Artículos, Promecal

La felicidad donde no se espera

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 7 y 8 de julio de 2018

WhatsApp Image 2018-07-05 at 11.14.52.jpeg

Suele ser así. La felicidad, esa que nos aleja de cualquier tristeza o desánimo y es portadora de una alegre y serena quietud, brota donde no se espera. Y, casi siempre, de un corazón nuevo y un espíritu nuevo. Sólo cuando se logra transformar el corazón —tantas veces de piedra—, en un corazón de carne y hablar, también, con palabras de carne, son las cosas de forma muy distinta en la vida. La felicidad donde no se espera es el título de la obra de Jacques Philippe, cuidadosa y bellamente editada por la editorial Rialp, en su colección Patmos. Me ha gustado especialmente, porque se trata de una sencilla reflexión, sin pretensiones teológicas, sobre las Bienaventuranzas. Vamos, que puede ayudar a cualquiera y ser entendido por gacetilleros cortitos, como el que esto escribe, lo cual es siempre de agradecer. Más que nada porque, si de algo está enfermo nuestro mundo, es de insaciable avidez y codicia. Así que viene bien darle una vuelta a las enseñanzas de El Galileo, como medio para construir una sociedad más dichosa. Jacques Philippe hace, en estas páginas, interesantes consideraciones. Como esta: tendemos a sentirnos propietarios de dones que no nos pertenecen. «A utilizar, por ejemplo, el bien que hacemos, para fabricarnos un pequeño pedestal sobre el que nos subimos. Para juzgar a los demás y creernos superiores a ellos». Da en la diana el autor de La paz interior: cuando se es pobre de espíritu, siempre se es agradecido. No se considera nada como debido, por aquello de que «porque me conozco, me temo»; cualquier bien que haya en nuestra vida es, casi siempre, un regalo. Y eso alimenta nuestro agradecimiento. Cuesta aceptarnos en nuestra fragilidad, en nuestra debilidad; con nuestros borrones. Ser humilde en la relación con uno mismo es todo un reto. Sin embargo, por ahí, por ahí van las cosas. Por ahí llega la felicidad. Por donde no se espera. La pregunta sería: ¿por qué tenemos esta tendencia a apropiarnos de dones que no son nuestros, para hinchar nuestro ego? De esta necesidad permanente de reconocimiento y autobombo; de que nuestra vida y nuestra persona estén siempre sobrevaloradas a nuestros propios ojos y ante los de los demás. Todo vale, para amplificar y alimentar el ego, que es «el mayor falsario» como bien advierte el gran Ramiro Calle. Al ego no le basta con nada. ¡Cuántas veces no hemos escuchado, aquello de que el mayor negocio del mundo sería comprar a una persona por lo que realmente vale, y venderla por lo que cree que vale! Pues bien, la respuesta la da Jacques Philippe, en La felicidad donde no se espera: la experiencia de Dios. Regresar a esas verdades eternas que algunos se empeñan en arrancar de cuajo, ante la pasividad de tantos

Anuncios
Estándar
Artículos, Promecal

Comerse a los amigos

Publicado en todas las cabeceras del grupo Promecal, el fin de semana del 23 y 24 de junio de 2018

close up of hand feeding on tree trunk

Photo by Leah Kelley on Pexels.com

¿Por qué no vemos a los animales como seres vivientes y sintientes, si su corazón es de carne y sangre como el nuestro? Dejo la pregunta, para que el amable lector la responda. Ojalá llegue el día en el que todos tengamos esa «mente clara y corazón tierno» de los que habla el príncipe Siddharta Gautama, Buda, para que al fin, podamos comprender que nuestros hermanos los animales sienten y padecen como nosotros. «Los animales son nuestro prójimo. Y lo son en la medida de su dolor. Todo el que tenga un sistema nervioso para sentir y sufrir es nuestro prójimo», afirma mi buen amigo el escritor Fernando Vallejo. Ramiro Calle, introductor de las enseñanzas orientales en el mundo hispano, y autor de cientos de escritos dedicados a este tema, sostiene que, mientras no haya verdadero respeto por los animales, el mundo será un estercolero. No le falta razón al universal maestro de yoga. No es fácil abordar esta realidad, que suscita pasiones de un lado y otro. Desde los que sostienen que «la tortura no es cultura», hasta los que dan por bueno cualquier vejación y maltrato en nombre de no se sabe muy bien qué absurdas justificaciones, y me traen a la memoria la célebre sentencia de Thoreau: «la ardilla que matas de broma, muere de verdad». No escribo estas líneas para crear polémica. Hace mucho tiempo que dejé de opinar. Veo lo que sucede y no me gusta ver sufrir a los animales. Mejor dicho: cada vez me gusta menos. «Los animales son mis amigos, y yo no me como a mis amigos», decía el gran San Francisco de Asís. No sé. A mí siempre me ha parecido que el grado de civismo de una sociedad se mide por cómo trata a los ancianos, a los niños y a las personas. En definitiva, en cómo trata la vida desde sus inicios hasta el último momento. Vuelvo al poverello, a Francisco de Asís: «Dios quiere que ayudemos a los animales si necesitan ayuda. Cada criatura en desgracia tiene el mismo derecho a ser protegida». Claro que no sé si hablar de Dios e invocar su nombre sirve para algo, en una sociedad que ha renunciado a hablar de verdades eternas. A pesar de tanta devastación, soy optimista. No es verdad que todo vaya a peor. Tampoco en esto. Avanzamos paso a paso: está surgiendo una nueva sensibilidad hacia los animales, que se refleja en nuevas leyes que los reconocen como seres sintientes y no como cosas. Lo que no es poco. El mundo será más noble, más bello y más vividero el día que nuestros hermanos los animales ocupen el lugar que por derecho les corresponde, y que les hemos usurpado. No me cabe la menor duda de que, como ya anunciaba Leonardo Da Vinci, llegará un día en que los hombres verán el asesinato de un animal como ahora ven el de un hombre.

Estándar
Artículos, Promecal

Meditar

WDSP9317

Ramiro Calle (Foto: Wellington Dos Santos)

Artículo publicado en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 12 y 13 de mayo de 2018

Situarnos en el momento presente. Sosegar la mente. La meditación es como un árbol frondoso, con un sinfín de ramas, flores y frutos, que brotan de un mismo tronco universal. De la sensibilidad de las tradiciones espirituales. A este apasionante tema, que interesa cada vez a más, dedica Ramiro Calle su última obra, Cien técnicas de meditación. Un libro bellamente prologado por Jesús Aguado y editado con esmero por Kairos, que vuelve a apostar por el pionero de la meditación y el yoga en el mundo hispano. Ramiro Calle dedica conmovido su obra a los casi seiscientos mil alumnos que, a lo largo de los últimos cuarenta y cinco años, han acudido gozosos a sus clases en el centro Shadak. Las enseñanzas orientales insisten en que la rigidez es muerte y la flexibilidad es vida, pero esta afirmación no se refiere sólo a la elasticidad del cuerpo, sino también a la de las emociones. Hay que evitar aferrarse a los propios puntos de vista y esquemas mentales; cultivar la capacidad de ser útil. Ponerse en la piel del otro. Jamás emperrarse en imponer nuestras propias convicciones a capa y espada, como muy bien recuerda nuestro yogui. Es la flexibilidad mental la que nos hace comprensivos, tolerantes y capaces de descubrir al otro. Somos más abiertos, más porosos. Son estas unas páginas directas. Escritas a manera de mantras. En ellas, como no podía ser de otra forma, el autor de libros inolvidables como El faquir, va desde el yoga al taoísmo, el budismo, el sufismo o la mística cristiana. El autor de Cien técnicas de meditación —como Ramana Maharshi—, conoce muy bien el alma humana: «al lado del corazón físico, hay otro espiritual en el que uno puede adentrarse, hasta crear un ánimo de recogimiento y presencia divina». Pero, ¿qué es meditar? El autor de casi trescientas obras filosóficas y espirituales repartidas por todo el mundo, lo explica así: «meditar es vaciar la mente de pasado y de futuro, para abrirse a la gloria del momento presente, logrando así que el color sea más color y el sonido más sonido. Desarrollar la intuición para poder ver la realidad última de las cosas, liberándose de las redes del ego y conectando con la naturaleza que reside en la propia mente, cuando esta es capaz de volverse hacia sí misma». No se puede expresar mejor, ciertamente. Ofuscación, avidez, odio, sufrimiento inútil, desequilibrio, emociones tóxicas, desorden, suciedad, dispersión, desasosiego, desgana, ansiedad, bullicio… En todo esto y mucho más se repara con acierto y naturalidad en Cien técnicas de meditación. Ramiro Calle nos muestra, con esa sagacidad e ingenio, como sólo él sabe hacerlo, el camino para vivir conscientes, en lugar de ser vividos.

Estándar
Poemas

Emile, el arte de aprender a vivir

Cuento escrito para la colección «La Osa Mayor», editado por la Diputación de Valladolid

FOTOS: Wellington Dos Santos

20180412_WDSP7615

Para Esther, mi ración de paraíso

Emile es un gato muy singular. Más listo que los conejos. Para empezar, es el único del mundo que adora a los ratones. Y no es para menos: perdió a su mamá poco después de nacer. Y, aunque es un gato con mucha clase —y eso salta a la vista: guaperas y seductor—, sus orígenes son callejeros. Tan callejeros, que fue educado por una familia numerosa de ratones, que le acogieron y le cuidaron, hasta que se valió por sí mismo.

Así que, a Emile, ni se le pasa por la cabeza eso de cazar ratones, que es una costumbre muy extendida en el reino gatuno. Porque Emile es un gato que vive y deja vivir; que marca su espacio, pero que respeta el universo ajeno y la intimidad de los otros. Huye de esos gatos que van por la vida atropellando a todo bicho viviente, convencidos de que lo mejor es un buen gruñido, o un zarpazo sin contemplaciones, para que cualquiera se pliegue a sus caprichos.

Desde el principio comprendí que Emile no era un gato cualquiera. Para empezar, te mira como quien siente todo de todas las maneras. Transmite serenidad y calma. Definitivamente, se trata de un gato distinto. No sólo no caza ratones, sino que le encanta el yoga. Mejor dicho: es un yogui. Sólo hace falta verlo cómo hace la postura del gorila, la de la cobra o la del dragón… ¡y hasta la del perro, que ya es decir! En esta no hay nadie que se le iguale.

Nuestro protagonista se trata poco con otros gatos. Lo justo para no desairar y caer antipático, pero le gusta charlar, sobre todo, con personas: hombres y mujeres corrientes y molientes, con los que hace muy buenas migas. Hay una excepción: cada tarde le fascina pasear con Esther, una gatita de Cheshire —igualita a aquel que aparece en Alicia en el país de las maravillas—, que vive enganchada a la alegría y el buen humor. Con ella se le ve de la mano por el Parque del Retiro madrileño, donde charlan y charlan sin parar y ríen a carcajadas. Todo les hace gracia a la parejita, mientras caminan junto al estanque, o subidos en las barcas. Les falta algo si no pasan un ratico juntos, contándose sus cosas y comentando lo humano y lo divino.

20180412_WDSP7598

Los amigos más queridos de Emile son Ramiro y Luisa. Son sus padres de adopción. Vive con ellos y es uno más de la familia. Pero, ¿qué digo?: ¡es el rey de la casa! Ramiro y Luisa tienen verdaderos problemas para que Emile se vaya a dormir a una hora razonable. Es raro que se quede quieto en su cama a la primera y, según se acuesta, se hace el dormido para luego dar un brinco y asomarse al salón, donde Ramiro y Luisa conversan con amigos; o husmear por los rincones del palomarcico donde viven, asomados al Retiro. Emile aparece de pronto, pide agua o leche, y exige que le acompañen a la habitación para que Luisa le cuente un cuento o Ramiro le susurre cancioncillas al oído, como esta:

El gatito Emile
es un gatito muy bonito,
que para dormir mejor
se echa pa’ atrás un poquito.

Entonces Emile se estira bien a gusto y hace apertura de hombros, torsiones sentado y la posición del pez, como un buen yogui, para luego bostezar a placer y caer rendido.

Hay dos cosas que Ramiro le repite, día tras día, a Emile. La primera, que no se olvide de que la paciencia todo lo alcanza. Y, la segunda, que cometer errores es natural. Que no se preocupe demasiado por ello:

—Lo que tienes que hacer, es aprender de cada fallo que cometas —le dice—. Cuando te levantes cada mañana —le insiste—, olvida aquello que no te salió bien. Lo que pasó, pasó. Piensa más bien que tienes una nueva oportunidad de hacer mejor las cosas, y ¡a seguir tan campante!

Emile adora estar en paz consigo mismo y ver pasar, tan pancho, las horas tras los cristales durante interminables ratos, como si el tiempo no existiera y la vida fuera eterna. Pero cuando está inquieto, tiene muy en cuenta la recomendación de Luisa:

—Si te enfadas, piensa en las consecuencias.

Cuando, a pesar de todo, se alborota, cosa que sucede a veces, le viene Luisa a la cabeza:

—¡Emile, cuenta hasta diez antes de hablar! Y si estás muy airado, hasta cien.

Se lo aconsejó un día que estaba tan furioso que se subía por las paredes porque, su amiguita Esther, se había ido al teatro con su abuelito, a ver El Gato con Botas y no le había avisado. La verdad es que, a ratos, Emile es un trasto. Le priva escalar las alturas y, sobre todo, esconderse para desasosegar a la pobre Luisa cuando lo llama y no responde. Como aquella vez que tropezó con un buda birmano de porcelana y lo rompió en mil pedazos. Tras el estropicio, apareció Ramiro temiéndose lo peor y, al ver a Emile asustado en un rincón, exclamó:

—¡Menos mal! ¡Creí que te habías caído y hecho trizas…!

—Tampoco hubiera pasado nada porque me cayera —respondió Emile, muy seguro de sí mismo—: siete vidas tiene un gato, y yo las conservo todavía enteras. Así que me hubieran quedado seis, ja, ja, ja…

* * *

20180412_WDSP7591

Emile pone los ojos como platos cuando escucha a Ramiro y responde a sus preguntas:

—Cada vez entiendo menos a las personas mayores. Están completamente chifladas.

—¿Cómo que no las entiendes? —responde Ramiro.

—Sí, no pillo nada en absoluto: no comprendo, por ejemplo, por qué tienen que ir deprisa a todas partes y riñen a los niños a toda hora por decir lo que sienten. A ver, explícame, tú que lo sabes todo: ¿por qué la gente mayor es tan rara?

Ramiro soltó una carcajada, se puso muy serio y respondió:

—Emile, tienes razón, pero las personas son tan inimaginables, tan sorprendentes que, créeme, nunca vas a ser capaz de comprenderlas del todo… ¡Pero no pasa nada! Importa lo que importa: que no te confundan. Tú, mantén las buenas maneras que te hemos enseñado Luisa y yo; haz lo que debes y no te preocupes demasiado. El resto, como bien sabes, salvo cuando vamos a París, es paisaje.

Porque Emile es un gato viajero y cosmopolita, que frecuenta París y San Sebastián, entre otras ciudades, con Luisa y Ramiro. En la Ciudad de la Luz, Emile humedece sus sueños con champán y le encanta pasear por los Campos Elíseos y el cementerio de Pierre Lachaise. Pero sobre todo, tomar mousse de chocolate en Fouquet’s. Para él, un día sin chocolate es un día perdido, aunque luego le duela la barriga. Pero ha valido la pena. Aunque, si es por chocolate, el verdadero festín se lo pega Emile el día de su cumpleaños.

¡Es un gatito excelente,
es un gatito excelente,
es un gatito excelente
y siempre lo será!

Se lo cantan Luisa, Ramiro, Antonio, Rosa, Paulino y Helio cada año. Hay pocas cosas que le gusten más que escuchar esta melodía, con un regalo espectacular e inesperado cada año, junto a una descomunal tarta de tres pisos: chocolate blanco, con leche y chocolate negro. En el último piso, Ramiro coloca cada año un gato de caramelo nevado, con dos gominolas amarillas a modo de ojos —¡igualito a Emile!—, que devoran entre todos, ante la mirada divertida y desconfiada de nuestro adorable gatito.

* * *

20180412_WDSP7558

—Hay algo que quiero que sepas —le dijo Emile a Ramiro, un día, después de cenar.

Estaban los dos solos, porque Luisa andaba ocupada en múltiples faenas —como de costumbre—, cuando Emile tomó con su patita la mano de Ramiro a la espera, también, de esa cancioncilla con la que le sorprendía todas las noches. El día anterior había sido una muy divertida. Se había reído muchísimo y estaba ansioso por escuchar la de hoy. Ramiro miró con devoción a Emile y, tras unos segundos de suspense, le cantó esta coplilla:

Un gato y un ratón
apostaron a chillar y,
ni al entierro del ratón,
Emile pudo callar.

Para ese momento, le había soltado ya la mano a Ramiro y se revolcaba a carcajadas en el suelo, mientras Luisa, que acababa de entrar, se partía también de risa. Saltó Emile de nuevo a la mesa, se acurrucó entre los brazos de Ramiro y, con una vocecita que brotaba de lo más profundo de su corazón, le dijo:

—Quiero ser maestro de yoga, como tú. Enseñar a los demás el arte de aprender a vivir. ¿Me vas a enseñar?

Ramiro no supo qué contestar. Mejor dicho: se quedó mudo. Pero reaccionó al fin: miró con ternura a los ojos inmensamente claros de Emile, como quien mira el amanecer, y le dijo:

—Me confundes Emile. Dios creó a los animales para instruir a los hombres. No soy yo quien tiene que enseñarte el arte de aprender a vivir, sino tú quien me lo muestras a diario, con tu sabiduría y equilibrio. Con esa serenidad del que no se inmuta, porque sabe que la vida es un cuento, aunque mucho más divertida. Y, como en toda historieta, tiene momentos dichosos y otros que no lo son tanto. Horas gozosas y también tropiezos. No obstante, se puede aprender a vivir con sosiego y claridad si uno se empeña; si somos capaces de afrontar con naturalidad —como haces tú, Emile—, los sinsabores cotidianos y sacamos, para cada caso, lo mejor de nosotros.

—Eres muy generoso conmigo, Ramiro, pero soy un pobre gato que tiene mucho que aprender y aún más que mejorar.

Ramiro sonrió conmovido ante las ocurrencias de Emile, se quedó pensativo un largo rato, mientras este le miraba expectante… Y le habló así:

—Simón era un gato callejero que, desde chiquitín, había admirado a los privilegiados que tenían pedigrí. Llevaban una vida de cine. Se permitían comer una tarta de queso detrás de otra y lucían ropa impecable, sin miedo a ensuciarla, porque tenían muchos vestidos y zapatos guardados en armarios kilométricos. No les faltaba de nada y se reían de cualquier cosa. Apenas necesitaban esforzarse para conseguir lo que quisieran. ¡Aquello sí era vida!, pensaba Simón. Hasta que un día, Soraya, una gata amiga que vivía en una urbanización de lujo, lo llevó a su casa y Simón descubrió que una cosa son las apariencias y otra la realidad. Él, podía campar a sus anchas, no llevaba correa ni lo cubrían con extravagancias y comía cuando tenía hambre. Por si fuera poco, se levantaba cuando quería y se acostaba cuando le daba la gana y, la «afortunada» Soraya, en cuanto pasabas un rato con ella, te dabas cuenta de que estaba mucho más controlada y sola de lo que en un principio parecía. Gateaba entre tarimas y alfombras persas, pero se le veía triste; no vivía para ella, sino para los caprichos de sus dueños. Mientras jugaba con Simón, y se divertía con cientos de cachivaches, Soraya se echó a llorar y le confesó a Simón: «tú sí que tienes suerte y puedes decir que eres un gato feliz. Yo, en cambio, hago lo que otros quieren. Son ellos los que viven mi vida por mí».

Y así fue como Emile aprendió a exprimir el jugo a la vida y descubrió que lo que, a fin de cuentas, lo que vale es la libertad y que nada se logra sin entusiasmo y buen humor.

Estándar
Artículos, Promecal

La prosa de cada día

Artículo publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el fin de semana del 10 y 11 de junio de 2017

ramiro_jesus_india_opt

Con Ramiro Calle, durante un viaje a la India

Dejo a otros la reflexión sobre esta hora de nuestras vidas, hecha de adversidades, inquientantes amenazas y esperanzas tronchadas, para ocuparme, una vez más, de la letra menuda del vivir, que es al final la que mueve el mundo. La que alimenta el sueño eterno de la vida. Imposible seguir adelante sin compartir y aceptar; sin perdonar y perdonarse, día tras día, a sabiendas de que todo es provisional y pasajero. Sin crear espacios de serenidad y libertad, aunque sea a contracorriente. Sin saber decir lo que es como es y sin saber callar, también. Sin soñar ser mañana mejor persona de lo que hemos sido hoy, nos atascamos. Conviene, sobre todo, reírse de uno mismo; evitar creerse el centro del universo, para no avinagrarlo todo. Hacer posible la paz, haciendo las paces, desalojando toda codicia de la mente y el corazón. No tiene sentido renunciar a crecer, sólo porque algunos hayan decidido por nosotros que, con los años, esa posibilidad se recorta. La estadounidense Joan Chittister lo explica muy bien: «los años son un fenómeno natural, pero el espíritu es eterno. La edad biológica no nos define, porque en el ser humano hay una fuerza vital que nunca muere». Así que aprendamos a ser eternamente jóvenes, jamás nos arrepentiremos. Importa lo que importa: el deleite del bien, como tantas veces repite mi amigo del alma Ramiro Calle, experto en desvelar verdades olvidadas. Pero no sólo. También en ir al fondo de los asuntos, en estos tiempos desmemoriados y ruidosos, para buscar y encontrar sentido, contento, armonía. Porque el amor, sin el cual no hay nada, se abre paso también a través de las pequeñas cosas. Vuelvo a Ramiro Calle. ¡Cuántas veces me lo ha dicho!: «jamás desprecies las pequeñas cosas, Jesús. En ellas encontrarás lo más valioso de tu vida y hasta de tu bienestar. Si esperas encontrar la felicidad en lo grande, ¡apañado estás!». La grandeza de un alma se muestra en lo pequeño. Los minúsculos detalles, como una sonrisa gratuita o una palabra amable, caldean el corazón, aúpan la alegría de vivir. Lo pequeño es todo un camino a seguir en la vida, que no conoce etapa perfecta. Si nos pasamos la existencia buscándola, nunca la encontraremos. La etapa perfecta es aquella en la que estemos en cada momento. Privilegiar cualquier período de nuestro vivir por encima de los demás es un error. Corremos el riesgo de perdernos lo mejor: lo que está sucediendo. Eso que tanto tiene que ver con la letra menuda del vivir. Por las cosas pequeñas se abre la puerta que lleva a las grandes, ciertamente. Aquello de «hacer endecasílabos de la prosa de cada día», que aconsejaba siempre Escrivá de Balaguer, el padre de la Iglesia más anticipativo, más preclaro del último siglo.

Estándar
Entrevistas, Palabras a Medianoche, rtvcyl

Entrevista a Ramiro Calle

Emitida en Palabras a medianoche el 12 de marzo de 2017, a propósito de su último libro Respira

Estándar
Artículos, Promecal

Respira

Publicado en El bloc del gacetillero, en todas las cabeceras del Grupo Promecal, el 12 de marzo de 2017

Cada día más personas se sienten atraídas por la meditación. Nada extraño, en medio de este guirigay. Crece sin cesar el número de practicantes. Mujeres y hombres que precisan ordenar y escuchar su mente, incorporan un espacio de recogimiento y reflexión a su vida, en busca de la anhelada plenitud, sosiego y armonía. Pensará el amable lector que qué hago yo hablando de estas cosas y ocupando espacio, con la que está cayendo. Precisamente por eso. No hay salud emocional sin sabiduría de lo cotidiano. Algo para lo que hay que interrogarse, conocerse y examinarse día tras día. Un trabajo interior que la meditación, acompañada del respirar, facilita sobremanera. Meditar es el mejor aliado para no asfixiarse en medio de esta nube tóxica que no deja ver, ni tomar aliento. Aquí quería llegar yo: Respira es el título del último libro de Ramiro Calle, toda una vida emperrado en enseñar a quien quiera a combatir cualquier estado aflicitivo, ya sea la ansiedad, la angustia o el miedo, a través de la senda interior. Con ese mantra, por santo y seña, que repite hasta la saciedad: «nada para fuera, todo para los adentros». ¡Cuánto tiene que ver la respiración en la búsqueda del difícil equilibrio emocional! Es la primera vez que Ramiro Calle reúne en un libro tantos ejercicios de respiración como fuente de energía, vitalidad y quietud. Lo hace también, como tantas veces, a través de esas técnicas milenarias que él tan bien conoce, tras decenas y decenas de viajes a Oriente, donde ha escuchado a todo buscador que tuviera que decir algo. Son prácticas que pacifican, facilitan la función cardíaca y limpian las vías respiratorias. Un completo manual de saberes para la vida cotidiana, en la línea de los más de doscientos libros que ha dedicado el introductor del yoga en España, a ahondar en la claridad interior y armonizar el aliento individual con el gran aliento del universo. La respiración es el caballo y la mente es el jinete. Con eso está dicho todo. Una respiración mejor llevada, más profunda, es imprescindible para calmar y pacificar. Para la dicha del alma. Pero se nos olvida. Importa lo que importa: dejemos a un lado tantas bobadas y camelancias. ¿Quién no quiere vivir con plenitud, contento y armonía? Pero para eso hace falta extremar la atención vigilante. Hay también, en este libro, como en todos los del yogui más seguido de España, un pálpito que medula toda su obra, y que tiene tanto que ver con la misericordia del corazón, con el escándalo de querer al otro. Con el saber escuchar y compartir. Algo en lo que la respiración cuenta, y no poco, como se ve en estas páginas. Al final, siempre llegamos a la misma conclusión: «al atardecer de la vida te examinarán en el amor».

Estándar