continuidad histórica de la nación española. En realidad, Felipe VI, ha conseguido, en poco tiempo, un cambio sustancial en la imagen de la Monarquía, con una conducta ejemplar. Nuestro Rey es juicioso, infunde serenidad; fomenta el diálogo como nadie. Simboliza muy bien la concordia entre españoles. Felipe VI tiene ante sí una segunda Transición y no puede cometer un solo error, ni torpeza alguna. Hasta ahora, no lo ha hecho. Una vez más, los niños nos dan la pista en cosas de tanto alcance como estas que nos ocupan. ¿Qué es un Rey para ti?, es la pregunta que se hace cada año para un concurso a escolares de toda España. Resulta de lo más esclarecedor comprobar las respuestas que dan con sus trabajos estos chicos y chicas de entre 8 y 13 años. Como aquella imagen de Ana Jordá, con esa maceta en la que cada flor, hecha con papel, tiene pintados los colores de una Comunidad Autónoma. Y la imagen del Rey es la regadera que lleva el agua a todas ellas. A tener en cuenta, también, la reflexión de Don Felipe, ante los ganadores de este año: «aprendo de todo lo que me decís; es un recordatorio que os agradezco».

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¿Estado o nación?

Artículo publicado en ‘El bloc del gacetillero’, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 19 y 29 de agosto de 2017

¿Es o no es España más Estado que nación? Porque en la respuesta que demos a esta pregunta se encuentra la clave de lo que nos está pasando. De este momento de incertidumbre y de desasosiego. Porque ¿sabe alguien lo que va a pasar? Yo, desde luego, no. Una sola cosa está clara: hay un número nada desdeñable de catalanes que se quieren ir. Y no es sólo cosa de ese nacionalismo histórico del que tanto se habla. El movimiento independentista catalán va por otros derroteros. Quiere la ruptura con el resto de España. Digamos que es una reacción a la brava. La pregunta que habría que hacerse es qué hemos hecho todos. Qué estamos haciendo mal ellos y nosotros para llegar a este horizonte  tan inquietante. Y mientras el problema catalán no se resuelva los españoles —aceptémoslo o no— estaremos limitados e incluso atados de pies y manos en muchas cosas. Iremos todos a peor, por extraviadas sendas. Por eso es más necesario que nunca estar a la altura, en medio de este laberinto de desencantos. Vale la pena reparar en algo: cada día son más los que sostienen que España es más estado que nación. Incluso una nación tardía surgida de un momento de nuestra historia marcada por una unión de reinos. ¿Igual es que no hemos aceptado nunca esto y hemos impuesto un pensamiento único, sin calcular las consecuencias? No lo sé, no lo sé. Yo no estoy de acuerdo con los que dicen que les hastía el debate catalán. A mí me preocupa. Quiero a Cataluña. Admiro a los catalanes. No sé cómo, pero tenemos que encontrar, entre todos, la manera de superar ese nacionalismo secesionista, que quiere romper la legalidad, y articular una fórmula que reconozca derechos y sensibilidades que están ahí —que no se pueden negar—, y que podrían satisfacer a muchos catalanes, incluidas las clases medias que tanto cuentan, para salir del desencuentro, levantar un acuerdo y aupar un destino compartido. No son bonitas palabras. Podría ser. ¿Por qué no? Lo que no vale es tirar la toalla y decir que si se quieren ir, que se vayan, y cosas por el estilo, que muchos no compartimos. Dos cosas me parece que han de quedar claras: por un lado que no habrá solución si no se reconoce la singularidad de Cataluña como pueblo y, por otra, que el acuerdo al que se llegue no puede hacerse a costa de la España autonómica. Una solución que quiebre la solidaridad entre comunidades autónomas sería un error, un inmenso error. Complicado lo tenemos. Muy complicado. Pero tiene solución. Dejemos de lado las cuestiones emocionales. Seamos valientes. Démonos cuenta de que el nacionalismo catalán se nos ha ido de las manos y no será fácil, y la salida ya no es una España federal. Es otra.

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Palabras a Medianoche, rtvcyl

Entrevista al Rey Simeón de Bulgaria

Entrevista emitida en ‘Palabras a medianoche’ el 27 de noviembre de 2016

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Entrevistas, Palabras a Medianoche, Uncategorized

Entrevista a Francisco Reyero, a propósito de su último libro «Trump, el león del circo»

Entrevista al escritor y periodista Francisco Reyero, emitida el 30 de octubre de 2016 en Palabras a medianoche

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Artículos, Promecal

Refugiados

Publicado en El bloc del gacetillero (en todos los diarios del grupo Promecal), 17 de julio de 2016

Son los pobladores de la Europa del futuro. Y más vale que lo entendamos pronto. Poseen ideas, empeño, deseos de compartir y levantar la vida. Buscan un futuro para ellos y para sus hijos, y están dispuestos a darlo todo para alcanzar esa meta. Por eso aceptan riesgos y penurias para llegar a nuestras fronteras. No temen lo impredecible, ni escatiman sacrificios. Saben esperar. Pero en la Europa de los mercaderes nos falla el sentido anticipativo. En medio de un proceso demográfico de extinción, y mientras las ratas abandonan el barco, los europeos continuamos viviendo en un eufórico y vacío presente, como si aquí no pasara nada, cuando está pasando todo. La miseria de corazón y de pensamiento de Europa asustan: entre nosotros, «no existe sentido de la propia vida y de la historia como espacio de construcción, ni la idea de que esa tarea exige sacrificio, entrega y no pocas renuncias», asegura Susanna Tamaro, que lleva toda la vida luchando por lo que más importa: el cambio del corazón humano. Estamos ante un mundo nuevo y no queremos enterarnos. Y, por si fuera poco, carecemos de las convicciones necesarias para aupar la existencia; de ese entusiasmo sin el cual no hay espacio para la vida. Pero como suele decir nuestro José Jiménez Lozano, vaya usted con estas historias a nuestros mandamás, ni a casi nadie, «en esta sociedad nuestra que ha consagrado el utilitarismo como el único valor moral», emperrada «en llenar de telarañas las mentes infantiles y las adultas». En fin, que para que las cosas cambiaran, habría que volver al sentido común, que es tanto como decir el uso normal de la razón humana, del que parecería que carecemos cuando más falta nos hace. Vaya usted a explicarle a la Europa de los mercados que el dinero no está para acumular y especular a favor de unos pocos, sino para afianzar el crecimiento de otras vidas; para ensanchar la fraternidad humana. Y, sin embargo, la inmensa mayoría de los europeos llevamos en los pliegues de nuestro corazón un deseo ferviente de cambio; de aspiraciones más altas. Lo que pasa es que no acabamos de pensar en el hombre como en el hombre, sin preguntarnos si es de los nuestros o de los otros. Pero es por aquí por donde van las cosas, la única redención posible. Difícil, mientras vivamos en el relativismo de los sentimientos y las ideas; a espaldas de lo que es, y no de lo que a nosotros nos conviene que sea; haciendo oídos sordos a que la existencia tiene sus leyes y, si se quiere una vida justa y equilibrada para todos, hay que respetarlas. Pero lo dicho: vaya usted con estas historias de compartir la carga y construir una vida justa, a nuestros mandamás, o a cualquier otra parte, y le darán con la puerta en las narices.

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